I
Veinte años de exilio,
Maruja Vieira
amor mío,
¡veinte años sin patria!
Nuestro enfoque se sustenta en el itinerario de la literatura comparada contemporánea en tensión con la filosofía francesa, como un diálogo entre culturas, lenguas y territorios simbólicos que nos permiten poner en contraste las miradas de lo uno y lo otro; de lo que creemos propio o extranjero. En la literatura colombiana, no se han hecho estudios sistemáticos ni se ha profundizado en un tema que parece intrínseco a su historia: el desarraigo de muchos de sus escritores debido a la violencia, en el caso contemporáneo iniciado en 1964, según el Informe de la Comisión de la Verdad de 2021. Este escrito es una breve contribución a un rastreo del exilio de algunos de ellos.
Indagamos por la mirada interior de los escritores colombianos de la generación del “estado de sitio” entre los años sesenta y ochenta. Nos inspiramos en los trabajos tempranos de Noé Jitrik (en plena situación de dictadura y exilio en Argentina en 1977) y en su visión de una nueva historia de la literatura que:
Acaso recuperando, en los textos, por supuesto, que constituyen uno de los modos de la memoria humana, lo que la escritura ha sido capaz de hacer, se pueda reformular una nueva historia de la literatura que vaya más allá de lo que en las antiguas no ha podido resistir el embate de lo extrínseco y de lo intrínseco que las secó e hizo superficiales y perecederas (Jitrik, 2023, p. 68).
También nos apoyamos en la mirada latinoamericana sobre la concepción de escrituras del exilio de la crítica Adriana Bocchino (2011):
La escritura podría ser un sentido para ciertos exilios como el exilio el sentido de ciertas escrituras. A la inversa del viaje de aventuras, donde todo, aun, y sobre todo, lo por conocer, tiene sentido, el exilio lo que hace es mostrar el como si. El elemento paradójico constituye el sin sentido en relación interior con el sentido. Y ello es lo que se despliega en la escritura: la frontera, el exilio, no sería una separación sino el elemento de la articulación. Y el sentido es lo que sucede a los sujetos en exilio y lo que insiste en las proposiciones —escrituras de exilio—, como en espejo (p. 13).
Nuestra propuesta dialoga con el informe Hay futuro si hay verdad (2022) que realizó la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición (CEV). Específicamente, con el tomo La Colombia fuera de Colombia: Las verdades del exilio (2022). Debido a que, además de atender a la importancia de “visibilizar el impacto del exilio y reconocer el daño colectivo que ha supuesto, tanto para las personas que tuvieron que salir del país como para las que se quedaron” (p. 75), reconoce que “la escritura literaria ha servido para la expresión del tránsito del dolor a la reconstrucción de una vida después del exilio” (p. 432).
Los estudios de Walter Benjamin sobre el exilio son el otro punto de partida. El autor define esta categoría como un lugar (y no-lugar) en el que se entrelazan las tragedias personales y colectivas y a la vez surgen nuevas posibilidades entre culturas e individuos que, en muchos casos, son inusitadas, insólitas. Para Benjamin (1967): «Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo “tal y como verdaderamente ha sido”. Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro» (p. 180).
Repensar el concepto de exilio supone ir más allá de la dimensión puramente política (de las causas que lo produjeron en un grupo o en individuos particulares) para concentrarse en los efectos paradójicos escriturales que genera esta mutación en la vida de una comunidad o de una persona. En una primera mirada, se supondría que la consecuencia inmediata, muchas veces irreparable, sería la escisión con el país natal, la pérdida del vínculo original con una patria. Para Edward Said, en el ensayo “Reflexiones sobre el exilio” (2000), se trata de una “grieta imposible de cicatrizar impuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero hogar” (p. 103). La pérdida, entonces, representa lo irreparable. El exilio se presenta como una figura liminar de la existencia dado que “nunca es un estado satisfecho, plácido o seguro del ser” (Said, 2000, p. 113), es un ponerse-a-prueba en un sentido radical.
Repensar el exilio en las literaturas colombianas enfatiza en un plural en tránsito, al decir “literaturas” para evidenciar como buena parte de esta historia se ha escrito fuera de Colombia, en situaciones de destierro o exilio, bien sea definidas con criterios políticos y jurídicos o en sus condiciones simbólicas, por ejemplo, de exilio interior. En palabras de Jitrik:
La estructura del relato que concebimos, no como coartada sino como lo propio de este discurso, se articula en momentos pensados como grandes instancias de transición, no por movimientos, tendencias o grandes obras, aunque todo esto los recorra y anime (Jitrik, 2014, p. 10).
Nuestro escritor emblemático, Gabriel García Márquez, se fue de Colombia en un primer exilio a mediados de los años cincuenta y en esa condición (amenazado por la dictadura de Rojas Pinilla por las crónicas que luego serían el libro Relato de un náufrago) escribió su primera gran obra en París, El coronel no tiene quien le escriba.
Más allá de la extensa documentación sobre exilio, quisiéramos apelar a una definición concreta de exilio con la que trabaja ACNUR-ONU:
El exilio es la separación de una persona de la tierra donde vive. En este sentido, todos los refugiados y desplazados viven en el exilio hasta regresar a sus hogares. Otra acepción hace que este término se haya utilizado, sobre todo, para la expatriación por motivos políticos. Desde el exilio español, durante y después de la Guerra Civil, hasta los exilios políticos latinoamericanos. Tras el golpe de Estado en Guatemala en 1954, dictaduras como la de Pinochet en Chile, el golpe militar en Argentina o el exilio cubano a EE. UU., incrementaron exponencialmente el número de exiliados durante la segunda mitad del siglo XX. Así mismo, se denomina exilio al lugar en el que se vive durante ese tiempo y al conjunto de personas que viven allí. A diferencia del exilio, el destierro se refiere a la pena de expulsar a alguien de un lugar o territorio. Generalmente es el Estado el que decide expulsar, o desterrar, a esa persona por haber cometido un delito. Puede ser de forma temporal o para siempre. También se utiliza la palabra destierro para hablar del tiempo en el que se cumple esta pena, de la acción de desterrar y del lugar en el que vive (Acnur, 2023, p. 2).
