En oscuro calabozo
Cuya reja al sol ocultan
Negros y altos murallones
Que las prisiones circundan;
En que solo las cadenas
Que arrastro el silencio turban
De esta soledad eterna
Donde ni el viento se escucha…
Muero sin ver tus montañas
¡Oh patria!, donde mi cuna
Se meció bajo los bosques
Que no cubrirán mi tumba
(Isaacs, 2005, pp. 234-235).
Esa pavorosa historia nos lleva a África. El viaje sin retorno de millones de seres esclavizados nunca desvaneció la esperanza de volver al continente natal, con profunda tristeza expresada en los versos cantados durante el funeral de Nay, la nana de María, en la novela homónima de Jorge Isaacs. Este destino y todos sus desarrollos a lo largo de varios siglos de historia configuraron el núcleo poético de la representación literaria de la esclavitud en la novela colombiana. Esos migrantes que “llegan con lo puesto” (desnudos), como los llamó el martiniqués Édouard Glissant, transportados a la fuerza para América, fueron la base del poblamiento de esa especie de circularidad fundamental que configuró el continente (Glissant, 2005b, p. 17).
Ese es el elemento común que da cuenta de una gran parte de las novelas afroamericanas y que, en el caso de la literatura colombiana, constituyó todo un linaje. Me refiero a novelas como María (1867) de Jorge Isaacs, La marquesa de Yolombó (1926) de Tomás Carrasquilla, Changó, el gran putas (1983) de Manuel Zapata Olivella y La ceiba de la memoria (2007) de Roberto Burgos Cantor. Las formas narrativas de esos mundos de ficción, con todas las referencias culturales y filosóficas propias de la cosmovisión de los creadores, es decir, de la representación del negro y su expresión en la historia cultural colombiana, configuran una tradición. Una mirada comparativa de las relaciones que mantienen entre sí estas novelas contribuye para la comprehensión de esa representación, llevada a su máxima expresión poética por Manuel Zapata Olivella en Changó, el gran putas, particularmente la perspectiva a partir de la cual los creadores escriben las “estructuras de sentimiento” que alimentan sus obras. Isaacs y Carrasquilla, con un pensamiento proveniente del humanismo liberal, visión de vanguardia para el siglo XIX y comienzos del XX, cuando la nación colombiana apenas estaba configurándose y reconociéndose a sí misma. Zapata Olivella y Burgos Cantor, con un pensamiento marcado por el humanismo marxista y las utopías alimentadas por las revoluciones socialistas. Perspectivas que admiten lecturas e interpretaciones de la historia del país y sus realidades sociales y culturales de la tradición literaria propia y ajena, y de la configuración de la nación, esa “comunidad imaginada” como la caracteriza Benedict Anderson (Anderson, 1993). En todos los casos, se trata de visiones críticas de las épocas que les tocó vivir.

Para Isaacs y Carrasquilla, pioneros en la literatura colombiana en novelar el mundo de los esclavizados, la esclavitud estuvo ligada a su propia infancia: Isaacs recreó el universo de la hacienda esclavista del Gran Cauca de mediados del siglo XIX; Carrasquilla, el de la minería en el área aurífera de Antioquia, en el llamado segundo ciclo del oro, a mediados del siglo XVIII y comienzos del XIX. En ambos, el universo de la infancia constituyó una de las “estructuras de sentimiento” esenciales para la escritura de las novelas. De esa experiencia emerge la influencia africana en la vida cotidiana y en la educación de esos niños que despertaron para el mundo de la mano de sus nanas negras.
Para Zapata Olivella y Burgos Cantor la relación fue más compleja; por sus orígenes en el Caribe colombiano —Lorica e Cartagena—, estuvieron en sintonía con la fuerte presencia de negros, mulatos y zambos, y sus inestimables contribuciones a la sociedad colombiana. Eran inspirados por el compromiso de revelar una historia olvidada, con la ventaja de poder participar del vasto movimiento social, político y cultural, a lo largo del siglo XX, de la valorización del aporte africano a la cultura occidental. Esa primera aproximación comparativa exhibe la coincidencia de todos en ocuparse de realidades del pasado en las que los negros son sujetos sociales, expresan su intimidad, y, como es obvio, con los comprensibles matices del papel social a partir del cual cada uno escribe.
