Ante todo, agradezco la honrosa y sorpresiva invitación a participar en el XIII Simposio Internacional Jorge Isaacs en la Universidad del Valle. Solo espero que estos apuntes conceptuales sean de interés de cara a los desafíos que nos proponemos al escribir una nueva historia de la literatura colombiana. La iniciativa se presenta en un momento de cambios profundos en la historia política del país, que expresan de antemano un horizonte de confianza en la construcción de una nueva nación capaz de superar no solo los pasados abrumadores y los lastres de tanta sangre y tanto dolor colectivo, sino para contribuir, como universidad, a reorientar los fundamentos de nuestra nación.
Desearía solo esbozar, es decir, ensayar aquí, algunas discusiones preliminares sobre esta empresa descomunal, que anuncia muchos desvelos y trasnochos personales e intensos y acaso agrios debates académicos, propiciados por esta comunidad en construcción (no en obra negra), en torno a una nueva historia de la literatura colombiana. La primera discusión ronda sobre la significación metodológica de la Historia de la literatura en Nueva Granada (1867) de José María Vergara y Vergara. La segunda, una breve apuesta sobre la construcción del ensayo, larga y subterránea tradición que va de la memoria científica de Francisco José de Caldas (Estado de la geografía del virreinato de Santafé de Bogotá), pasando por los cuadros de costumbres del Museo de variedades de Vergara y Vergara, hasta el ensayo corto de Baldomero Sanín Cano. La tercera, algunas categorías socioliterarias, entresacadas de Temas y problemas de una historia social de la literatura hispanoamericana (1989) y de Modernismo (1983) de Rafael Gutiérrez Girardot.
Quizá todo esto dé la impresión de unos disjecta membra, pero estas partes pueden sembrar la necesidad de una discusión amplia y generosa, sin presupuestos de cajón.
Sobre la Historia de la literatura en Nueva Granada de Vergara y Vergara
La pregunta sería ¿si lo que llamaríamos historia de la literatura colombiana es todo lo que en el actual territorio de la geografía de la Constitución de 1991 se ha escrito o se considera como “bello”, si todo lo que se ha hecho y producido como literatura en su millón de kilómetros pertenece a la literatura colombiana, y desde qué momento; es decir, del precámbrico a hoy, o se trata de hacer un corte en el tiempo histórico para comprender una línea de continuidad, con sus debidas periodizaciones, para una nación sentida, con un grado de cohesión simbólica reconocible? ¿Podemos, en realidad (para dar dos ejemplos), y bajo qué condiciones, tratar a Juan de Castellanos con Elegías de varones ilustres de Indias y Francisca Josefa del Castillo con Su vida como autores colombianos; el primero, que escribía como vasallo del Imperio español, y, la otra, para la vida eterna? ¿No son ellos, más bien, el desideratum de una producción de la nación del siglo XIX, en el entendido de que fueron en este espacio reactivados como precursores de un proceso de la nacionalidad adolescente, en pos de su patrimonio cultural? ¿No valdría más bien repensar estos restos patrimoniales, como la llamada literatura indígena o ancestral, solo posible en el devenir de la nación colombiana, ya presentida como un todo propio, nacional, en la obra de Francisco José de Caldas? ¿Cuál es la génesis efectiva de este entramado y en qué órbita del cosmos nacional?
Dicho en otros términos, si nos remontamos a la Historia de la literatura en Nueva Granada (1861-1867) de Vergara y Vergara para entender esta nueva historia de la literatura como lo hizo
la historia literaria de nuestro país, poco ruidosa y tan escasa en años como la historia nacional […] por cuanto nos demuestra la índole ingeniosa de los granadinos, tan inclinados a pensar, que apenas radicada la colonización se ensayaban en crónicas rudimentarias relativas a la conquista y al gobierno de la colonia… [una literatura que pasó] de la tímida imitación a la originalidad, de la apología de los personajes a la crítica de los hechos, a la expresión de opiniones, a la audacia de pensamientos en materias sociales; realizándose por grados una revolución intelectual que al fin, como era preciso, se hizo política y tomó cuerpo en los sucesos de 1810,
como lo expresa Alpha (1867/2017, pp. 16-17) en el prólogo de esta obra. ¿No es esta perspectiva una ilusión y una aceptación ingenua al genio sabanero que se contradice cuando afirma que la mayoría de la literatura del descubrimiento y la colonización desapareció o quedó inédita, ergo, que ella es hija de las prensas e investigadores del siglo XIX (Vergara y Vergara precisó 16 años de investigaciones), en un momento clave de la discusión sobre el rumbo de la nación en crisis por el federalismo radical?
Basta, para este asunto que cuestiona la misma existencia de literatura colonial, el dato que trae el mismo Vergara y Vergara (1867/2017) al reconocer que el camino de nuestra literatura se inicia con Ratos de Suesca de Jiménez de Quesada (p. 44), “de cuya existencia solo se conocen referencias y la fecha de su pérdida en 1848, en la Biblioteca Nacional” (Vergara Silva, 2017, p. 8). Ancízar (Alpha) (1867/2017) confirma pues la hipótesis:
Nadie, hasta ahora, se había tomado el trabajo de hacer el inventario de la riqueza intelectual de nuestro país, porque tal vez nadie ha contado tantos materiales pacientemente reunidos como el autor de estas “Memorias”, en especial los relativos a los primeros tiempos de la colonización, tan ingratos para las letras, que no era lícito decir todo lo que se pensaba, ni era fácil imprimir lo que sin bibliotecas que consultar y a virtud de meditaciones solitarias se escribía (p. 17).
Dicho de otro modo, la literatura colonial es una invención adecuada a la nación romántica del siglo XIX, una confirmación de un mismo hilo umbilical que nos ataba al trono peninsular. El Resumen histórico de la literatura española por don Antonio Gil de Zárate fue la iniciación de su inquietud, pero nadie sabía nada de nuestra literatura americana (sección especializada de la española), solo de sor Juana Inés de la Cruz y Alarcón, pero nada se sabía de la literatura neogranadina, solo un escaso par de líneas en las Memorias para la historia de la Nueva Granada desde su descubrimiento hasta el 20 de julio de 1810, por José Antonio de Plaza (1850):
La historia literaria de este país hasta 1800 no presenta un solo rasgo característico nacional, ni un labio de quien gloriarnos. Apenas el obispo Piedrahíta escribió la historia de la conquista tomando buenas noticias de las vivas fuentes del “Compendio historial” de Quezada, obra inédita de este conquistador; de los recuerdos que dejó el licenciado Juan de Castellanos, coetáneo a la conquista, y de algunas tradiciones indígenas (p. 2).
Paremos de contar.
La tarea investigativa emprendida por Vergara y Vergara (descendiente del encomendero Antonio Vergara Azcárate y Dávila, a quien le habían otorgado la encomienda de indios del pueblo Serrezuela en la sabana de Bogotá, hacienda que pasó a manos del empresario antioqueño Pepe Sierra) era pues una modesta empresa singular, en pos de un primer inventario de lo que había sobrevivido de los despojos del olvido consciente y la indiferencia apátrida. La empresa era de modesta investigación benedictina, pero también soberbia restaurativa. La empresa quedó, como la Expedición Botánica y la Comisión Corográfica, inconclusa. Vergara y Vergara (1867/2017) parte de la afirmación de que los hombres de excepción o superiores impulsan por sí solos la historia, mientras que los mediocres o nulos solo la retrasan, mas no la detienen (p. 24). La atribución de que la exagerada influencia de los hombres superiores sobre el flujo histórico, como lo señala el ya mencionado Tocqueville (1835/2019) (en La democracia en América), es propia de los “siglos aristocráticos” y que de ellos dependen “casi todos los acontecimientos” (p. 823), la atempera enseguida Vergara y Vergara (1867/2017) al decir que lo excelso es también sustrato de largas generaciones: “Hombres como Caldas no improvisa la humanidad en ninguna parte del mundo” (p. 24).
Así que Vergara y Vergara idea el asunto, imagina una historia literaria nacional a su medida, secundado en su propósito por ayudas de Ezequiel Uricoechea y José María Quijano Otero. Aunó su investigación y asistentes espontáneos a la obra de Cantú, con su mirador distante: “la tierra vista desde la luna” (p. 26), pero que no daba ninguna información sobre nuestro proceso de la formación de la literatura hispanoamericana. Entre luchas partidistas y en las trincheras de la guerra civil, se fue gestando “[…] la obra que hoy presento al público, y dedico especialmente a los jóvenes de América” (p. 27). Su guía, en todo, fue su padre, del que heredó su biblioteca, materiales varios y sobre todo el alcance interpretativo de muchos documentos, cuya letra “hubiera sido muerta para mí” (p. 28). Vergara y Vergara se vale adicionalmente de las muy escasas obras existentes de historia, del general Joaquín Acosta (Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada en el siglo décimo sexto), del señor Plaza (Memorias para la historia de la Nueva Granada desde su descubrimiento hasta el 20 de julio de 1810) y de José Manuel Restrepo con su Historia de la revolución de la República de Colombia, aparte de Apuntamientos para la historia política y social de la Nueva Granada desde 1810 y especialmente de la administración del 7 de marzo (1853) del señor José María Samper; la Historia de la revolución del 17 de abril, por el señor Venancio Ortiz; los Anales de la revolución de 1860, del señor Felipe Pérez, y las Memorias histórico-políticas del general Posada (p. 29).