Para Colombia, el punto de partida está en el Informe del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) de 2018, titulado, Exilio colombiano: huellas del conflicto armado más allá de las fronteras, en el cual se analiza la dificultad de definir el exilio y el exiliado/a en Colombia:
Para el caso colombiano, la tarea de definir la figura del exilio es, quizás, más compleja debido a que su historia contemporánea es reflejo del enfrentamiento bipartidista, el paso de la dictadura, la génesis de las guerrillas más viejas del mundo, la expansión del paramilitarismo y la evolución del conflicto armado. Para nombrar el fenómeno, se han empleado variadas expresiones y conceptos en Colombia y en el exterior. Así, con términos que muchas veces hacen referencia a experiencias similares, se han utilizado figuras y conceptos como “diáspora”, “refugio”, “asilo”, “expatriación”, “destierro”, “migración” o “víctimas en el exterior”, entre otras. La no definición del exilio en Colombia puede asociarse, entre otros factores, al conflicto y a los actores armados, lo que ha implicado un desafío para comprender las diferentes acepciones en las que el término ha sido empleado durante la guerra y en procesos de paz. Sin embargo, la falta de una voluntad política por reconocer y afrontar los efectos del conflicto fuera del territorio nacional, así como en su momento ocurrió con otros hechos victimizantes dentro del país, también han contribuido a ignorar el fenómeno (CNMH, 2018, p. 39).
Por supuesto, en el marco del posconflicto en Colombia, de la búsqueda de una paz duradera, el trabajo de la Comisión de la Verdad es el pilar fundamental. Uno de los capítulos de su Informe final (Hay futuro si hay verdad) está referido al exilio:
Dar la palabra al exilio es una forma de abrir un camino para que su experiencia sea reconocida, y la voz de sus protagonistas, escuchada y tenida en cuenta. El trabajo de las comisiones de la verdad respecto a la documentación del exilio ha sido muy limitado en el mundo. La Comisión de la Verdad de Colombia —creada tras la firma del Acuerdo de Paz con las FARC-EP en 2016— ha llevado a cabo un proceso de escucha, documentación y reconocimiento —tejido con la confianza de numerosas organizaciones y víctimas en 24 países— que muestra la situación de una población colombiana que quiere ser parte del esclarecimiento y la construcción de la verdad y cuyas experiencias hacen parte de una historia colectiva.
No se trata solo de responder a cuestiones fundamentales en relación con el exilio y el refugio —que han sido invisibles— y de dar cuenta de lo que les pasó a las personas que tuvieron que salir del país para defender sus vidas, sino también de responder al desafío que tiene Colombia hoy respecto a estas verdades que habitan fuera de las fronteras: ¿la sociedad colombiana y el Estado serán capaces de mirarse también en esta historia y de reconocerla? De igual forma, se trata de reflexionar sobre cómo el exilio no fue en vano: salvó vidas, familias, verdades (Comisión de la Verdad, 2022, pp. 26-27).
La categoría de desexilio que propone el Informe de 2018 es sugerente en cuanto permite pensar las condiciones posibles de un retorno al país natal. En el caso de los dos informes citados, no hay un estudio específico sobre escritores en el exilio en Colombia, sino algunas menciones puntuales. Esa es nuestra principal motivación, hacer resonar la voz de estos escritores en una futura biblioteca del exilio en Colombia, así como existe la biblioteca de literatura afrocolombiana y la biblioteca de literatura de escritoras.

II
Desde el punto de vista filosófico, uno de los referentes indispensables para pensar el exilio, tanto por sus escritos como por su experiencia vital y su dramática muerte, es el filósofo y escritor alemán, Walter Benjamin, quien vivió, escribió y sufrió en carne propia las heridas y el desgarramiento final de los exilios en los Pirineos en 1940. Pensador de los umbrales, gran lector de Baudelaire y Kafka, ellos mismos paseantes y guardianes de los intersticios, fue Benjamin un gran avisador de incendios como lo recuerda Llovet (2005):
Walter Benjamin fundó la figura del avisador de incendio para referirse a aquellas personas que, como el mismo Benjamin, aunque sea de manera imperceptible, con la discreción de la inteligencia literaria avisan al conjunto de la sociedad de las catástrofes que ella misma gesta antes de que se hayan consumado, detectando su inminencia y alertando de sus terribles efectos sobre la idea misma de humanidad (p. 353).
Avisadores de incendios. Captadores del ruido de la historia, incluso antes de que este suceda, o quizá más bien debido a ello. Así leemos, por ejemplo, algunos poemas de Suenan timbres de Luis Vidales, escrito en 1926, en plena juventud y veinte años antes de su exilio:
Los ruidos
[…]
Ruidos de la época de las cavernas
que andan todavía en el mundo.
Ruidos.
Vosotros vagáis locos
buscando una salida
pero al igual que yo
no habéis podido encontrarla.
[…]
(Vidales, 2019, p. 34).
Uno de estos avisadores de incendio es el exiliado y/o el testigo del exilio. Dicho testigo no apela exclusivamente a dar cuenta del testimonio vívido en primera persona, puede ser un diálogo de transterrados de larga duración como el caso de José María Vargas Vila con Consuelo Triviño Anzola y su novela Semilla de la ira. Para ello, podemos leer el excelente artículo de Juan Carlos González Espitia en el que se recuerdan los últimos versos de Vargas Vila:
[…]
Sintiendo que el Silencio nos rodea por todas partes…
un Silencio letal, como el que reina en el corazón helado de las tumbas…
y, es la única atmósfera respirable á las almas en duelo…
único espacio permitido al vuelo de la Palabra amenazada…
el Silencio nos ofrece su seno generoso…
[…]
(Vargas Vila, 1932, como se cita en González Espitia, 2020, p. 79).