En Colombia, son tres las regiones donde la población venida de África fue determinante: el valle del Cauca, Antioquia y el Caribe. Estos territorios configuran los escenarios de las novelas más importantes. Aquí serían válidas las palabras de William Faulkner sobre los negros de su amado condado imaginario Yoknapatawpha: “Ellos perduraron”. En Macondo, también. África está aquí: los novelistas desentrañaron las verdades más íntimas y dolorosas de esa historia. La mayoría de los esclavizados entró por Cartagena, uno de los puertos más importantes del comercio de esclavos en las Américas, desde donde fueron llevados a diversas regiones de Colombia. Según el historiador Germán Colmenares, fueron doscientos mil africanos (Colmenares, 1997, p. 89). En Cartagena eran vendidos para las minas de oro y para las haciendas del Cauca, de Antioquia y del Caribe, tierras a donde llegaron despojados para contribuir con su trabajo y la cultura que trajeron en su memoria. La esclavitud, como decía el escritor James Baldwin (1967) al referirse a su historia en las Américas, representa la serpiente en el jardín del Edén. Realidades fervientes e inevitables para los novelistas nacidos en ellas y estímulo para desentrañar tanto la brutal inhumanidad de la esclavitud como su lado libertario.
La historia de cómo fue representada la negredumbre admite una diversidad de tonos y matices. Dista mucho la representación del padre Alonso de Sandoval —sacerdote jesuita, compañero de Pedro Claver en su actividad de evangelización de los esclavos que llegaban a Cartagena de Indias en el siglo XVI— en su libro Tractatus de Instauranda Aethiopum Salute (1627) sobre la esclavitud, de María (1867), de Jorge Isaacs, de La marquesa de Yolombó (1926), de Tomás Carrasquilla; de Las memorias del odio (1947), de Rogerio Velásquez; de Las estrellas son negras (1949), de Arnoldo Palacios; de Changó, el gran putas (1983) y de El fusilamiento del diablo (1986), de Manuel Zapata Olivella; de El amor y otros demonios (1994), de Gabriel García Márquez y de La ceiba de la memoria (2007), de Roberto Burgos Cantor. Este último retorna a los acontecimientos de los tiempos del padre Sandoval para instaurar una mirada renovadora, y posicionar en el centro a los propios esclavos. Eran los tiempos del Tribunal de la Santa Inquisición, creado en Cartagena de Indias por medio de cédula real por el rey Felipe III en 1610, con el objetivo de perseguir y castigar otros credos distintos del cristiano, entre los que estaban las prácticas y rituales religiosos que los esclavos africanos habían traído consigo de su África natal. El asunto, además de ser tratado en esas novelas, es tema central en dos novelas de autores cartageneros: La pezuña del diablo (1970), de Alfonso Bonilla Naar, y Los cortejos del diablo (1970), de Germán Espinosa. Novelas que recrean el mundo de intolerancia y dominación, en el que además de la esclavización de los cuerpos también se imponía el control del espíritu. La evangelización de los negros por la Iglesia, una forma de rentabilizar la economía esclavista, adoptó como estrategia la demonización del africano y sus prácticas, por medio de la que se pretendía hacerlos renegar de todos sus saberes botánicos, rituales mágicos y creencias traídas de África (Maya, 1998). De esa manera, se estigmatizaba y se pretendía desarticular la base de la cultura africana llegada al continente: su visión sagrada del mundo. La resistencia esclava adoptó muchas formas hasta conseguir la libertad y poder reconstruir su identidad, con lo que consiguieron conservarse.

La travesía transatlántica en los navíos negreros será un motivo central en varias novelas. La pionera es María. En ella se cuenta la historia de la princesa africana Nay a quien el destino convierte en esclava y llega a una haciendo del Cauca para ser la nana de María. Su vida es contada por Efraín, quien en la infancia escuchó las historias de boca de Feliciana (el nombre cristiano de Nay); esto lo sabemos de cuando está próxima a morir. En su entierro, los esclavos de la hacienda entonan un bello canto de despedida y de nostalgia de su África (Isaacs, 2005, pp. 234-235).