Aquí, a diferencia de Europa, todo es adversidad para el escritor, asegura agriamente el investigador. Los estudios, en nuestro país, indolente para todos los asuntos de la vida intelectual y literaria, se escriben “a pura pérdida de tiempo, de dinero y de fama” (p. 29). No hay bibliotecas, ni archivos ordenados, ni prensa libre. El periodismo es partidista, fanatizado. No se compensan ni se entienden ni se estiman los esfuerzos del buscador de tesoros impresos o en papel del pasado. El público lector microscópico, la recepción miserable. El material estudiado, disperso, mutilado, imposible de dar un juicio completo, a excepción de los contemporáneos. El hilo o mejor soga que nos ata a España es indestructible. Somos españoles hasta y sobre todo por la Independencia:
La organización colonial no nos convenía; los reyes mismos de Castilla, al haberse trasladado a este suelo, hubieran trabajado por la independencia. El espíritu no trae desde el principio de su desarrollo en Nueva Granada otra tendencia que la de buscar su vida propia (p. 32).
Pero hay otra de convicción, que escribe no sin desconocer la reacción que ella produce (por eso es una provocación a sabiendas de sus consecuencias): “mi libro no viene a ser sino un largo himno cantado a la Iglesia” (p. 32).
Vergara y Vergara nos asegura que pone esta Historia de la literatura al servicio de la nación, que hoy podemos llamar nación letrada, pero es mejor y más preciso llamar más restringida y precisamente, nación romántico-conservadora. La lapidaria convicción no se oculta y se agradece, por tanto: su investigación está “al servicio de la causa católica… no quiero olvidarme que también soy ciudadano de la eternidad” (p. 32). Nación e Iglesia están fusionadas en su intención medular. Su espíritu transustanciado del soldado desconocido español que llegó a estas bellas comarcas es el que inspira su labor literaria. Así que esta Historia responde al servicio de sus intereses e inconmovibles convicciones políticas, a su imagen de nación católica, como derivado y hechura del proto-plasma o topos urano hispánico. Somos una España literaria colocada al otro lado del mar, con los acentos filiales propios, como los que unen inquebrantablemente y distancian por azar a madre e hijos. En otras y muy breves palabras, en su “Presentación” en que delinea sus postulados metodológicos para una historia literaria del país, nos advierte de que nos dispongamos, no a juzgar una obra científica, sino en actitud de orar en un misal (pp. 33-34).
De todo ello no se puede inferir de modo alguno que no hubo literatura colonial ni literatos admirables (genialidades aisladas), sino que la producción literaria colonial estaba sometida a los condicionamientos adversos de una estructura de dominación que hacía de la consagración de la literatura no solo un signo de ascenso en el estatus del conquistador, un ejercicio de pasatiempo y ocio, semiestéril o estéril del todo, carente de temas y motivos propios. La abundancia de versificadores no contradice esta situación decorativa del literato vasallo, de modo que
esto indica que en la Colonia —subraya Gutiérrez Girardot (1989)— el escritor no tenía un papel social independiente, que la literatura y en general la cultura, aunque eran la coronación social del individuo, no tenían un papel social y una eficacia pública […] la literatura no solo no podía contar con medios de difusión y de producción, sino que carecía de un público lector más o menos amplio” (p. 57).

La historiografía literaria colombiana, con Vergara y Vergara, nace, si la cotejamos con la historiografía literaria alemana (cuyo primer postulado metodológico lo sienta Theodor Wilhelm Danzel en “Sobre el tratamiento de la historia de la nueva literatura alemana”, 1849), bajo el signo de un determinado claustro epistemológico y crítico. Carecía nuestra historia literaria de los presupuestos que habían precedido las empresas de Danzel y Gervinus. Carecía pues de una consagración de los clásicos literarios del siglo XVIII, que para el caso alemán, habían sido Goethe y Schiller, de una larga discusión estética que comprendía a Lessing, Herder y los hermanos August Wilhelm y Friedrich Schlegel, de una configuración sólida de la filosofía idealista, de Fichte, Hegel y Schelling (de la misma Estética de Hegel), de una discusión historiográfica de Niebuhr o von Ranke, de una vigorosa discusión filosófica de los neohegelianos, de Bauer, Stirner, Marx, etc. Y, sobre todo, de un intercambio cultural intereuropeo dinámico que hacía suyo a Voltaire, Rousseau, Byron, Víctor Hugo. Los aldabonazos de espanto de las revoluciones proletario/burguesas del 48 habían sobrecogido a todos los hombres cautos, y ellos comprobaban no solo que estaban sobre un volcán social, sino que, como Tocqueville en Recuerdos de la Revolución de 1848 veían en ella, una misma revolución desde 1789.
El intercambio de literaturas había existido en Europa hace siglos, asegura Danzel, pero solo hasta hacía unas décadas de forma pasiva, y, precisamente, esto obliga a pensar que una nueva historia literaria alemana es posible “solo partiendo, por lo menos, de la historia de la literatura italiana, francesa, inglesa, para no hablar de la antigüedad clásica”: por esto, el proceso de constitución de la literatura alemana se hace más difícil, de modo que no es extraño que Villemain, en su Tableu de la littérature au dix-huitième siècle, haga la certera apreciación de que “en Alemania no se ha hecho poesía, de una manera sencilla, como los pájaros cantan, sino que en cada poema, o cada género poético, se procuró ser siempre la poesía…, llamar a la vida la verdadera poesía”. Este llamar a la vida a la poesía como poesía vida significa, para el historiógrafo alemán, precisamente la poesía moderna, vale decir, la poesía liberada de los cánones renacentistas, para ejercer una influencia sobre las otras poesías, hacer literatura universal.
Vale la pena considerar algunas características de la historia de la literatura alemana, del siglo XIX. A diferencia de nosotros (el caso del encomendero en ruinas Vergara y Vergara), para Alemania del siglo XIX, afirma Peter Uwe Hohendahl (1989), la historia de la literatura (tanto sus productores como lectores o receptores) es obra de escritores que pertenecían a la burguesía, a excepción de los socialistas Ferdinand Lassalle o Franz Mehring. Dicho de manera más precisa, a la burguesía ilustrada (Bildungsbürgertum). No se contrajo el círculo de productores a los profesores universitarios de planta, sino a profesores del magisterio escolar, periodistas y escritores libres. A partir de 1830 se precisan textos didácticos guía para los colegios. El receptor de este material fue, ante todo, el público culto. En este sentido, era afín al público lector de historia. Crítica literaria e historiografía literaria eran intercambiables. Solo se empiezan a separar los públicos a la consolidación del Imperio de Bismarck, de 1870 en adelante. Fue frecuente la crítica de que los libros de historia de la literatura alemana eran poco científicos. Estas historias (Grimm, Lachmann) se diferencian de la filología clásica, puesto que conciben el desarrollo de la literatura como parte de una historia de la nación (Nationalgeschichte), “en la que se expresa la identidad del pueblo alemán” (pág. 202). “Las historias de la literatura del siglo XIX sirven, en este sentido, al autoentendimiento (ideológico) del público culto”. Productores: burguesía ilustrada para la búsqueda de la identidad nacional, el diálogo político, cultural con público culto y un autoentendimiento de la nación alemana.
Sirven pues al diálogo público, político y cultural, de la burguesía como representante de la nación alemana; hacen de la historia literaria nacional una búsqueda misional de su propia identidad. La selección del material estudiado y expuesto estaba destinado a esta tarea, que afirmaba que Alemania se había distanciado de los modelos europeos para alcanzar su identidad, pregunta que se agudiza al hilo de los sucesos turbulentos del 48. La pregunta por la identidad abrazó así todas las áreas de la discusión pública culta. La categoría de lo nacional fue inaplazable: la afirmación legendaria de la peculiaridad alemana se fortaleció (Sonderweg) cuya meta era la unidad alemana. El nacionalismo predicado se tradujo luego en un imperialismo agresivo, en que la era posbismarckiana sentó la praxis de un brutal racismo sin precedentes (el genocidio de Namibia de Lothar von Trotha).
Para nosotros, más contemporáneamente, Rafael Gutiérrez Girardot, en el ciclo de cuatro conferencias Temas y problemas de una historia social de la literatura hispanoamericana (1989), sentó unas bases metodológicas y temáticas para una nueva historia social de la literatura, para lo cual argumentó, con su característico diktum desafiante y provocador:
Por el objeto de su estudio y por su perspectiva metodológica, una historia social de la literatura hispanoamericana tendría varias funciones: la de poner en tela de juicio la parcialidad del actualismo y terminologismo predominantes en los estudios de literatura hispanoamericana [Foucault, Lacan, Derrida, Julia Kristeva, JGGG], como único modo de conocer e interpretar la literatura hispanoamericana; la de rescatar, actualizar y vivificar la tradición menospreciada de quienes, siguiendo a Bello, criticaron las lecciones de la ciencia europea, les dieron estampa de nacionalidad y sentaron bases hoy válidas en muchos casos para el conocimiento de América y el de su literatura; y la de recuperar por este camino la conciencia de la unidad de Nuestra América, que es el único freno a la creciente atomización y destrucción de nuestras sociedades (p. 96).
Que hoy justamente debamos asumir esos desafíos de cara a la Colombia del siglo XXI, que nos reclama una agenda “alterna”, si se quiere, esto solo quiere decir que nuestras tareas son las mismas de ayer sin descuidar el presente. Vale decir, responder por las demandas de un presente agobiado por el presentismo del “fin de mundo”. Devastación global del medio ambiente, injusticias manifiestas socioculturales en nuestro país, atroces crímenes a la luz de la comunidad internacional y bajo la protección de los más poderosos del planeta. ¿Qué podemos contribuir a esta agenda con una nueva historia social de la literatura colombiana?