El exilio como drama humanitario expone una vida a una dura prueba del pasado, del presente y del futuro en una condición liminar de la existencia. Sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo ha tomado en cuenta las dimensiones jurídicas, éticas, políticas y estéticas del exilio y del exiliado como figura del umbral en las violencias. Volvamos a Benjamin a través del recuerdo poético que nos deja el escritor colombiano Ricardo Cano Gaviria, en torno a los últimos instantes de Benjamin en su libro El pasajero Walter Benjamin:
Imposible seguir manteniendo esa especie de vuelo rasante sobre tantas cosas. La sangre fría, —la condición de lucidez— se esfumaba, mientras en su cerebro se hacía fuerte, casi decepcionante, una aspiración a decir cosas simples y elementales… “no puedo seguir… todo termina aquí…” (Cano, 2009, p. 311).
Recuperemos la imagen de vuelo rasante y juntémosla con las sentencias tan afines al exilio como memento mori, “no puedo seguir… todo termina aquí”. El vuelo rasante de la muerte se posa sobre el que-está-a-punto de ser un exiliado, ya no en el último Benjamin, quien termina así su exilio, es decir, liquidando su propia vida. El que se exilia inicia un vuelo rasante hacia lo desconocido que es a la vez ya conocido antes, paradójicamente. Lo no conocido (el futuro, las terras incognitas) es lo presentido, lo que se deja atrás, lo que se recordará y lo que se irá olvidando, lo que se espera recobrar o transformar o perder del todo. El duelo intrínseco del exilio es intemporal. Similar al duelo de la desaparición forzada, no es claro su final. Quien se exilia no conoce el término de su condena, más o menos forzada. El tiempo puede ser, cual Prometeo, una de las peores sentencias. Pensamos en otra escritora colombiana, gran pensadora del exilio, Helena Araujo:
Creo que precisamente el hecho de no volver a Colombia alimenta mi imaginación y mi memoria. ¿Por qué se exilia un escritor, una escritora? Quizás le inspira el proyecto de un “viaje iniciático”, de una aventura existencial. O quizás la decisión de superar conflictos y situaciones insolubles. Refiriéndose a su vida en Chile, Gabriela Mistral solía decir que se había sentido forzada a “mascar piedras” con sus “encías de mujer”. Ella, como muchas antes que ella y muchas después, pagaría cara su vocación literaria. En Latinoamérica, en Colombia, el proceso de acondicionamiento —aún en el siglo XX— principiaba desde la infancia: el régimen patriarcal y religioso nos enfrentaba a la disyuntiva de obedecer y someternos o sufrir las consecuencias en forma de castigo. Debíamos elegir entre pagar el precio de la rebeldía o soportar el peso de la opresión. ¿El precio o el peso? La solución podía ser nefasta. En vez de describir la encrucijada en que nos hallamos muchas, prefiero referirme a un exilio interior, síquico, que dificultaba nuestro acceso a la escritura. Como mujer, como autora, es tiempo de que me pregunte: esa tierra donde se me censuraba constantemente, ¿era acaso la mía? (Sánchez, 2011, p. 247).
Al volver a Benjamin, es inevitable pensar en los miles de exiliados españoles de la Guerra Civil, la mayoría anónimos, cuyas voces y rastros se perdieron y tratan de ser recuperados por múltiples iniciativas culturales. Algo similar ocurre con el caso colombiano. El gran esfuerzo de un admirable equipo de trabajo interdisciplinario del Centro de Memoria Histórica y de la Comisión de la Verdad (así como de otros investigadores y de asociaciones de víctimas, principalmente) se despliega en entrar en contacto con sobrevivientes y familiares del exilio, en una ardua tarea de escucha, como se resalta en los dos informes. Dicho esto, con el ánimo de profundizar en estas investigaciones, queremos compartir nuestras propuestas en torno a los escritores, como subeje del exilio en Colombia.
Nos acercaremos al exiliado como una figura del umbral, tal como ha sido estudiada por filósofos como Giorgio Agamben y Franco Rella (2010). Los dos pensadores italianos se caracterizan por un pensamiento del fantasma, de la presencia/ausencia de los cuerpos y las ideas en lo contemporáneo. Su estilo también desestabiliza los presupuestos sobre la escritura que se enfrenta a los silencios, a lo no dicho, en este caso por los exiliados. Escribir sobre lo callado, lo oculto, lo espectral nos impone una exigencia, una vez más: no hablar en nombre de otros. Dichos ejercicios de pensamiento, como quisiera llamar estas reflexiones sobre el exilio en Colombia, atañen a la escritura del desastre de Blanchot como intento de desdevelamiento imposible de la palabra y su/nuestra responsabilidad. Para Blanchot (1990):
Mi responsabilidad para con El Otro supone un vuelco que no puede señalarse más que por un cambio de estatuto del “yo”, un cambio de tiempo y quizá un cambio de lenguaje… por amistad es como puedo responder a la proximidad de lo más remoto, a la presión de lo más liviano, al contacto de lo que no se alcanza; amistad tan exclusiva como no recíproca, amistad por lo que pasó sin dejar huellas, respuesta de la pasividad a la no presencia de lo desconocido (p. 30).
Buena parte de la literatura colombiana que mencionaremos no se define por un asunto testimonial exclusivamente. Poemas, cuentos, novelas, teatro, ensayo, incluso diarios o correspondencias no necesariamente son escritos por quienes viven directamente el exilio en su concepción más primigenia. Es la cuestión del testigo la que está en juego. Testigo en la mirada de Agamben (2002):
Llamamos testimonio al sistema de las relaciones entre el dentro y el fuera de la lengua, entre lo decible y lo no decible en toda lengua; o sea, entre una potencia de decir y su existencia, entre una posibilidad y una imposibilidad de decir… Los poetas —los testigos— fundan la lengua como lo que resta, lo que sobrevive en acto a la posibilidad —o la imposibilidad— de hablar (p. 57).