El entusiasmo de volver a África aparece como una constante en muchos relatos de la esclavitud. En el ensayo dedicado a María, Manuel Zapata Olivella reconoce la novela como la primera en introducir el tema negro en la literatura colombiana. La vida de Nay como princesa en África y sus amores con el guerrero Sinar, el infortunio de ser aprisionados, separados y embarcados como esclavos para las Américas, su llegada primero al Caribe y después a Turbo, donde será vendida al padre de Efraín, quien trae a Esther, la pequeña hija de un primo judío que acababa de enviudar en Jamaica y a quien bautizará como cristiana con el nombre de María. La llegada a una hacienda del entonces estado del Gran Cauca y su vida hasta la muerte con su hijo, Juan Ángel, configuran el periplo completo de muchas mujeres que llegaron a trabajar en las tareas domésticas de las haciendo del valle del río Cauca. Los capítulos XL, XLI, XLII, XLIII y XLIV, conocidos como la historia africana, narran el trágico destino de Nay en la horrible travesía a bordo de la nao negrera.
Cuando despertó de ese sueño quebrantador y espantoso, se halló sobre cubierta, y solo divisó a su alrededor el nebuloso horizonte del mar. Nay no dijo ni un adiós a las montañas de su país.
Los gritos de desesperación que dio al convencerse de la realidad de su desgracia fueron interrumpidos por las amenazas de un blanco de la tripulación, y como ella le dirigiese palabras amenazantes que por sus ademanes tal vez comprendió, alzó sobre Nay el látigo que empuñaba, y… volvió a hacerla insensible a su desventura (Isaacs, 2005, p. 223).
Después vendrá, ya en América, una de las decisiones más dolorosas y valientes de las mujeres esclavas en todo el continente: el aborto y el infanticidio como forma de resistencia a la esclavitud. En el golfo de Urabá, cerca de Turbo, Feliciana, embarazada de Juan Ángel, es llevada a la casa del comerciante irlandés William Sardick, y fue bien recibida por su esposa Gabriela, una mestiza cartagenera, que le enseñó a hablar español. A esta mujer dio a conocer sus intenciones de matar al bebé:
–¿Los hijos de los esclavos, si mueren bautizados, pueden ser ángeles?
La criolla adivinó el pensamiento criminal que Nay acariciaba, y se resolvió a hacerle saber que en el país en que estaba, su hijo sería libre cuando cumpliera diez y ocho años.
Nay respondió solamente en tono de lamento:
–¡Diez y ocho años!
(Isaacs, 2005, p. 228).
Nay tuvo suerte de ser comprada por el padre de Efraín que venía con Ester de camino a su hacienda en el Cauca. Otros episodios trágicos de la travesía son las muertes de los africanos: algunos por enfermedades y otros porque preferían el suicidio al cautiverio. A esa dura realidad se sumaba el dolor que experimentaba en cada puerto cuando Nay se separaba de sus compañeros de viaje, de sus malungos, a los cuales jamás volvería a ver. Separaciones con las que se perdían lazos comunitarios y su lengua.
La marquesa de Yolombó (1926), después de María (1867) de Jorge Isaacs, elabora un amplio fresco de la vida de los africanos que llegaron a las minas de oro en Antioquia. Se iniciaba en América Latina, en sintonía con otros lugares, un fuerte movimiento de rescate de la cultura africana, de reconocimiento de sus contribuciones a la cultura occidental. Isaacs recreó el universo de la hacienda en el Gran Cauca a mediados del siglo XIX; Carrasquilla, el de la minería en el área aurífera de Antioquia, en el ciclo del oro, a mediados del siglo XVIII y comienzos del XIX. En ambos casos, nos enfrentamos con la representación literaria de universos sociales e históricos en la cual se da cuenta de la configuración de nuestras regiones y de la contribución significativa de los africanos en diversos ambientes de la vida material y espiritual.