De la memoria científica de Caldas al ensayo corto de Baldomero Sanín Cano
Con la memoria científica Estado de la geografía del virreinato de Santafé de Bogotá, de Francisco José de Caldas, publicada en el Semanario del Nuevo Reino de Granada (1808), tenemos la primera imagen moderna de la futura república de Colombia y el primer documento de nuestra literatura nacional. Esta tiene por objeto dar una “ilustración” de los conocimientos geográficos, el comercio, la agricultura y de sus pobladores. Es uno de los más brillantes escritos, con los trazos más serenos y profundos, de la vida nacional en ese momento histórico de quiebre entre la vida colonial y su independencia. Su transparencia es indisputable, su intención expresada en toda integridad y la armonía de las partes expuesta en un modelo acabado de la literatura ilustrada, limpio en su concepción, diestro en el manejo de sus materiales expuestos, magistral en su resultado prosístico.
El panorama sintético del Estado de la geografía neogranadina debería ser leído por todos los colombianos y ser como el pórtico para todo estudio social, económico y geográfico de nuestro país. Es pasmosa la soberana comprensión del territorio, las variedades de sus regiones (incluye la audiencia de Quito y la capitanía de Venezuela) y de sus tipos humanos, que nos comunica en un lenguaje franco, preciso y esperanzador del destino futuro de la nación. Reconoce en esta memoria Caldas a sus antecesores, al marino español Salvador Fidalgo, explorador del Pacífico noroeste, y al quiteño Pedro Vicente Maldonado, explorador de la Amazonía, siguiendo la leyenda del “camino de la canela” y colaborador de La Condamine en la primera misión geodésica francesa, que pretendía resolver la disputa de la forma del globo terráqueo entre las teorías de Newton y las de Descartes y Cassini. Dieron razón a Newton quien sostenía que la tierra era achatada en los polos y más ancha en la zona ecuatorial, por mediciones hechas entre Quito y Cuenca.
Las primeras líneas merecen ser citadas por la limpia metafórica, que acude a símiles adecuados al asunto a tratar:
El Semanario del Nuevo Reino de Granada va a comenzar por el estado en que se halla su geografía. Los conocimientos geográficos son el termómetro con que se mide la ilustración, el comercio, la agricultura y la prosperidad de un pueblo […] La geografía es la base fundamental de toda especulación política; ella da la extensión del país sobre el que se quiere obrar, enseña las relaciones que se tiene con los demás pueblos de la tierra, la bondad de sus costas, los ríos navegables, las montañas que le atraviesan, los valles que estos forman, las distancias recíprocas de las poblaciones, los caminos establecidos, los que se pueden establecer, el clima, la temperatura, la elevación sobre el mar en todos los puntos, el genio y las costumbres de sus habitantes, las producciones espontáneas y las que pueden domiciliarse con el arte (1966, pp. 183).
La memoria científica, que es a la vez un protoensayo, delinea en sus rasgos más distinguibles todos esos asuntos, de un modo ejemplar. La situación privilegiada de la Nueva Granada en el marco de la geografía planetaria, equidistante de los dos polos y en posición privilegiada a igual distancia de México y California, y de Chile y la Patagonia, le hace asegurar a Caldas que “… nada hay mejor situado ni en el Viejo ni en el Nuevo Mundo que la Nueva Granada” (p. 189). A esta nación se le abre la posibilidad de unir los dos océanos, si exploramos las posibilidades de unir el río San Juan con el Atrato, mediante el arrastradero de San Pablo. Todo este país es una promesa. Su río Magdalena nos descubre una vértebra fluvial transitable que une el sur con el norte. En sus estribaciones tenemos a San Agustín (Timaná), que constituye la primera noticia de estos monumentos megalíticos:
San Agustín, el primer pueblo que baña, está habitado de pocas familias de indios, y en sus cercanías se hallan vestigios de una nación artista y laboriosa que ya no existe. Estatuas, columnas, adoratorios, mesas, animales, y una imagen del sol desmesurada, todo de piedra, en número prodigioso, nos indican el carácter y las fuerzas del gran pueblo que habitó las cabeceras del Magdalena […] Sería interesante recoger y diseñar todas las piezas que se hayan esparcidas en los alrededores de San Agustín. Ellas nos harían conocer el punto a que llevaron la escultura los habitantes de estas regiones, y nos manifestarían algunos rasgos de su culto y de su policía (p. 202).

De ellos no tenemos, asegura Caldas, la menor noticia y solo esperamos estudiarlas para conocer los rasgos de su cultura y sistema político (p. 202). La memoria de Caldas nos hace viajar de su mano creadora por su espacio y tiempo de la nación presentida, en cada uno de sus rincones vistos y conocidos. Hasta los más recónditos.
La estampa de la turbulencia atmosférica del Chocó es deslumbrante y arrancada de las mejores páginas que se han escrito de nuestra naturaleza (incluyo los delirios poéticos y novelescos):
Llueve la mayor parte del año. Ejércitos inmensos de nubes se lanzan en la atmósfera del seno del océano Pacífico: el viento del Oeste, que reina constantemente en estos mares, las arroja dentro del continente; los Andes las detienen en la mitad de la carrera; aquí se acumulan y dan a esas montañas un aspecto sombrío y amenazador; el cielo desaparece; por todas partes no se ven sino nubes pesadas y negras que amenazan a todo viviente; una calma sofocante sobreviene; este es el momento terrible; ráfagas de viento dislocadas arrancan árboles enormes; explosiones eléctricas, truenos espantosos; los ríos salen de su lecho, el mar se enfurece; olas inmensas vienen a estrellarse sobre las costas; el cielo se confunde con la tierra, y todo parece que anunciara la ruina del universo. En medio de este conflicto el viajero empalidece cuando el habitante del Chocó duerme tranquilo en el seno de su familia. Una larga experiencia le ha enseñado que las resultas de estas convulsiones de la naturaleza son pocas veces funestas, que todo se reduce a luz, agua, ruido, y que dentro de pocas horas se restablece el equilibrio y la serenidad (p. 192).
La sólida estructura de los Andes que viene de la provincia de Quito (hoy Ecuador), y que Caldas conoce palmo a palmo, determina una geografía especial al tocar la Nueva Granada (hoy Colombia). En cierto punto de su recorrido majestuoso, esta mole monolítica descomunal se disuelve en tres cordilleras, occidental, central y oriental (en el siglo XX Hettner determina que la oriental no pertenece a los Andes). Estas se despliegan, en un eje paralelo simétrico, desde una sola raíz desde el sur al norte, y se disuelven en amplios valles y estepas calientes unos mil kilómetros más al norte. En este complejo montañoso se distribuye una población con características culturales determinadas, no tanto por la amplia espacialidad regional, sino por lo que resulta una observación más aguda de Caldas, a saber, la caracteriza la altitud en que habitan este complejo poblacional y codetermina sus costumbres culturales. En los valles más bajos y sus planicies cálidas domina la presencia (si se permite la nominación científica actual) de los afrodescendientes (en las costas y ribereños del Magdalena y del Cauca), en las inmediaciones entre los novecientos metros a mil quinientos sobre el nivel del mar, de los mestizos, y en las cumbres más altas (como los Pastos), de los descendientes de las culturas precolombinas. A cada estrato geográfico-climático corresponden diferentes costumbres, alimentación y hábitos laborales. Una base material objetiva a su especulación (aproximadamente) asertiva de la relación entre clima y cultura.
La cualificación intrínseca de las memorias de Caldas se debe no solo, obviamente, a un talento personal, sino a un cambio o giro de su actitud de hombre de letras, vale decir, su profesionalismo (que implicó dejar de lado su destino convencional como abogado), su fe en la ciencia para superar el vacío negativo de una tradición nacional propia, con temas propios para su sociedad, y se labró así “un camino para superar el círculo de la esterilidad” (Gutiérrez Girardot, 1989, p. 59) y encontrar un papel autónomo y una eficacia pública con su propio público lector. Caldas asumió, con una entereza ética ejemplar (sin argucias ni atajos picarescos), la tarea de un intelectual nuevo, en medio de muchas restricciones, prohibiciones, suspicacias; anticipó pues un modelo intelectual que conoció Nuestra América solo una generación más tarde, con Fernández de Lizardi en México, Andrés Bello en Venezuela o Domingo Faustino Sarmiento en Argentina.
También podemos agregar que Caldas no solo contribuye con estos estudios de geografía física y humana (etnografía en ciernes) a la fundación de la literatura nacional, sino que también con su Diario político de Santafé de Bogotá, que publica al calor de los sucesos del 20 de julio de 1810. Sus 17 pequeñas crónicas o entregas de los sucesos populares del levantamiento del 20 de julio, publicadas en sucesivos números, las podemos tener como una primicia de la historiografía de la futura nación colombiana. Ellas están llenas de una vivacidad patriótica y un afán de veracidad periodística muy cercana a la ciencia histórica. Son fuentes históricas, en sentido preciso del concepto, en la medida que son testimonios directos de los sucesos augurales de nuestra nacionalidad. Así que Caldas puede ser también considerado el primer historiador de la nación colombiana, antes de José Manuel Restrepo, con su Historia de la revolución de la República de Colombia (1827) o Joaquín Acosta con su Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada en el siglo décimo sexto (1848). Resulta muy llamativo que su discípulo Restrepo, luego mano derecha jurídica del Libertador, rinda homenaje a Caldas casi trascribiendo textualmente, en las primeras páginas de su larga noticia histórica, fragmentos de Estado de la geografía del virreinato de Santa Fe de Bogotá de su admirado maestro y mártir Caldas.