El umbral y el miasma del exilio se caracterizan por precarizar el tiempo y el espacio, tanto en el intento de salvar la vida, como en la búsqueda de “rehacer” la vida, hasta donde esto sea posible, en lugares de tránsito, o puntos de llegada más o menos definitivos. En muchos casos, el retorno al país natal se vive como una (des)esperanza, o una promesa más o menos fantasmal. En ese sentido, el término desexilio del Informe de 2018 es útil para acercarse al intento de retorno. La pertinencia de repensar el exilio, vivido y esbozado por escritores es una oportunidad para sondear la experiencia de la violencia, desde la sensibilidad y quebradura del sujeto-escritor. Para Franco Rella (2017):
La relación con el tiempo, con el dolor, y con la muerte, que ya desde Heráclito definía lo humano y su abismal profundidad, están en vía de mutación, sin que el pensamiento logre pronunciar una sola palabra. No han desaparecido el dolor, la sangre que diluye la tierra, que exhala su olor como un terrible miasma. Pero todo esto, ciertamente ya no puede ser resuelto y comprendido por el sujeto clásico. Pero, ¿qué sujeto puede hacerlo? (p. 108).
Pensemos un momento en la cuestión del miasma que señala Rella. Miasma se define en la RAE como: “Efluvio maligno que, según se creía, desprendían cuerpos enfermos, materias corruptas o aguas estancadas” (RAE, 2023). Del griego Μίασμα, de μιαίνειν, significa mancha, mancharse, contaminarse. El miasma es causa y efecto del exilio. En su origen están las violencias que dan lugar a la desesperada partida (en su polisemia, como huida, como apuesta, eventualmente como muerte o formas de muerte), en su extensión y llegada, también están sus efectos contaminantes. El exiliado vive su propio miasma.
III
La relación entre literatura y migraciones en Colombia gira en torno a la violencia casi sistemática de la vida republicana desde sus inicios. Nos interesa centrarnos en algunos momentos singulares de dicha historia desde el punto de vista literario. Las primeras migraciones por motivos políticos inician en la crisis de la primera república en 1815, luego de la primera guerra civil, y el éxodo interior y exterior producto de la reconquista española (1815-1819), también conocido como el régimen del terror de Pablo Morillo. Luego, durante cien años de guerras civiles, tal como lo cuenta alegóricamente García Márquez en Cien años de soledad, se producen sucesivos destierros, exilios, desplazamientos internos y demás formas de persecución política.
El coronel Aureliano Buendía no logró recobrar la serenidad en mucho tiempo. Abandonó la fabricación de pescaditos, comía a duras penas, y andaba como sonámbulo por toda la casa, arrastrando la manta y masticando una cólera sorda… una vez abrió el cuarto de Melquíades, buscando los rastros de un pasado anterior a la guerra, y solo encontró los escombros, la basura, los montones de porquería acumulados por tantos años de abandono (García Márquez, 2014, p. 291).
Después de la Guerra de los Mil Días (1899-1902), el país entra en una relativa y precaria temporada de paz. Esta época de inicios del siglo XX se conoce en la historiografía colombiana como “Prosperidad a debe y Paz de los sepulcros” por la masacre de las bananeras en 1928, es decir, por la represión a los primeros movimientos obreros sindicalizados.
Viene después el período de la Violencia (1946-1958), con el asesinato de Gaitán el 9 de abril de 1948, el consiguiente levantamiento popular conocido como el Bogotazo y los efectos de la violencia bipartidista y la dictadura de Rojas Pinilla, hasta el Frente Nacional en 1958, en el que escritores como Luis Vidales y Osorio Lizarazo vivirán y escribirán en el exilio. Es interesante destacar que el Centro Nacional de Memoria Histórica considera al periodista y escritor Carlos J. Villar Borda como uno de los primeros exiliados “oficiales” en la historia de Colombia:
Carlos J. Villar Borda, considerado uno de los primeros periodistas exiliados de Colombia, quien buscó protección en España en 1956. Véase El Tiempo (2010, 22 de mayo). En este contexto también se dio el primer exilio de Gabriel García Márquez hacia París en 1955, cuyas razones aún son fuente de debate. Para algunos, su “Relato de un náufrago”, publicado por entregas en el periódico El Espectador, reveló información que lo puso como enemigo de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, situación que lo obligó a salir del país. Para otros, su salida de Colombia corresponde a la búsqueda de nuevas oportunidades como reportero en Europa (CNMH, 2018, p. 80).
Queremos detenernos brevemente en el caso de Gabo en esos años. De una orilla a otra, lo leemos así. La primera orilla está en el último texto escrito por García Márquez en El Espectador antes de partir para el exilio en Europa a finales de 1955:
Necesariamente, la última nota termina por convertirse en una nota metafísica. Porque es una nota que necesita más espacio que aquel que su propio tema le permite, pero con menos tiempo para existir que el que exige el trabajo de escribirla. Es una nota perdida, amarrada a la cola de un año que ni siquiera tuvo la gentileza, la cortesía, de detenerse un instante a esperarla (García Márquez, 1982, p. 770).
Creemos que la expresión “con menos tiempo para existir” es solo una especulación metafísica y, por lo tanto, literaria, del exilio por venir y en especial de la obra por venir que se sigue escribiendo; en la otra orilla, en la segunda orilla, lo que escribe al llegar a París; ya estamos en 1956, lo sabemos por la información que nos da el narrador, por momentos en un estilo de sala de redacción, de cables noticiosos, como lo había vivido Gabo en los últimos años entre Bogotá, Santa Marta, Barranquilla y Cartagena:
El médico esperaba los periódicos en la oficina de correos.