Será en La marquesa de Yolombó, evocación histórica de esa “Antioquia ida”, en el decir de Carrasquilla, que encontramos la recreación más completa del universo de la negritud, con todo lo que significó y colaboró para la extracción de oro en la Antioquia colonial. En ese conjunto histórico-social novelado, sobresale la gran capacidad de Carrasquilla para penetrar en la cultura negra y en el papel de la mano de obra esclava, sin la que no se explicaría, en gran parte, el funcionamiento de la sociedad colonial.
En La marquesa de Yolombó encontramos, siempre en condición subalternizada, alternando con las familias españolas que detentan el poder sobre el poblado minero de San Lorenzo de Yolombó, un sin número de personajes negros por medio de los que asistimos al cuadro de la esclavitud reconstruido bajo la perspectiva de un narrador omnisciente, que a veces parece adoptar la perspectiva “de esa gente patriarcal” de la que Carrasquilla era hijo. Esto no impide, sin embargo, dar cuenta de ese mundo y aproximarse, hasta donde le es posible, a la intimidad de sus personajes negros. Lo mismo ocurre con Jorge Isaacs, hijo de un hacendado esclavista, que rescata en María las memorias de su infancia con los esclavos para mostrar cuán importante fue su contribución a las diversas actividades de la economía y de la vida social, y hacer una poética homenajeándolos en los cuatro capítulos dedicados a Nay y Sinar.
Inferimos mucho de la economía de la esclavitud y de la legislación pertinente, de los orígenes tribales de los esclavos, del tratamiento y de las relaciones entre sí y con las otras clases, de las relaciones sexuales entre amos y esclavos, además de todas las creencias, hábitos y tradiciones culturales que se entretejen con la hispánica e indígena a partir de una lectura atenta de La marquesa. Un aspecto como el de la contribución culinaria africana tiene en esa novela una recreación muy compleja del papel de las negras en la cocina, tanto en las casas como en las minas. Llama la atención las descripciones de la belleza de ciertas mujeres negras:
Narcisa, en cambio, y por humorismo de la suerte, es tipo acabado de hermosura.
En el Congo hubiera sido reina, y de reyes descenderá, probablemente. Es una criatura tan negra, de un negro tan fino y tan lustroso, de formas tan perfectas, de facciones tan pulidas, que parece tallada en azabache, por un artista heleno. El blanco de esos ojos y los dientes rutilan en esa obscuridad; uno como musgo de seda le cubre la cabeza; andares y movimientos son cadencias; veneno letal le recorre todo el cuerpo (Carrasquilla, 2008 [1926], p. 205).
La ceiba de la memoria indaga sobre la esclavitud en Cartagena para ofrecernos una lúcida reflexión sobre los sufrimientos humanos y el anhelo de libertad. En relación con la fundacional María, la novela de Burgos Cantos profundiza ese bello canto que los negros entonan en el entierro de la negra Nay (Feliciana), la nana de María y Efraín. Reconstruye todo el universo sugerido en el poema de Jorge Isaacs e introduce un cambio significativo: por primera vez en la novela colombiana, una esclava ciega relata su propia vida de infortunios, como Benkos Biohó también hace. Analia Tu-Bari reivindica poéticamente a Nay. Desdobla su conciencia para contar todos sus sufrimientos y la indignación que la mueve: “Yo no vine. Me trajeron. A la fuerza. Peor que una prisionera. Sin mi voluntad. Arrancada. Comenzaron a matarme” (Burgos, 2007, p 35). Su voz denuncia con ironía sutil a los negros cazadores que entregaban a su propia gente, del escalofriante viaje en el vientre de las naos negreras. Del dolor de exilio, su memoria se llena de coraje: “Lo que me dispongo a ser en esta tierra extraña es una ceiba. Guardadora de acciones. Una ceiba de tallo engrosado que bañe con su savia traída de otros territorios esta tierra de la cual siento ya no saldremos nunca (Burgos, 2007, p. 74). Con estas palabras, Analia Tu-Bari recupera una memoria poetizada en el título del libro.