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Con el Museo de cuadros de costumbres (1866), la indiscutiblemente valiosa compilación del erudito Vergara y Vergara, publicado en dos tomos para la “mayor gloria de la patria española”, nos volvemos a encontrar con un documento fundacional (las fundaciones son varias y tienen por tanto una necesaria fundamentación crítica), en búsqueda de la autonomía de la prosa literaria no ficcional que inauguró Caldas en sus memorias científicas. El modelo es reconocible. Se trata de fray Gerundio, el periodista satírico español Modesto Lafuente, modesto heredero menor de Mariano José de Larra. El modelo, con todo, no aclara mucho, pues es distante en el tiempo, y corresponde a otras intenciones, de lugar y modalidad levemente crítica de las costumbres sociales. En Larra son hirientes, “afrancesadas”. En fray Gerundio, más parroquiales. Pero son sin duda Mesonero Romanos y, el menos valioso de ellos, Serafín Estébanez Calderón motivos de inspiración. Entre nosotros, la prosa ágil sobrevive al modelo hispano, es una modalidad de nadado de perro que permite no ahogarse en un estanque pando de agua tibia. Es humor pasable, que hace cosquillas, pero no sale roncha perdurable.
Los Cuadros de costumbres carecen de la intención sistemática o sintética de Caldas, pero están dotados de unos “dones” literarios a través de los que se expresa una “república” de las letras neogranadinas. La variedad de los 98 cuadros acumulados en su concepción canónica hace parte del inventario de la literatura nacional, en varios y no unilaterales sentidos. Son cuadros valiosos como literatura menor, mucha de entretenimiento, y algunos que reservan un puesto en la galería de nuestras “bellas y buenas letras”. Los cuadros de costumbres parecen congelarse en su facilismo, sin restarle la importancia jugada en la consolidación de la literatura colombiana, con su “incipiente reflexión histórica” (Gutiérrez Girardot, 1989, p. 84), aún más, ellos son estimables por haber creado una asociación de escritores, amplificado el círculo de los lectores de literatura, atendiendo los asuntos domésticos al retratar las costumbres tal como deseaban verlas, que era a la vez un testimonio del cambio social que estaba operando contra su voluntad nostálgica. Expresan un cambio en el mismo momento que la sociedad evoluciona, dejando atrás las viejas costumbres. Lo ejemplifica “Lo que va de ayer a hoy” de Ricardo Carrasquilla (1866), bajo la impresión: “Vuela el tiempo, estampando su honda huella sobre las obras con que el humano orgullo pretende inmortalizar su nada, y…” (p. 56). Es decir, notifica un profundo cambio social, una modernización (en este caso del sistema escolar neogranadino) en solo unas décadas, como quien vive siglos. Este complejo cambio normativo o superposición normativa acelerada lo caracteriza como anomia, unas décadas después, Emile Durkheim en su libro fundador de la sociología La división del trabajo social (1893).
Los cuadros de Vergara y Vergara no solo perciben los cambios socioculturales, que juzgan incómodos. Pretenden o desean vivir en un pasado estanco. También apelan a una norma que pueda juzgarlos. Esta es España. Tomemos, por azar lo ejemplarizante de esta prosa elegante y su intención expresa romántico-conservadora (con su topos uranos peninsular), las siguientes líneas:
En América, particularmente en la Nueva Granada, tenemos el tiple o bandola, que es una degeneración de la vihuela española, importada en estas regiones por sus primeros pobladores, entre los cuales no dejaría de haber algunos barberos, contrabandistas y demás gente del bronce, de aquella que en las calles de Málaga, Cádiz o Sevilla se solaza con su bandurria, sus castañuelas y panderos.
El tiple, decíamos, es una degeneración grosera de la española guitarra, lo mismo que nuestros bailes lo son de los bailes de la Península. Para nosotros es evidente, es fuera de toda duda que nuestros bailes populares no son sino una parodia salvaje de aquellos. Comparemos nuestro bambuco, nuestro torbellino y nuestra caña con el fandango, las boleras y otros, y hallaremos muchos puntos de semejanza entre ellos; elegantes y poéticos estos, groseros y prosaicos aquellos; pero hermanos legítimos y descendientes de un común tronco. ¿Qué es, en efecto, el bolero español sino el baile de una o dos parejas, que al son de una ronca guitarra y al compás de un pandero, mueven el cuerpo con elegancia y gracia y ejecutan pasos verdaderamente airosos y pintorescos? Y ¿qué le falta a nuestro bambuco o torbellino (que bien merece este nombre) para imitar grotescamente este baile? Una o dos parejas salen a bailar en medio de un corro de candidatos terpsicorianos, un alegre tiple suple la guitarra: un pandero suele acompañarle: el canto afinado y compasado de los músicos tiene todos las caracteres de las alegres seguidillas, […] Hasta el zapateado que hacen con las quimbas nuestros calentanos tienen no sé qué olorcillo a jota aragonesa o al zapateado español. La diferencia, pues, que hay entre unos y otros bailes está en el modo y no en la cosa: las formas lo hacen todo (Caicedo Rojas, 1866, pp. 34-35).
Los cuadros de costumbres nos parecen un acierto a medias en la configuración de la prosa de no ficción en la historia de la literatura colombiana. Impulsa un género festivo, fácil, sacado de la tradición española de Mariano José de Larra, el “afrancesado”, de quien también Sarmiento bebió con placer y provecho, pero sobre todo del modelo mucho más anticuado y estático de Mesonero Romanos. El cuadro de Larra es vivaz, jocoso, pero también pugnaz. Nuestros cuadros imitan superficialmente su forma narrativa, que se despliega en una línea de accidentes cuasinverosímiles del personaje-narrador, pero que para el caso del español (quien se había enamorado de la amante de su padre y luego se suicida con solo 27 años) implica una discusión contra la tradición monárquica y católica, contra la hipocresía malsana y la vulgaridad de las costumbres dominantes. Los cuadros nuestros avivan un amor a la prosa, como dijimos, no ficcional, pero dan un paso atrás de la tradición de la memoria científica que había llegado a su culmen con Francisco José de Caldas en sus contribuciones al Semanario del Nuevo Reino de Granada. Solo la tarea titánica, una generación más tarde, en su solitaria lucha por un nuevo género, que resuma concepto científico y metáfora poética, lo alcanza Baldomero Sanín Cano en sus años de autoformación como ensayista en la prensa capitalina, hacia mediados de los años ochenta del siglo XIX.
La siembra de los cuadros de costumbres floreció en Miguel Antonio Caro, artífice de la Constitución de 1886, cuya nostalgia por España se convirtió en razón de Estado. Fue un hito de larga duración que solo parcialmente pudo contrarrestar la llamada Revolución en Marcha de López Pumarejo en 1936. La nostalgia literaria de Vergara y Vergara, que era una genuina utopía hacia atrás (si retomamos las categorías de Ideología y utopía de Karl Mannheim (1936), publicado al filo del ascenso de Hitler al poder), es decir, que hacía del pasado y la tradición la fuente vitalicia de un presente marchito y confundido; esa utopía nostálgica por España de Vergara y Vergara se remozó y profundizó en el estadista más poderoso que ha tenido la historia colombiana en sus dos siglos de independencia. La restauración monárquica alfonsina de Cánovas del Castillo y la figura de Menéndez Pelayo (en el despacho de la Biblioteca Museo de Santander la efigie de nuestro Caro ilumina hasta hoy este sagrado recinto de la hispanidad) fueron los dos ejes refundacionales de nuestra nación colombiana.
Hay una íntima conexión entre Vergara y Vergara y la tarea política misional, dogmática, de Miguel Antonio Caro. Caro, hay que recordar, logra escribir dos artículos en el periódico de Vergara y Vergara, La Unión Católica (agosto de 1871), “Principios y hechos” y “La escuela liberal”, pocos días antes del fallecimiento del agudo autor de Las tres tazas. De este primario impulso, nace enseguida el notable (por todos los conceptos de propaganda política intransigente) El Tradicionista. Con este se pasa del cuadro de costumbres al combate doctrinal antiliberal sin cortapisas. Caro recoge, recrea y explota a placer pues es el testigo de la siembra protohispánica de la tertulia de El Mosaico. Ahora es el Syllabus de Pío Noveno la estrella de David a la que tendrá que seguir, devotamente, Colombia para salirse del monstruo de blasfemias y errores doctrinales de la Constitución de Rionegro. La lucha a brazo partido contra la Ilustración, el liberalismo, el sensualismo, el utilitarismo. La recatolización sin aplazamientos y absoluta de Colombia. La Constitución de 1886, que pervivió en buena parte hasta 1991, fue el “dispositivo” político que selló el destino del país más tenazmente hasta el día de hoy.

Contra esta restauración hispánica, contra las prácticas intelectuales y literarias que consagró la devoción gramatical y filológica por la España eterna, se erigió, en solitario, el hijo de artesanos y bisnieto de esclavos libertos, Baldomero Sanín Cano. Su obra se construyó al hilo de una praxis renovadora, podemos decir, revolucionaria, cuya génesis la ha estudiado, con minucia científica Gildardo Castaño Duque, en su tesis doctoral (2023). Sanín Cano irrumpe en el ambiente santafereño de un modo incómodo, sutilmente explosivo (no podía darse el lujo de un González Prada que fustigó abiertamente a dos generaciones de compatriotas sin ser “castigado”, por virtud de su alto estatus de hijo de las familias más encumbradas de Perú), e incluso explica su discreta ironía cosmopolita que recorre todos sus textos de prensa a finales del siglo, que son prueba de ello. Ser el “maestro del ensayo corto” de Hispanoamérica, como lo expresó Pedro Henríquez Ureña. Con Sanín Cano se llega a una cumbre, a una nueva cumbre en el ascenso de la consolidación de un género (el género síntesis de los géneros per excellence) que luego cultivaron, también con maestría indiscutible, Hernando Téllez y Rafael Gutiérrez Girardot. Sanín Cano los antecedió, generó el modelo y los hizo posibles.