[…]
El administrador no levantó la cabeza.
—Nada para el coronel —dijo.
[…]
—No esperaba nada, —mintió. Volvió hacia el médico una mirada enteramente infantil—. Yo no tengo quien me escriba.
[…]
—Qué hay de noticias —preguntó el coronel.
El médico le dio varios periódicos.
—No se sabe —dijo—. Es difícil leer entre líneas lo que permite publicar la censura.
El coronel leyó los titulares destacados. Noticias internacionales. Arriba, a cuatro columnas, una crónica sobre la nacionalización del canal de Suez. La primera página estaba casi completamente ocupada por las invitaciones a un entierro.
—No hay esperanzas de elecciones —dijo el coronel.
—No sea ingenuo, coronel —dijo el médico—. Ya nosotros estamos muy grandes para esperar al Mesías
El coronel trató de devolverle los periódicos, pero el médico se opuso.
—Lléveselos para su casa —dijo—. Los lee esta noche y me los devuelve mañana.
Un poco después de las siete sonaron en la torre las campanadas de la censura cinematográfica. El padre Ángel utilizaba ese medio para divulgar la calificación moral de la película de acuerdo con la lista clasificada que recibía todos los meses por correo. La esposa del coronel contó doce campanadas.
—Mala para todos —dijo—. Hace como un año que las películas son malas para todos (García Márquez, 2012, p. 18).
El joven Gabo esperaba esa correspondencia en la buhardilla de su cuarto en el Quartier Latin en París. Un cheque de El Espectador, así como el coronel esperaba su pensión. Devolvamos el carrete a la última crónica cinematográfica de Gabo antes del exilio (1982):
Humberto D, la película de Vittorio De Sica, que hoy se estrena, es la sencilla y dramática historia de un hombre pobre. Hay allí un cine auténtico, sin artificios ni prefabricación, sino tomado de la vida diaria, del minúsculo acontecer de la vida de un hombre corriente. Es una prueba para el público de Bogotá, que tendrá que resignarse definitivamente a los melodramas de mal gusto, sino responde favorablemente a este espectáculo de calidad excepcional (p. 781).
Un nuevo período histórico inicia con el Frente Nacional, producto de los acuerdos bipartidistas de 1958, conocido en la historiografía literaria como la “generación del estado de sitio/ o sin nombre”, curiosa ambigüedad. En un relato del escritor colombiano Luis Fayad (1984) podemos captar la atmósfera de esos años:
La sesión de clases del colegio fue interrumpida por un mensajero que llegó a cada salón en nombre de la oficina de la rectoría […] el rector con un semblante distinto al de aquellas ocasiones aunque cruzado por una gravedad similar, les mandó abandonar el edificio en absoluto orden […] a una señal del rector los alumnos iniciaron el desfile, ávidos de conocer la sorpresa, y afuera se movilizaron a lo largo de la cerca mientras los profesores los apremiaban a alargar el paso […] frente al colegio, en el césped rodeado de sardineles entre las dos calzadas de la calle, vio un grupo de soldados […] la señora Gloria se alejó llevando a Juan Diego de la mano y él se dejó tironear mientras volvía la cabeza para observar las espaldas de los soldados en escuadra, inmóviles con los fusiles al hombro cubriendo una distancia de varias manzanas y encabezados por un cañón que apuntaba hacia la iglesia de Santa Teresita […] la señora Gloria conservaba la inquietud en las manos y murmuró que este gobierno vivía sus últimas horas. El doctor Fonseca, en el mismo tono de voz, recordó que durante todos los gobiernos habían matado estudiantes (p. 116).
El exilio puede darse como punto de partida, al tener que dejar el país natal para salvar la vida, o puede darse progresivamente, en los puntos de pasaje o de llegada más o menos temporales, de acuerdo con las situaciones políticas, colectivas o personales. Lo mismo podría decirse con respecto a la duración del exilio. Para ello, es fundamental plantear la necesidad de hacer estudios de caso personalizados que permitan captar la singularidad de cada situación. En esta ocasión, quisiéramos sugerir la necesidad de crear una biblioteca del exilio colombiano, así como existe en España y en otros países latinoamericanos.
Pensemos en el caso del escritor Carlos Vidales, quien conoció el exilio desde niño, tras el 9 de abril, con su padre, Luis Vidales y, luego, en los años ochenta, por su militancia en el M-19:
Exilio
Fui dejando mis huellas y mis lágrimas
tendidas, como harapos, a lo largo del camino;
fue mi única forma de mantenerme entero
mi modo de crecer
mi último recurso de condenado a muerte.
(Vidales, C., 2010, p. 3).
Estos diálogos con el exilio suponen una forma de amistad, como la intimidad que se cultiva en los silencios que calla el otro y que a veces resuenan o disuenan en nosotros en tonos menores, en letras minúsculas, en notas de pie de página, en onomatopeyas o en más silencios. Como decía Sartre, cada palabra dicha tiene sus consecuencias, y cada silencio también.
Concentrados como estamos en pensar el exilio en lo contemporáneo, es esencial rastrear la cuestión de la mirada-de-lo-contemporáneo como una oscilación entre lo que definiría nuestro tiempo, en particular el siglo XX y su extensión, así como lo que sobrepasa o desfasa lo actual. Para Agamben (2011), dicha mirada debe convivir con lo opaco, con lo que no se puede aclarar fácilmente:
El poeta —el contemporáneo— debe tener fija la mirada en su tiempo. ¿Pero qué es lo que ve quien observa su tiempo, la sonrisa demente de su siglo? En este punto quisiera proponerles una segunda definición de la contemporaneidad: contemporáneo es aquel que tiene la mirada fija en su tiempo, para percibir no la luz sino la oscuridad. Todos los tiempos son, para quien experimenta la contemporaneidad, oscuros. Contemporáneo es, justamente, aquel que sabe ver esta oscuridad, y que es capaz de escribir mojando la pluma en las tinieblas del presente. ¿Pero qué significa “ver las tinieblas”, “percibir la oscuridad”? (p. 134).