La trama de la novela va siendo urdida hasta constituirse en un vasto sistema de vasos comunicantes. Todos tienen que ver con todos: Thomas Bledsoe, biógrafo del padre Claver; el profesor criollo Roberto Antonio, padre del autor; los jesuitas Pedro Claver y Alonso de Sandoval, dedicados al consuelo y la cristianización de los esclavos; Dominica Orellana, esposa de un funcionario del reino, y su cómplice Magdalena Maleaba; Benkos Biohó, el rey de la Matuna, líder de los palenqueros; Analia Tu-Bari, conciencia atormentada del tráfico negrero; y los personajes sin nombre que corresponden a la biografía de Roberto Burgos, que está detrás de esa extensa meditación sobre la libertad y la condición humana.

En 1934, Sofonías Yacup escribió un libro de artículos y pequeñas crónicas, El litoral recóndito (1990), con el que pretendía llamar la atención sobre una región olvidada a pesar de haber sido, desde los tiempos de la Colonia hasta la llegada de las multinacionales que extraían oro y platino en el siglo XX, una generadora de riqueza con el trabajo de su población negra e indígena. Primero, bajo el régimen de la esclavitud y, después, con la explotación asalariada de las compañías norteamericanas. Estas realidades no oscurecen las vigorosas tradiciones culturales de esa región, por la cual sus intelectuales y artistas lucharon para darle voz y reconocimiento.
Si Jorge Isaacs dio cuenta del mundo de la esclavitud en el siglo XIX en su célebre novela, con vastas referencias al entorno geográfico del Pacífico colombiano que hacía parte del estado del Gran Cauca, en el siglo XX serán los habitantes del Chocó los que incursionarán en la novela con sus realidades de miseria y abandono social de la región. Arnoldo Palacios escribe Las estrellas son negras (1949), recreación poética de la pobreza y la falta de medios para el progreso afrodescendiente en el Chocó. “Hambre” es el título de la primera parte del libro de Palacios. Situación angustiosa de miseria económica, imperante hasta hoy en esa región de Colombia. Para la escritura de la novela, Palacios se inspiró en un libro que también influyó en Zapata, Cahier d´un retour au pays natal de Aimé Césaire. Existe una profunda relación entre el “négrillon somnolent” del poema del martiniqués con Irra, el chico famélico de Las estrellas son negras. Vale citar el poema:
Y ni el maestro en su clase, ni el sacerdote en el catecismo podrán arrancar una palabra a ese negrito soñoliento, a pesar de la manera tan enérgica con que ambos tamborilean sobre su cráneo rapado, porque es en los pantanos del hambre donde se ha hundido su voz de inanición (una-palabra-una-sola-palabra y os-libro-de-la-reina-Blanca-de-Castilla, una-palabra-una-sola-palabra, ved-ese-pequeño-salvaje-que-no-sabe-ni-uno-de-los-diez mandamientos-de-Dios)
porque su voz se olvida en los pantanos del hambre,
y no se puede sacar nada, verdaderamente nada, de ese pequeño granuja,
salvo un hambre que ya no sabe trepar por las jarcias de su voz un hambre pesada y floja,
un hambre enterrada en lo más hondo del Hambre de ese famélico morro (Césaire, 1969, 31).