Sanín Cano no era un científico, a la manera de Caldas o Manuel Ancízar, pero no carecía de formación en las ciencias o conocimientos prácticos de la naturaleza. Fue primero formado en la Escuela Normal, luego ejerció, con entusiasmo, la pedagogía en el municipio minero de Titiribí (con la rica mina de oro de El Zancudo), se trasladó más tarde a Medellín, a un ambiente hostil, y finalmente se asentó en Bogotá, desde 1884 Allí fue el director del tranvía (tirado por caballos) por largos años. Al tiempo, publicaba sus breves artículos, ensayos que llamaron una poderosa atención. Se hizo íntimo del poeta José Asunción Silva, contribuyendo a la publicación y edición de sus poemas (los tenía en su cabeza), tras el suicidio de nuestro dandy modernista el 24 de mayo de 1896. De esta época, que antecedió a la publicación de la Revista Contemporánea (1904-1905), nacieron sus preciosos ensayos, muestra de su independencia crítica y su desafío a la cultura hispanófila dominante.
¿Qué significa que Sanín Cano fue “el maestro del ensayo corto” en el continente? Primero, que este título se labró en la adversidad, a contracorriente de la cultura dominante bogotana. Segundo, que el cosmopolitismo que manifiesta en cada una de sus contribuciones en la prensa local, en El Telegrama (Parte Literaria, 1887/1888), Revista Literaria (1891), es un desafío que no tuvo rivales, que no encontró pares que le siguieran el paso, es decir, que las disputas en que eventualmente se enfrentó fueron inocuas, de corto aliento.
Con discreción, con una cortesía de conveniencia en ese ambiente “cachaco”, Sanín Cano escribe sobre el Parnaso colombiano, colección de poesías recogidas por Julio Áñez y con estudio preliminar de José Rivas Groot. Tantea el terreno de la discusión literaria sin tomar por los cuernos al reconocido humanista, parte integrante de la república de las letras dominantes, un tradicionalista, al que sus detractores o “corrilleros” califican de “arcaico”, es decir, que reverencia la madre patria. Sanín Cano se cuida de atacar de frente y más bien recurre al rodeo de su erudición de las letras españolas contemporáneas; hace pues un balance de los más importantes escritores de la Península, de Menéndez Pelayo, Juan Varela, Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, para concluir que, al parecer, nadie se libra de “los términos arcaicos y las construcciones paleontológicas”. Más relevante es preguntarse si Rivas está en capacidad de ofrecer un estudio adecuado como crítico cuando también cree poseer dotes de poeta y sobre todo de predicador religioso. El caso de Rivas es de dogmatismo, cree en que el poeta debe tener una fe. Sanín no cede: el poeta carece de una misión:
Entre todas las opiniones que hay sobre este punto, la que más se acerca a la determinación del verdadero genio, es aquella pintura que hace Zolá en su novela La obra, de un individuo atacado del mal del trabajo, que se ocupa del arte a pesar suyo, hostigado de continuo por un deseo inevitable, que es parte de su temperamento (1887b, p. 167).
Con ello Sanín Cano llega al núcleo estético del modernismo, en el mismo año en que aparece Azul de Rubén Darío. Vivimos pues una época que anuncia la muerte de Dios, la enajenación del poeta como ente creador del arte por el arte, del dandy que desafía la vulgaridad de la sociedad burguesa. La estatización de la sociedad por el artista, por el poeta desarraigado. Otra versión de este tema del artista autónomo, en la compleja sociedad burguesa, la desarrolla en el ensayo “Clarín y Aramis” también publicado en El Telegrama del Domingo. Aquí Sanín Cano acentúa otro aspecto de la vida artística, a propósito de la denuncia de plagio de La regenta de Leopoldo Alas, Clarín, que hace un tal Luis Bonafoux (caído hoy en un cuasiperfecto olvido). La denuncia de plagio es temeraria: La regenta es una copia o calco de Madame Bouvary de Flaubert. Sanín Cano (1888) no solo sale a defensa del ofendido novelista, y resta valor a los argumentos de su calumniador. Es hora de los folletos difamadores, “… cuando sentimos que se agranda el talón de Aquiles” (p. 322). Reconoce que el motivo de la infidelidad es igual en Primo Basilio de Eça de Queirós (y hubiera podido aducir una docena de novelas del siglo XIX que tratan ese motivo, como Ana Karenina de Tolstoi y más tarde Effie Briest de Theodor Fontane). “Pero este señor Alas peca cuando quiere corregir” (p. 321). Le resulta al crítico antioqueño ridícula la defensa de Clarín de que había leído hacía diez años la obra maestra del realismo francés que trata del adulterio (p. 323), un motivo central de la novela realista del siglo XIX. El siglo burgués per excellence hizo del matrimonio un contrato civil (ya esto está en Las afinidades electivas de Goethe, a la visita que hace el emperador a Prusia imponiendo el Code napoleónico). Se trata entonces de un motivo secular universalizado, pero sobre todo Sanín Cano señala una trasformación de la opinión pública, un fenómeno emergente en las sociedades de masas nacientes. La pérdida de las jerarquías intelectuales establecidas en la repúblicas de las letras (p. 322).
Sanín Cano refuta la oscuridad del mediocre difamador:
Y en este párrafo son de notar varias cosas, entre otras, que no parece cierto lo de que el señor Bonafoux y Quintero vive en merecida oscuridad; porque ya lo conocen en una villa puesta a casi tres mil metros sobre el mar, donde no suenan ni truenan nombres de gran fama en el mundo de las letras; y no se crea que el haber venido hasta nosotros el nombre de Bonafoux es cosa debida a la contestación de Clarín; no señor, puede ser por el amor que se le tiene a la maledicencia, o por otras mil razones de peor ralea, desconsoladoras para el escritor y para los que le leen, pero ello es lo cierto que Aramis y su Literatura habían venido a Bogotá antes que Mis plagios y Un discurso de Núñez de Arce (p. 322).
El público, ahora, pues apenas discrimina y selecciona, se da aires de una libertad de lectura sin normas previamente consagradas.
* * * * *
No desearía pasar la ocasión, al hablar de Vergara y Vergara, de referirme forzosamente a María de Isaacs y Dolores de Soledad Acosta de Samper, por la coincidencia de fechas de publicación con los cuadros de costumbres y las novelas mencionadas. Basta exponer solo dos parrafadas para una discusión encendida. Las dos novelas son manifestaciones del romanticismo colombiano. Cada una de ellas expresa una modalidad de sentir el proceso de la transición de la ápoca colonial a una progresiva inserción a la “era del capitalismo” del siglo XIX. María es una novela, es decir, un género propio, para decirlo con Lukács, de la épica burguesa, que también se aclimató en nuestro país tempranamente. Yngermina de Juan José Nieto Gil es un caso de ello, al igual que Manuela de Eugenio Díaz, La maldición de Manuel María Madiedo. María, por su excepcional maestría literaria, es símbolo de nuestra nación colombiana y sobresale sin discusiones mayores. La literatura crítica sobre ella es abundante. Solo deseo pues insertar en dos párrafos, mi punto de vista.
María cumple con el ideario estético romántico de la “poesía progresiva universal” de los Fragmentos del Athenaeum de los Schlegel (Fragmento 116) (1798). Ella consuma o contiene o, mejor, fusiona, los géneros literarios (no interesa si leyó, lo que es muy improbable, al crítico alemán). María es un relato autobiográfico, es decir, un diario sentimental, que corre al hilo de las emociones de Efraín, del héroe sentimental. La brevedad de los capítulos contribuye al dinamismo narrativo, a la tensión de la trama amorosa. El lenguaje velado, pulcro, casto, favorece la rauda tormenta en que intiman narrador y sus miles de lectores del siglo XIX y cultos del siglo XX (como Alfonso Reyes o Borges). Nos habla en primera persona. Nos habla de corazón a corazón. En María también está la leyenda africana, un episodio en cuatro capítulos (XL a XLIII) en que entreteje la historia de Nay y Sinar, que inserta diestramente en momentos de tensión narrativa, que podrían estar torpemente en otro lugar de la novela. En María también hay cuadros de costumbres, a la imagen de los de Vergara y Vergara, pero con un tino estilístico superior, de lejos. Es el caso de la estampa de la familia antioqueña de don José y sus hijas. Es protoetnografía, en otras palabras. En María, el folclore popular afro se despliega en las últimas páginas, en su atormentado recorrido de Buenaventura a Cali. Allí cede la voz al bunde de los bogas (“en el Dagua es donde con toda propiedad puede decirse que no hay imposibles”):
Se no junde ya la luna;
Remá, remá.
¿Qué hará mi negra tan sola?
Llorá, llorá.
Me coge tu noche escura,
San Juan, San Juan.
Escura como mi negra,
Ni má, ni má.
La lú de su s’ojo mío
Der má, der má.
Lo relámpago parecen,
Bogá, bogá. (Capítulo LVII).
Fue más lejos que esta fusión de géneros literarios: sentimentalizó la sociedad de la rapiña económica, la cultivó en la fragua del amor inmaterial eterno. Hoy se dice novela “polifónica” (Bajtin), ayer “poesía progresiva universal” (Schlegel).