El exilio no es solo el después; dicha oscuridad puede insinuarse casi imperceptiblemente tiempo atrás; la escritura a veces actúa como una prefiguración, como un tantear de tinieblas, donde el presente, el pasado y el futuro se mezclan. Veámoslo en dos ejemplos. El primero, de una crónica del Llano de Alfredo Molano y, el segundo, de un fragmento de la novela Fugas de Oscar Collazos.
El Llano en la paz duró un poco. Pero a la larga salió verdad lo que dijo el finado Carreño: “va a haber una paz, pero es por unos pocos años. Después vuelve a haber guerra, y será muy diferente a la que hicimos. Nosotros estamos peleando por una causa de partido. La otra guerra va a ser una guerra fría y va a durar años y no van a pelear de partido a partido”. Se acabó esa guerra, pero solo para comenzar a otra (Molano, 2016, p. 75).
Hubiera preferido ver cómo la corriente se llevaba a destino ignorado la bola de papel arrojada a la orilla. Sin embargo, había caído sobre las aguas estancadas, y allí seguiría consumiéndose, impregnándose de porquerías. Tiempo después, al volver a evocar este episodio, tuve la consoladora satisfacción de haber reconstruido una certera metáfora sobre el inmemorial estiércol del diablo (Collazos, 1990, p. 41).
Dos visiones del exilio: R. H. Moreno Durán y Freddy Téllez
Ahora bien, nuestra diana de toque, parafraseando la novela de R. H., es la idea de exiliado como (im)probable hombre alegre que tomamos de una reflexión del autor sobre Frank Norris y su novela El barco que vio un fantasma:
¿Qué son los hombres alegres? No propiamente los buitres de mar que esperan, entre la avaricia y el brandy, nuevos naufragios para apoderarse de los bienes que flotan; los hombres alegres es el nombre que se le da a la danza de la muerte que con infinito horror proclama el ruido de las aguas sobre las rompientes de la costa y donde todo perece sin remedio (Moreno Durán, 1990, p. 7).
Los buitres serían los escritores-mercenarios de la pornomiseria, los nuevos naufragios serían el oficio lucrativo producto del exilio y los bienes que flotan serían las obras producto de ello. En cambio, los (im)probables hombres alegres serían los que proclaman el ruido de las aguas (el horror) donde todo perece sin remedio. La concepción profundamente crítica y creativa del escritor y el lector en R. H. Moreno Durán nos lleva hacia la figura del exilio y el exiliado en literatura. Pareciera que el exilio sería una temática fértil y, por supuesto, necesaria, para pensar la literatura contemporánea. Sin embargo, uno de los peligros consiste en crear una especie de industria o marketing del exilio como mercancía y valor de cambio de las letras. Ante esa situación, el ensayista plantea serios reparos:
Para salvar ya no la vida sino también la dignidad, muchos escritores buscaron refugio donde pudieron y en su lugar de asilo, entre la nostalgia y el desarraigo, escribieron y aún ahora escriben. Hasta aquí nada es extraño, pues en cosas de infamia lejos de la patria basta recordar que Ovidio lo dijo todo en sus Pónticas, con belleza y sin compulsión. La única salvedad, y esto es lo que en realidad me preocupa, se da cuando de algo tan dramático como el exilio se hace una profesión (Ordóñez, 1986, p. 15).
Esta es la idea central que queremos subrayar de R. H. Moreno Durán con respecto al exilio. Podríamos llamarlo una especie de fiesta o festín del exilio, por paradójico que suene. Dicha nostalgia y desarraigo se conjugan también en algunos casos con la posibilidad de conocer otras geografías, otras culturas, otras lenguas eventualmente, lo cual no nos lleva a hablar de “superar” el exilio, sino más bien de transitarlo por diferentes vías. La visión crítica de Moreno Durán apunta al uso que pudieron dar algunos escritores del exilio como lucrativo oficio, algo también señalado con insistencia por Roberto Bolaño (2004):
La cantinela, entonada por latinoamericanos y también por escritores de otras zonas traumatizadas, insiste en la nostalgia, en el regreso al país natal y a mí eso siempre me ha sonado a mentira. Para el escritor de verdad su única patria es su biblioteca, una biblioteca que puede estar en estanterías o dentro de su memoria (p. 43).
Tanto Moreno Durán como Bolaño coinciden en su visión crítica del uso del exilio como una artimaña o como una farsa que no solo afecta al colectivo de origen —en la medida en que el dolor de un país o de una comunidad es tergiversado por fines particulares—, sino también a la literatura misma. En la entrevista que le hace Monserrat Ordóñez a Moreno Durán, este insiste en su mirada crítica al exilio y al exiliado como mercenario o, como dirían los cineastas colombianos Luis Ospina y Carlos Mayolo, pornomiseria:
Lo que yo llamo la retórica larmoyante del exilio: el escritor que olvida la página en blanco y hace de la lástima una gestión rentable y cosmopolita. Es la otra cara del tercermundista pícaro, que convierte la desgracia general en un creativo oficio (Ordóñez, 1986, p. 40).
Por larmoyante, galicismo empleado por R. H., entendemos lacrimógeno. En la historia literaria se refiere entre líneas nuestro autor a las comedias teatrales francesas del siglo XVIII conocidas como comedies larmoyantes que abusaban de lo que hoy llamaríamos melodramas. Una de las más famosas es la célebre obra de teatro El barbero de Sevilla, de Beaumarchais.