Aquel morro famélico, próximo a Basse-Pointe, el pueblo de Césaire en Martinica, puede ser cualquier barriada (favela), villamiseria o el barrio pobre del Caribe o de las Américas. Irra padece la asfixiante miseria en uno de esos lugares de Quibdó, en las márgenes del río Atrato, junto con su madre, una humilde lavandera cada día más enferma, y sus dos hermanas. El narrador muestra la psicología del personaje en situación de pobreza extrema. A la manera del Ulises de James Joyce, la novela de Palacios concentra todo el drama en un solo día y lo que conmueve al lector es el drama interior vivido por el joven Irra y sus acciones infructíferas para encontrar alternativas. La ciudad próspera, como continúa siendo hoy en Colombia, nada ofrece a los habitantes de la ciudad miserable simbolizada en el mundo de Irra. Ni el amor por Nive consigue redimirlo, porque vendrá la tragedia del suicidio. No puede marcharse como lo hacen muchos, y no tiene otra alternativa que seguir luchando en el mundo con el bien más precioso y la última palabra del libro: libertad. El viaje espiritual de Irra, en medio de tanta miseria, lo conduce a la epifanía de sentirse libre, una humilde alegría, después de presenciar una pelea entre sus compañeros de aventuras en el río. El fragmento final da cuenta de esa transformación espiritual:
Irra sintió su alma invadida de confianza. Y si alguien hubiera observado de cerca su rostro se hubiera contagiado de una humilde alegría purísima. Se agachó a recoger la talega empantanada y la puso sobre el muro. Se dirigió al borde de la playa. Se arremangó los pantalones y la camisa. Se introdujo en el río, en el agua, hasta las rodillas. Inclinado se lavó la cabeza y la cara. El agua estaba tibia. Hubiera querido desnudarse y meterse un baño completo. Como tantos baños agradables, cantando otras veces allá en la playa, horas antes del amanecer, a la tarde, a medianoche, a todas horas… Bebió agua en el cuenco de la mano. Se enjuagó la boca y arrojó el buche de agua. Volvió a beber y se restregó los dientes con el índice untado de arena. El agua le supo terrosa. Se lavó las piernas, los brazos. Y ensanchando el pecho respiró libre. ¡Libre! (Palacios, 2010, p. 164).

Como Zapata haría años más tarde en Chambacú, corral de negros (1965), en el relato de Palacios el personaje se transforma en un arquetipo de la pobreza. Como señala Oscar Collazos, en el prólogo a la edición citada, nos conmueve en las veinticuatro horas de su joven vida, no tanto la pobreza, sino los disturbios mentales que provoca, desde la depresión de ánimo hasta el caos de la ira. Palacios traza una frontera entre la ciudad próspera y la ciudad miserable. La búsqueda infructífera de una salida, en medio de las “ruinas circulares” de su realidad solo tiene un desenlace espiritual, muy a la manera de los pobres en la obra del novelista brasilero João Guimarães Rosa. Irra, como Miguilim en “Campo Geral”, cuento del libro Corpo de baile, es preparado para las luchas espirituales y materiales. Ambos personajes dan testimonio de la posibilidad de superar la pobreza material en el plano espiritual, pues la estrechez de imaginación y de comprehensión, la falta de invención, la escasez de solidaridad y de libertad interior son el mayor impedimento para encarar la miseria. Palacios hace que su personaje hable desde el interior de su tragedia sin apelar en ningún instante a la piedad o la conmiseración. Se torna en una experiencia individual e interiorizada del hambre, convertida en delirio de la conciencia, como destaca Collazos en el mismo prólogo. El hambre está en el centro de la pobreza, y esa, destaca Collazos, en el corazón de un mundo de condenados a sufrirla sin que nada se haga para impedirlo. Ocurre en el caso de Chocó y su mayoría de población negra.
Zapata Olivella, como su amigo Arnoldo Palacios, con quien compartió ideas y proyectos desde finales de los años 1940, incursiona en los universos de los pobres urbanos de Cartagena de Indias en Chambacú, corral de negros. Escrita después de su viaje a los Estados unidos, con lo aprendido en Harlem, marcada por un fuerte realismo social, incorpora la temática racial y la conciencia negra y las sitúa en un contexto afrodiaspórico.
No es ocasional que Chambacú, corral de negros, haya nacido al pie de las murallas. Nuestros antepasados fueron traídos aquí para construirlas. Los barcos negreros atestados de esclavos provenientes de toda África. Mandingas, yolofos, minas, carabalíes, biáfaras, yorubas, más de cuarenta tribus (Zapata, 1962, p. 189).