Mina la coherencia sociológica, de fondo, de María (en caso de que la obra literaria en la época burguesa sostenga una coherencia sociológica) la tensión irresuelta entre una sociedad esclavista (remanente colonial tradicional) en medio de un mundo republicano, liberal burgués, que implica la existencia no solo de una constitución, sino sobre todo de un código civil (napoleónico) que exige de base a su vez el estatuto de los derechos del hombre (“Todos nacemos y permanecemos libres e iguales”, dice su primer artículo de 1789). Basta recordar que Napoleón, al invadir Prusia (1806), llevaba en una mano al Werther (confiesa a Goethe haberlo leído cinco veces), y en la otra el código civil. Lágrimas o alma sentimental y negocios o tratos contractuales de hombres en pie de igualdad son las dos caras del mundo burgués, tras la Revolución francesa. El padre de Efraín es un comerciante jamaiquino de origen judío, un hombre de negocios (un calculador “racional”, por esencia), que demanda, implícitamente, una legislación o codificación moderna, en medio de una sociedad tradicional o esclavista. A sabiendas, esclaviza a Nay (Feliciana) de modo criminal. Hace de ese crimen una leyenda africana. Esta es la íntima contradicción, el nudo gordiano que no desata el timorato Efraín. Su culpa, que debe expiar con la pérdida de su amada virginal María. La novela realista francesa de Stendhal y Balzac a Flaubert, basta solo agregar, es un epos desromantizado, la tarea del héroe no es amar apasionadamente, sino trepar socialmente, estafar, asesinar, en el marco vertiginoso de la sociedad posnapoleónica. María se presenta así como un suntuoso anacronismo, de allí su trascendencia.
Dolores de Soledad Acosta de Samper se publica simultáneamente con María. Su fortuna es equívoca y de lejos conquistó los públicos hispanoamericanos que abrazaron con pasión al caucano. Dolores es una novela poco apreciada y las lecturas renovadoras de la autora, hija del general Joaquín Acosta, se deben a esfuerzos académicos de Monserrat Ordóñez, Beatriz Aguirre, Carolina Alzate y Carmen Elisa Acosta, entre otras. Dolores es una novela desigual. Son dos autoras escribiendo el mismo relato. La una, la narradora en tercera persona poco diestra, y la autora magistral de las piezas íntimas, diarios y epistolarios, que dan el perfil final del relato. No llama tanto la atención la técnica combinada, sino, precisamente, el desajuste narrativo. Gracias a la lectura del Diario íntimo (publicado en 2004) podemos valorar la gran escritora de veinte años, el genio wertheriano de Soledad Acosta (esta ama a José María Samper, en realidad un tontarrón). Esta es quizá, mientras no lea la cuasi inabarcable producción que salió de su pluma (un Orinoco de letras), su brillante cumbre.

Reflexiones sociológicas para una historia literaria
Rafael Gutiérrez Girardot dictó en la Universidad Nacional un ciclo de cuatro conferencias, entre el 11 y 20 de noviembre de 1987, tituladas Temas y problemas de una historia social de la literatura hispanoamericana. Las conferencias, publicadas por la Editorial Cave Canem dos años después, cobran una vigencia inusitada en esta nueva convocatoria para repensar las bases metodológicas para una historia de la literatura colombiana. Las suscitaciones (para emplear uno de sus giros más distintivos de su prosa ensayística) de estas lecciones siguen en gran medida vigentes, o mejor, precisarían una relectura, por diversos motivos. El primero, porque ellas brindan una genealogía de las complejas relaciones entre la base social de la producción literaria (es decir, esos eslabones de la base material de la existencia social y los lugares de producción del artista), desde G. Lukács y A. Hauser y los primeros intentos de “aplicación” de la modalidad “historia social de la literatura” en nuestro continente, Alejandro Losada, J. Rodríguez Puértolas y Ángel Rama. El segundo, porque toda historia de la literatura colombiana debe ponerse al resguardo o bajo el amparo crítico de una tradición hispanoamericana que no podemos soslayar, y cuya tradición él mismo subraya en la presentación “provocadora” de sus cuatro conferencias: “Andrés Bello, Miguel Antonio Caro, Manuel González Prada, Justo Sierra, Mariano Picón Salas, Alfonso Reyes, Baldomero Sanín Cano, Pedro Henríquez Ureña, Juan Montalvo, Jorge Basadre, José Enrique Rodó, Carlos Arturo Torres, Alejandro Korn, José Luis Romero, solo para citar a algunos” (1989, p. 11).
La doble suscitación es desmesurada e incluso babélica, pero indiscutible e indispensable. De esa fecha a hoy, sin duda, los estudios literarios han venido a completar los vacíos que detectaba en esos momentos, y la emergencia de lo que podemos llamar historia intelectual latinoamericana, solo para mencionar una disciplina o campo disciplinar ausente hace cuarenta años, ha rendido complejas y muy exigentes investigaciones de México a Argentina. Colombia no se ha quedado atrás. O, dicho de otro modo, las condiciones precarias de partida de hace cuarenta años no son las mismas hoy. No es posible aquí hacer un balance de estos cambios, pero sí referirme en forma muy sucinta a los aportes de estas lecciones pioneras del profesor boyacense.
Gutiérrez Girardot demanda, pues, para una historia social de la literatura estudios sociales propiamente dichos, sobre el derecho, la religión y la estructura del Estado, colonial, burgués revolucionario. A la par exige la existencia de archivos centralizados que conserven los manuscritos, la correspondencia, la prensa, la literatura rosa, las autobiografías, y “la llamada subliteratura” (p. 20).
El análisis de la literatura rosa y de la llamada subliteratura ilustraría lo que es la cultura de la lectura en los diversos estratos de la sociedad y permitiría fijar los modelos de vida y esclarecer las mentalidades formados en relación recíproca entre literatura rosa y público lector, entre las expectaciones de ese público y la respuesta de los autores de literatura rosa a esas expectaciones, que a su vez las influyen y las nutren. Es decir, este análisis permitiría poner de presente un factor estático esencial que favorece el subdesarrollo, pues esta literatura fomenta la huida de la realidad […] a un mundo tradicional idealizado (pp. 20-21).
Este trabajo investigativo generará un conciencia de la tradición, de los traumas sociales, valorando lo propio y lo extranjero, sin que lo propio no pueda dar un salto a salir de sus prejuicios [“factor estático esencial” (p. 21)]. Hay una tradición de estudios sociales en Hispanoamérica, que se han pasado por alto, afirma Gutiérrez Girardot, a saber, Las multitudes argentinas de José María Ramos Mejía, La ciudad indiana de Juan Agustín García y Las multitudes, la ciudad y el campo de Jorge Basadre, obras que clarifican aspectos de la vida social que contribuyen a comprender mejor el modernismo. Agrega el libro de Vicente Gregorio Quesada, La vida intelectual en la América Española durante los siglos XVI, XVII y XVIII, que
se ocupa con tres cuestiones de fundamental importancia para una historia social de la literatura: la legislación colonial sobre la imprenta y el comercio de los libros, la enseñanza y la producción intelectual, que incluye la fundación de periódicos, y la formación de bibliotecas (p. 25).
De la laberíntica discusión metodológica de la conocida fórmula de Marx de que “el modo de producción de la vida material condiciona en general el proceso social, político y espiritual de la vida” (1859/1980, pp. 4-5), en que Gutiérrez Girardot trae a Madame de Stäel, César Vallejo, Adorno, termina por afirmar, con gran nitidez: “…el eslabón que une la base y la superestructura… es recurrir a la noción de ‘institución’” (p. 29). La institución refiere a «“contextos sociales” que satisfacen necesidades, las cuales crean nuevas necesidades, que a su vez se objetivan, se instituyen» (p. 29). “La institución literatura abarca los productores de literatura, las editoriales y los escritores, los medios de difusión de la literatura, esto es, bibliotecas, librerías, revistas, salones literarios, estudios literarios en colegios y universidades, salas de lectura, y los diversos grupos de lectores, esto es, la llamada recepción de la literatura” (p. 30).
El ciclo colonial de nuestra literatura pone de presente, señala Gutiérrez Girardot, una condición especial del escritor, que encuentra en la literatura, como lector o productor literario, una situación especial: la literatura es un medio de coronación social, una corroboración de su condición de ascenso, desde su primara posición de conquistador y colono en el mundo nuevo (pp. 56-57). La literatura barroca y la teología neoescolástica contribuyen a establecer una organización social y cultural que “europeíza” América. La casa grande es un orden señorial del que se deducen, en una escala jerárquica ontológica de equiparaciones fijas: “lo que el alma es al cuerpo, lo es el rey o dominador al Estado y el pater familias en la casa” (p. 38). Ese “monoteísmo metafísico” (Dilthey) (p. 39) dio fundamento a la sociedad colonial y, por ende, al lugar del escritor en ella: una relación de dependencia. Este participó de la “voluptuosa satisfacción del ascenso, del triunfo sobre la pobreza peninsular” (p. 46). Fue un estado heroico o idílico, que asegura la fuerza individual y la intrepidez del individuo, como protector de la comunidad.
Esta condición se cambia, o empieza a evolucionar hacia un tipo diferenciado, tras la independencia. En ella, emerge una nueva condición: son tanto Fernández de Lizardi, Andrés Bello o Sarmiento. “Pero esto indica que en la Colonia el escritor no tenía un papel independiente, que la literatura, y en general la cultura, aunque eran la coronación social del individuo, no tenían un papel social ni una eficacia pública” (Gutiérrez Girardot, 1989, p. 57). Se vivía en un vacío cultural, en un desarraigo social, sin público lector, sin proyecto o proyección como escritor, sin las instituciones literarias que lo hicieran posible: prensa, círculos de lectura, bibliotecas modernas, ambientes propicios (tertulias, salones), sin censuras, temores, persecuciones o carcelazos, etc.