Un contraejemplo nos lo brinda Moreno Durán en su ensayo sobre Oscar Wilde y su estancia en la cárcel, alrededor de sus textos La balada de la cárcel de Reading y Epístola in carcere et vinculis. Así lo plantea oportuna y lúcidamente el ensayista boyacense:
La cárcel se convierte para Wilde en una escuela singular, y allí en Reading, con el pensamiento de Dante en su memoria, espera forjarse una vita nuova personal y aleccionadora, capaz de convertirlo en un ser diferente del que hasta ahora ha sido… programáticamente agrega Wilde: “si alguna vez vuelvo a escribir, deseo expresarme sobre la vida artística considerada en su relación con la conducta” […] el escritor recobra la libertad en mayo de 1897 y se dirige a Dieppe y a partir de entonces cambia su nombre por el de Sebastian Melmoth (Moreno Durán, 2005, p. 180).
Esta tesis envuelve el pensamiento de Moreno Durán sobre el exilio: no se trata de usar el dolor como material literario, sino de estar dispuesto a atravesar literariamente las duras pruebas del destino. De allí que ser parte o testigo de un drama personal o colectivo no necesariamente aporta o sugiere otros puntos de vista a la literatura, más bien puede ser dañino o contraproducente para la comprensión o interacción con las emociones humanas a través del arte. Eso lo conoció muy bien en carne propia Wilde.
Justamente con el pensamiento de Dante en su memoria, el gran pensador de la literatura del siglo XX, el judío-alemán exiliado Erich Auerbach escribe su Mimesis en desesperada situación durante la Segunda Guerra Mundial. Moreno Durán recrea un escenario teatral, la taberna de Auerbach en Leipzig para hablarnos del horror de las guerras y la barbarie y los tratamientos artísticos al respecto en tiempos de la república de Weimar:
La taberna de Auerbach constituye no solo un espacio cerrado donde se ventilan las glorias y miserias de la condición humana a través del humor y el vino, de la broma y la rencilla, sino que constituye también lo más parecido al espacio de un libro […] el expresionismo alemán hace de Alemania un foro abierto, a diferencia de lo que intuyen como inevitable: ese inminente campo de concentración en el que los nazis convirtieron a Alemania, a Europa y, si hubieran podido, al mundo entero (Moreno Durán, 1997, pp. 511, 514).
En el posfacio de Edward Said a los 50 años de la publicación de Mimesis (2014) de Auerbach, leemos la misma idea sugerida por Moreno Durán:
Mimesis es el libro de un exiliado, escrito por un alemán alejado de sus raíces y de su entorno natural. En 1935 se vio obligado a renunciar a su puesto en Marburg, víctima de las leyes raciales nazis y de un ambiente de cultura de masas cada vez más ultranacionalista presidido por la intolerancia y el odio […] Exiliado en Estambul escribió y concluyó el libro, un libro como afirmación apacible de la unidad y la dignidad de la literatura europea en toda su multiplicidad y dinamismo, y un libro a contracorrientes, con ironías e incluso contradicciones (Said, 2014, p. 435).
Auerbach (2015) da cuenta de su situación a la llegada a Estambul en una carta a Walter Benjamin, donde podemos rastrear la idea pendular que hemos compartido en este ensayo:
Los muebles y los libros están por llegar. La situación no es muy fácil, pero tampoco desprovista de encanto. En la universidad debo organizar la enseñanza de todas las lenguas occidentales, y muchas otras cosas más. El trabajo es bastante complicado porque se tiene que luchar con las dificultades más extrañas, malentendidos, resistencias; sin embargo, no carece de interés, ni objetivo ni personalmente (p. 48).
Tal como lo manifiesta en repetidas ocasiones Moreno Durán, incluso (y quizá aún más) en momentos de tinieblas y de peligro, un intelectual —como Wilde, como Auerbach— se enfrenta a las tormentas con su saber y su inquietud intelectual, con sus libros o lo que quede de ellos, como decía Bolaño, y trata de atravesar el dolor como el barco en la intemperie, y el que no siempre lo logre no invalida que su razón de ser es no desproveerse del todo de encantos. Dicho encanto puede ser vivido eventualmente como una taberna de Auerbach, como un festín del exilio en sus paradojas y contradicciones.

Los dobles de Freddy Téllez
El filósofo y escritor Freddy Téllez, nacido en Bogotá en 1946, hace parte de la generación del estado de sitio en Colombia; vivió las utopías de la revolución de los años sesenta y luego tuvo que aprender el arduo oficio del exilio en Europa hasta hoy. Su obra nos interroga por/en la filosofía y a través de la literatura.
El que se exilia expresa un disenso fundamental con su sociedad de origen. Las causas singulares pueden ser distintas, así como los efectos, personales y colectivos:
La escritura es una espiral porque es un pararse y un recomenzar sostenidos, un círculo que avanza dando vueltas. Aquí mismo, esto que se escribe es un girar alrededor de algo. Estoy dando vueltas, ustedes lo saben bien, y sin embargo avanzo. A decir verdad, no sé qué es lo que gira, o quién. Pues ustedes también dan vueltas. He aquí otras de las características del círculo; la escritura incluye su lectura. El hacedor es hecho. De ahí la fractura, me imagino; ella es un descentramiento constante, una centrifugación centrípeta, una unidad total […] pienso que la escritura es una modalidad de la contradicción […] ¿si ven lo que quiero decir? Aquí hay dos que escriben (Téllez, 2020, p. 27).
Poco conocido en Colombia, y parcialmente leído en otros espacios. En especial en su novela-diario filosófico introvertido, La ciudad interior, Téllez incursiona en un diálogo con Spinoza y sus (nuestros) dobles. Su lucha con la escritura está cifrada por el llamado a la resistencia de Spinoza a través de los afectos alegres. Lo leemos como un ejercicio de espejos donde el yo se oculta y se transparenta, buscando afectos activos y vías de salvación en el sentido de Spinoza que nos recuerda Deleuze (1975) (con quien estudió Téllez en Vincennes):
Tal es la difícil vía de salvación. La mayor parte de los hombres, la mayor parte del tiempo, permanecen fijados en las pasiones tristes, que los separan de su esencia y la reducen al estado de abstracción. La vía de la salvación es la vía misma de la expresión: llegar a ser expresivo, es decir, llegar a ser activo (p. 315).