Un hecho histórico, el fusilamiento de Manuel Saturio Valencia en 1907, en Quibdó, será novelado primero por Rogerio Velásquez en Memorias del odio, después por Teresa Martínez de Varela en Mi Cristo negro y, por último, por Manuel Zapata Olivella en El fusilamiento del diablo. La infamia cometida con este hombre es un motivo para que estos escritores profundicen en el clima de las desigualdades, injusticias y postración material de los afrodescendientes de la región y toda la devastación traída por los colonos blancos y por las compañías extranjeras. Como observa Teresa Martínez de Varela, en su biografía novelada, “Manuel Saturio desde su infancia fue revolucionario; luchó contra la pobreza hasta vencerla; contra la ignorancia hasta dominarla” (Martínez de Varela, 1981, p. 7). Nació en Quibdó en 1867 y fue fusilado por las tropas del gobierno del general Rafael Reyes el 7 de mayo de 1907. Fue músico, folclorista, soldado en la guerra de los Mil Días y abogado. Su pecado fue la rebeldía, su lucha por el cambio social en el Chocó.
El texto de Rogerio está contado como una confesión, al estilo del esclavo norteamericano, Nat Turner, en la que él da su versión de los acontecimientos. Antes de ser fusilado dice:
Estaba en un medio donde el negro labra el pan, el lecho y el sepulcro. Ese negro desea gobernarse por sí mismo y Colombia no lo deja. Yo hacía parte de esa mayoría que desea edificarse con su propia sustancia. La fatalidad me persiguió (Velásquez, 1992, p. 88).
Teresa Martínez de Varela asume el periplo de la vida de Manuel Saturio como el de un mártir, como el de Cristo, para novelar su vida, y muestra su grandeza mística y política.
Con más distanciamiento y con más recursos de la novela moderna, Zapata avanza en el tratamiento de la vida de este personaje, de su ambiente y de los conflictos con la compañía minera, para la cual las luchas lideradas por Saturio son inconvenientes y, por tanto, intriga para que sea fusilado como advertencia para el resto de los negros. Vale destacar que El fusilamiento del diablo fue escrito diez años antes que Changó, el gran putas, y sirvió a Manuel Zapata Olivella como ensayo para su saga, en la que el héroe del Chocó fue reemplazado por el dios africano.
La novela más reciente sobre Cali y el Pacífico, El demonio en la proa (2008), del escritor Édgar Collazos, hace una excelente recreación del mundo de los negros en la ciudad colonial y de sus relaciones y conflictos con los blancos y los indígenas. Los negros del Vallano, la parte baja de Cali, eran acusados de portadores congénitos del mal de Satanás o Changó, lo que rememora los tiempos de la Inquisición en Cartagena. El voseo era atribuido a Cali y no había mudado mucho desde su fundación. Los mulatos y los negros, que por más de doscientos años trabaron una guerra fonética contra la censura de la Iglesia y contra los aristócratas blancos de La Merced, habían alcanzado la victoria lingüística, imponiendo el voseo y sus declinaciones verbales a toda la población (Collazos, 2008, p. 151).
Este breve recorrido deja claro que nuestra narrativa dio cuenta de la contribución africana a la nación colombiana. Personajes como Nay, Analia Tu-Bari, Narcisa, Benkos Biohó, Frutos, Sierva María, Nagó, Manuel Saturio Valencia, Irra y Sacramento nos dicen mucho del pasado y del presente de los afrocolombianos. Como otros personajes memorables, ellos conquistaron su lugar en el espacio simbólico de la literatura y expresan el hecho de haber sido y ser parte vital de la conformación de la nacionalidad colombiana. Memoria, historia y olvido son tres instancias conjugadas en las historias de estos personajes para meditar la relación humana con el pasado, la aventura escrita, el sufrimiento, la resistencia y la libertad.

Referencias
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Carrasquilla, T. (2008 [1926]). La marquesa de Yolombó. Bogotá: Alfaguara.
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Césaire, A. (1969 [1939]). Cuaderno de un retorno al país natal (edición bilingüe francés/español; Agustí Bartra, trad.). México: Ediciones Era.
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García, K. A. (2007, diciembre). El incesto gozoso: historia, ficción y memoria en la novela de Roberto Burgos Cantor, La ceiba de la memoria. Poligramas (Universidad del Valle, Cali), (28).
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Martínez de Varela, T (1981). Mi Cristo negro. Quibdó: Asamblea Departamental del Chocó.
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