Quizá el punto neurálgico de la discusión sobre las bases sociológicas de la literatura está en la introducción del debate sobre la importancia en las sociedades de la introducción del código civil que Andrés Bello había adoptado de la legislación napoleónica, y que hasta ese momento no había sido atendida decididamente. Para el caso, Gutiérrez Girardot (1989, p. 17) cita la obra de Elizabeth Fehrenbach, Sociedad tradicional y derecho moderno (1974), como modelo a seguir (él mismo había emprendido la traducción y su publicación en la Colección de Estudios Alemanes, que codirigía). Esta implicación era decisiva pues mediante la legislación de Bello se echaban las bases del proceso complejo de secularización y así minaba la fuerza vinculante de la Iglesia católica en la configuración de la familia, el matrimonio y el régimen de sucesión (liquida el mayorazgo), etc.
Modernismo de Gutiérrez Girardot, publicado en 1983 por primera vez en la Editorial Montesinos de Barcelona, marca un hito en los estudios sobre el movimiento poético de fin de siglo en las letras de la lengua castellana. Este libro nace de la “instigación” cordial que le hace el editor catalán, Miguel Riera, al catedrático colombiano para que escribiera una obra sobre el fenómeno modernista, en virtud de que ni Ricardo Gullón ni Ángel Rama habían atendido a su pedido. En pocos meses entregó este sintético estudio revolucionario, “a mano alzada”, pues se había ocupado desde hacía años en la materia en el Seminario de Romanística de la Universidad de Bonn (en una serie de ocho vorlesungen, de las que solo una ha sido traducida y publicada). Gutiérrez Girardot introduce en su libro-ensayo una polémica viva contra lo que llama la “modorra” de la hispanística que se ha atenido a las formalidades estilísticas para comprender el fenómeno literario (Leo Spitzer, Dámaso Alonso).
En efecto, la comprensión histórico-universal de la “era del capitalismo”, para decirlo con Eric Hobsbawn, es el trasfondo de una integración de Hispanoamérica a una acelerada europeización, para comprender este fenómeno literario renovador de las letras finiseculares. Modernismo hispanoamericano y Generación del 98 española son, en suma, el mismo fenómeno literario. Los nombres de Max Weber, Hugo Friedrich y, sobre todo, de Walter Benjamin dan el acento propio para comprender, de una manera global, histórico-social, la novedad literaria. Con Modernismo se aclimata por primera vez entre nosotros, en forma provechosa, la recepción de Benjamín, particularmente su Obra de los pasajes. La apropiación de las temáticas de este texto medular de Benjamin para amplificar la comprensión dominante de la hispanística sobre el fenómeno del modernismo es en Gutiérrez Girardot de valor indiscutible. Los temas interrelacionados de gran ciudad, la era del capitalismo, del dandismo, flaneur, épater le bourgeois son recreados en Modernismo. Es una verdadera innovación en nuestra literatura crítica. Con todo, hay temas y problemas benjaminianos que soslaya o deja entre paréntesis. Las grandes figuras del proletariado militante, cómo es el caso de Blanqui (tratado como rata de alcantarilla por Tocqueville en sus Recuerdos de la Revolución del 48) o de las portentosas obras de las barricadas, a las que dedica Benjamin una muy especial atención, no tienen lugar en la imagen del fenómeno modernista para el crítico colombiano.
La imagen de Benjamin, que nos dejó en sus ensayos, es igualmente renovadora. También, sin embargo, es parcial, al menos en un aspecto. Gutiérrez Girardot no toma a fondo, en consideración del giro marxista de Benjamin, su imagen positiva del intelectual en la sociedad soviética que este visita en 1926. Para Benjamin, la función social y política del intelectual soviético, que valora positivamente, es la de alfabetizar al campesinado y obrero a la sombra de Lenin. Esto implicó, en la práctica, la discusión con la categoría de Mannheim de “la inteligencia libremente oscilante”, que tanto valoró el ensayista colombiano. Con estos breves apuntes creemos contribuir a ampliar la discusión sobre las bases sociales de la vida literaria para el proyecto impulsado por la Universidad del Valle.

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Ronda de comentarios y preguntas
Hacia una nueva historia de la literatura colombiana: anotaciones previas para una discusión
Juan Guillermo Gómez García
Darío Henao Restrepo:
Muchas gracias, Juan Guillermo. Como siempre, hemos tenido aquí un extraordinario recorrido que va a ser muy importante para este proyecto que hemos iniciado de hacer una historia crítica de la literatura colombiana. Creo que son grandes los aportes que nos haces comparándonos con el esfuerzo alemán y lo de Vergara y Vergara, el recorrido sobre Sanín Cano y Gutiérrez Girardot. Ayer hablábamos sobre Rafael Gutiérrez Girardot, quien realmente nos da mucho material para hacer una historia crítica. Es imposible encarar una historia crítica de la literatura colombiana sin tener ese gran referente que fue la obra de Rafael Gutiérrez Girardot. El hecho de que estén listos los primeros volúmenes de esa ambiciosa tarea de publicar completo a Rafael Gutiérrez Girardot es un aporte extraordinario, como lo hemos venido haciendo con otros autores. En el caso nuestro, rescatar todo Isaacs es fundamental para hacer una historia del siglo XIX, con sus relaciones, con su epistolario. Lo mismo que hemos hecho con Zapata Olivella, lo mismo que han hecho en otros lugares con García Márquez, con Pedro Gómez Valderrama. Creo que Colombia ha venido madurando en esos desarrollos, y celebro lo que hay aquí, que cada que pasa una conferencia, el proyecto se agranda, se ven todas las tareas que quedan, lo que hay que trabajar duro, y que aspiramos que el próximo año, mediante trabajo colectivo, podamos dejar armados, en principio, por lo menos los lineamientos, los archivos y la perspectiva con la que vamos a encarar este trabajo. Entonces, tienen la palabra las personas que quieran hacer algunas preguntas.
Carolina Alzate Cadavid:
Muchas gracias, Juan Guillermo. Pues muy interesante, muy rico siempre escucharte y, en verdad, tiene que ver con este recorrido tan amplio y, como mi comentario tiene que ver con mi área de experticia, que es el siglo XIX, y algo de lo que todavía no había acá, como sugieres tú con respecto a lo que sí había en Alemania. Creo que hay algo muy importante a tener en cuenta, y es el proyecto hispanista ultraconservador de Vergara y Vergara, cuando para él en 1810 no había literatura en nuestra Colombia, y no es porque no hubiera literatura contemporánea, sino que él se negaba a leerla y a reseñarla. Él era un experto en invisibilizar el trabajo de sus contemporáneos, porque el más evidente era el de los liberales, y él no les quería dar voz. Entonces, no es que no hubiera una literatura para mirar, a diferencia de Alemania, sino que él no la quería mirar. Me acordaba que, desde 1858, cuando funda el Mosaico, él dice, “Dado que nuestra patria no se conoce. Yo la voy a dar a conocer en mi periódico”. En el 58 estaba acabando la Comisión Corográfica, ya había aparecido Peregrinación de Alpha. La producción había sido enorme en esos 8 años, pero “nuestra patria no se conoce y yo voy a empezar a escribirla y este periódico la va a acoger”. Y si todavía lo dice en el 67, es una cosa de verdad muy violenta con respecto al proyecto liberal que fue el más grande, y que él comenzó a invisibilizarlo y siguió Caro invisibilizándolo, no hay siquiera una iconografía de los liberales radicales. Entonces, no es que aquí no hubiera qué mirar. De hecho, cuando Schiller y ellos, trabajan en esas primeras historias alemanas, las escriben simultáneamente a la producción de literatura; y aquí también, solo que él se niega a verla. Quería señalar eso, que ese siglo XIX nuestro es un espacio de contienda permanente y Vergara y Vergara es especialista en invisibilizar, y como es nuestra primera historia y la que se leyó, pues heredamos esa invisibilización, que ha costado décadas deshacerla. Así comienza esa deformación del canon, como dice aquí el profesor. Muchas gracias.
Carmen Elisa Acosta:
Mi pregunta va más con este interés de la historia de la literatura, y sus reflexiones, que se refieren al siglo XIX y Vergara y Vergara, en contraste con las historias de la literatura alemana. Y hay versiones sobre historias contrastivas, o sea, ¿cómo piensa usted el asunto de la historia comparada o de esa historia contrastiva? Porque usted habla de que en Alemania sí había grandes obras y qué ocurre en el siglo XIX en Colombia, cómo se dan esas lecturas, y lo que dice Carolina contribuye un poco a eso. Entonces, ¿cómo ve usted ese asunto?, porque el énfasis suyo en Alemania pone como un horizonte lector sobre el siglo XIX colombiano.
Julio Alberto Bejarano Hernández:
Tenemos varias cosas en común con tu conferencia, empezando por el título de la ponencia. Yo también puse ‘hacia’; a mí me gustan esos ‘hacia’, en una costumbre francesa, y la diferencia de que tú estás en la tradición alemana y yo, en la tradición francesa. Justamente en la tradición francesa, a diferencia de la alemana, lo que ha venido estudiando Ranciere sobre el siglo XIX, que es romper esa visión tan monumental de la historia de la literatura e ir a otras fuentes, que son las fuentes orales, la palabra muda, la noche de los proletarios. Es decir, es algo que nos puede servir mucho a nosotros y que nos convoca mucho, y lo hemos hablado, es la diversidad de fuentes y, sobre todo en Colombia, de la oralidad. A propósito de El Mosaico, ahí aparece, así sea por los bordes, Candelario Obeso. Entonces, ya hay un contrapunto en ese mismo momento, puede que no haya sido publicado de la manera como debió ser, como dice Graciela Maglia, que ha estudiado mucho a Candelario Obeso; de hecho, ella hizo una edición bilingüe muy interesante. Pero creo que ahí ya, en el siglo XIX, como lo muestra Ranciere en el caso francés, aquí en Colombia ya había un contrapunto, incluso, casi que una implosión en el mismo Mosaico. Es decir, se le coló, de todas maneras, a su manera, como una especie de guerrilla de los bogas, Candelario Obeso. Es decir que el trabajo de nosotros como críticos empieza mucho antes de lo que nos imaginamos, no somos nosotros los que vamos a refundar la patria literaria. Yo creo que esas patrias, en plural, se fundaron desde el principio como una explosión. A nosotros nos toca tratar de entrar en ese diálogo. Y hablando con Fabio Rodríguez de Pablo Montoya, a propósito de Caldas, de Los derrotados de Pablo Montoya, porque en esa novela él ubica a Caldas como ese referente que tú quieres proponer. Y la pregunta es esta, si tú pondrías a Caldas como el Macedonio de nosotros. Es decir, así como el proyecto de Noé Jitrik pone a Macedonio, el Macedonio de Borges, el Macedonio de Ricardo Piglia, me da la impresión, y creo que es algo que yo no compartiría, pero me gustaría escuchar tu posición, si Caldas sería el Macedonio de la literatura colombiana, como una especie de gran ucronía. Y recordaba, por último, la presentación (2012) de Roberto Burgos Cantor de la novela Los derrotados de Pablo Montoya, en la que hace un estudio genial del epígrafe de Albert Camus: “Si quiero escribir sobre los hombres, ¿cómo apartarme del paisaje?” que incluyó Montoya en la novela. En la literatura y la filosofía francesas también hay caminos muy interesantes que recorrer. Y allí dice Roberto Burgos Cantor esta frase que podríamos poner como epígrafe de uno de los tomos de nuestra historia: “Los derrotados se acerca a un fresco o mural de hoy donde la aventura de Francisco José de Caldas es un vagón en la ruta de las transformaciones sin etapa de llegada de la vida colombiana y americana”. Yo creo que en ese comentario de Roberto Burgos sobre la novela de Pablo Montoya tenemos una gran apertura. Muchas gracias.
Juan Guillermo Gómez García:
Carolina, muchas gracias por el comentario sobre Vergara y Vergara y la máquina de invisibilización, que actuó casi sistemáticamente con rencor frente a la modernidad, en ese doble aspecto frente al ascenso de la burguesía potencial que se estaba ya dando y frente al de las revueltas populares. Porque ya había habido comerciantes y todavía no había posibilidad de construir una novela realista en Colombia. La primera, aunque hay diversos criterios, para mí sería Frutos de mi tierra de Carrasquilla. Puede haber otras antes, pero hay que modelar, tomar como tipologías fundamentales, porque hay mucha producción, y tal vez habría que jerarquizar. Esa invisibilización significaba un doble rencor frente al proceso de la formación de una burguesía ascendente, especulativa, podríamos identificarla con Pepe Sierra, pero también frente al temor a las revueltas populares. Ese era el doble trauma. Y eso nos lleva a una imagen de nación, porque el resultado finalmente de esta apelación a España no era gratuito y va a ser retomado por Miguel Antonio Caro, que va a montar no solo la Regeneración, sino una sistemática recatolización del país. Es decir, la empresa que dejaron los españoles pendiente nos la quiso meter Miguel Antonio Caro, y uno entiende cómo la Regeneración es una reacción tan violenta que hay en el país, como la que en el siglo XX va a tener Laureano Gómez, y tras el Bogotazo, ya no bajo el amparo de Cánovas del Castillo. El modelo de Núñez es la España alfonsista y así el papel de España y de Meléndez Pelayo, en ese marco tan turbio de la historia española. Acá también tuvimos una reacción hispanista furibunda con Laureano Gómez y porque el Bogotazo dio lugar a que hubiera esa reacción, pero también es muy curioso, porque liquidan la Escuela Normal Superior, de lo que no se ha hablado mucho de acá, y nombran como rector a Rafael Maya para liquidarla y ellos se van a encargar de que la biblioteca de ciencias sociales de la Escuela desaparezca, y fundan el Instituto Colombiano de Cultura Hispánica para reafirmar los lazos con la España franquista, exaltar la herencia hispánica en Colombia y la dependencia de la ‘alta cultura’ con la Península. Lo curioso es que ese Instituto reclutó las inteligencias de Eduardo Cote Lemus, Hernando Valencia Goelkel y Rafael Gutiérrez Girardot como los tres primeros becarios a España en 1950, los españoles no eran tontos, y Gutiérrez encuentra la imagen de España y de América Latina en Madrid. Entonces ahí hay una cosa muy interesante. Y la última reacción, como hemos sabido, es el monstruo.
La segunda inquietud, la de Carmen Elisa, la de la comparación con Alemania, es un asunto de posibilidades; que, si uno mira otras cosas, puede llegar a comprenderse mejor. Uno dice: es obvio que nosotros asociamos la historiografía de Vergara y Vergara con un proyecto conservador nostálgico español, y en Alemania era diferente. Ese tipo de contrastes permite vernos un poquito mejor y entendernos un poco mejor, nuestra peculiaridad, los criterios.
Y sobre los criterios de esos contrastes, ¿por qué ese contraste? Porque era lo que había estudiado. No conozco la francesa bien, la española tampoco, y como la tenía a la mano y había hecho unas traducciones hace como 20 años, las saqué. Ahora que me llamaron a hablar de estas cosas, las saqué del cajón y me encontré con que tenía una cantidad de cosas de historiografía alemana. Entonces eché mano de la primera, la de Theodor Wilhelm Danzel, porque es la primera. Además, ¿por qué no? El criterio es obvio. ¿Cuál es el origen de la historiografía alemana? Es Danzel. Entonces, dije: bueno, vamos a hablar de Denzel y la diferencia que establece. Y para mí fue muy claro. Digo, voy a leer solamente el prólogo de Vergara y Vergara y la ruta metodológica que me está dando, y cojo el prólogo de Danzel y qué ruta me da. Entonces, me permite hacer un pequeño contraste asociativo que sirve para cualificar un poco nuestra imagen de nación.
La tercera, sobre las fuentes orales. No necesitamos solamente a Candelario, sino que la publicación que se hace en El Mosaico de los primeros ocho o nueve capítulos de la Manuela ya nos da una riqueza, porque si hay algo grande en Eugenio Díaz es la reproducción de los diálogos. Se recuerda cuando don Demóstenes, ve a Manuela y le dice, “hola, oye, negra”, así no se saludaría a María. Entonces, ya el registro verbal “oye, negra, que no es muy usual, es como un hombre de la élite ve a una trigueña y le dice, “oye, negra”. Sí, entonces ahí hay toda una riqueza de lo verbal oral, popular. Y lo dice Elisa Mújica, que hay una diferencia entre los diálogos cuando se trata de la gente del pueblo y diálogos muy postizos realmente cuando se trata de gente de la élite. Ya no es tan fino, dice Elisa Mújica, y yo creo que se puede ver ahí entonces la oralidad sí queda más o menos plasmada, no en María, pero sí en Manuela, uno puede sentir la oralidad. Y en cuanto a Caldas, yo lo llamaría el “descuartizado”, es que Caldas fue víctima no solo del desaire que le hizo Humboldt y del de Mutis, que es imperdonable. Él es víctima al final, porque es el primero que se propone como un intelectual o científico de tiempo completo. Él crea un modelo, ‘nosotros nos dedicamos a la ciencia a tiempo completo, abandonamos la profesión de abogado y me voy a meter a ser científico’, allá a partir de 1801. Incluso el desaire de Humboldt, creo que fue muy benéfico, porque esos dolores también constituyen y fortalecen el espíritu. Él lloró un par de meses, pero después se repuso, pero ya él fue víctima de del barón de Carondelet, que quería que le hiciera la ruta para llegar a Esmeraldas, y víctima de Mutis que quería que él le sirviera para la Expedición Botánica y víctima también de José Ignacio de Pombo que quería que le trazara la ruta para que en el río Magdalena se pudiera generar transporte. Entonces, como era el único científico tenía que servirle al barón de Carondelet en Ecuador, le tenía que servir a Mutis para Bogotá y le tenía que servir a José Ignacio de Pombo. Y en las cartas de ellos, en las cartas de Mutis y de Ignacio de Pombo se muestra que están todos insatisfechos con Caldas. Caldas tenía su propio proyecto de científico y estaba en todo caso sirviéndole a tres señores, porque tenía la desafortunada circunstancia de que no tenía sus propios recursos económicos ni había una institución científica que se los avalara, sino que tenía que depender de las arbitrariedades personales de estos tres señores. Entonces, también la precariedad, lo que tú dijiste de Ezequiel Uricoechea ya lo había vivido Caldas, y yo sí creo que a Caldas lo podríamos llamar el descuartizado antes de que lo fusilara Pascual Enrile. Y podemos llorar un poco y entender que Caldas, antes de que lo fusilaran, le escribió una carta, un poco penosa la verdad, a Enrile para que no lo fusilara.