La cartografía de la escritura múltiple de Téllez recorre rutas similares a Perec, a Vila Matas y a Quignard. Su epicentro, como en ellos, es París como mapa (mental) y su sombra es Bogotá:
Cuando los fracasos se acumulan, la ingeniería de la vida aconseja cambiar de actividad, de aire, respirar a fondo y meterse en otro asunto. Fue lo que hice. De las escuelas de lenguas pasé a los restaurantes. Temprano, a las ocho o nueve de la mañana, desplegaba el mapa de París y, al azar, escogía un terreno de ejercicios, un sector lleno de restaurantes, snacks, autoservicios o cualquier otro local similar, con una cocina y mesas alrededor… “no tienes nada aquí; eso no es para filósofos”… En París todo es más difícil, me decía. Marchando como un desperado de restaurante en restaurante, de sector en sector, la suerte no cambiaba, invariable como un destino judeo-cristiano. Decidí ponerme a escribir, entonces, pues los días, los fracasos y las negativas seguían acumulándose. “Ya sabes”, me repetía para alarmarme, “es lo único que te salva” (Téllez, 2011, p. 33).
Parece(nos) escuchar la voz en off de Deleuze hablándole al oído al exprofesor de filosofía Téllez, devenido nómada:
Durante ese tiempo solía llevar conmigo mis apuntes (de lápiz sobre papel) y uno que otro libro, para continuar escribiendo en uno de los tantos cafés del boulevard Saint Michel (cuando tenía dinero), en la Plaza Dauphine (por su aislamiento), o en square Viviani de la calle Lagrange, donde podía mirar a ratos la majestuosa arquitectura de Notre-Dame. A lo último, la etapa en que la máquina de escribir sustituye imperativamente al lápiz […] la escritura proviene de una curiosa combinación de soledad y silencio (Téllez, 2011, p. 35).
Por un lado, había quedado atrás su tesis doctoral en París 8, fue sobre Marx y Spinoza, y, por el otro, iniciaba su combinado ejercicio como docente ocasional con la escritura de diarios y novelas híbridos con una interesante huella de Spinoza. La figura del doble ha acompañado sus itinerarios, tanto con Spinoza, como con Nietzsche y otros pensadores. Uno de los textos más interesantes es, sin duda, La entrevista de bolsillo que hace Téllez junto a Bruno Mazzoldi (2005) con Derrida. Otra de sus tentativas escriturales experimentales la encontramos en un archivo radiofónico en la radio de la Universidad Nacional de Colombia el 15 de octubre de 1994. Al estilo de Benjamin, Téllez se define como “exprofesor de filosofía” y propone un diálogo poético consigo mismo como otro, a los que llama X y Z. Parte del aforismo 475 de Humano, demasiado humano de Nietzsche, donde se nombra a Spinoza como “el sabio más integro” y desemboca en Cioran:
X: Cioran es más consecuentemente escéptico que Nietzsche, y podríamos decir incluso que se toma menos en serio.
Z: ¿Cioran es más danzarín?
X: Yo sí creo; si bien su danza no es siempre alegre (Téllez, 1998, p. 197).
Tomamos esta vía del diálogo de dobles de Téllez. Uno de los artículos más sugestivos de Téllez (1985) es sobre Kafka:
La dificultad de la escritura kafkiana: en ese cortocircuito que ella produce entre el afuera y el adentro, entre lo social y lo llamado intimista. Todas las interpretaciones de su obra no pueden pasar por alto ese juego de espejos entre su vida, su escritura y el estado de lo social. El grito de Kafka es claro. Él nos dice que patología y sociedad hacen uno. Que ese “uno” es uno mismo (p. 171).
Creemos que este cortocircuito aplica también para Téllez. Todo escritor inventa sus precursores: “Parado en la intersección de la calle Bobillot con la Tolbiac, pensé que la escritura es un caminar e invertí la frase: el caminar es una escritura… mi doble escritor, mi yo responsable me había llevado de regreso a la máquina de escribir, al manuscrito…” (Téllez, 2020, p. 21).
Y en la columna de enfrente como Glas, de Derrida, Téllez (2020) escribe:
Toda escritura es una aventura… se me ocurre que la escritura es sacar algo de un cierto lugar inaccesible en períodos normales. Solo con un lápiz, un papel y un vago propósito es que funciona. Probablemente un desdoblamiento (p. 21).
Dicho lugar inaccesible puede ser la oscuridad de las pasiones tristes. La activación del caminar/del escribir en Téllez es esa búsqueda profana de la salvación en el deambular, en la filosofía nómada como él mismo la llama. A la manera de Sebald en libros como Los anillos de Saturno, Téllez (2020) teje en La ciudad interior su propio laberinto escrito y visual (de cuadros, de fotos, de tarot), allí donde los fantasmas del exilio, de la Colombia de las revoluciones y los estados de sitio lo habían desterrado:
Se me vinieron a la mente los nombres de mis amigos de juventud que habían muerto por una causa política. Fundadores de una guerrilla urbana, poseídos por sueños y utopías, sacrificando sus vidas por ellas y pensando instaurar un reino mejor en esta vida. Álvaro Fayad, Bateman, Luis Otero, repetí sus nombres ceremoniosamente, a la par que ponía flores en la tumba. Yo también había estado dominado por esa fiebre política, y ahora mismo no podía decir que no era un poseso: persiguiendo sin cesar una ciudad, una imagen que me restituyera. Y escribiendo sin más. Toda creación es eso: la posesión de algo que nos domina, nos quema con lentitud el cuerpo, dejándonos entrever momentos de gloria, alegrías que buscamos por pura compensación (p. 83).
Leemos a Téllez, como disuelta superficie de la escritura, de los bordes, aun en lo vivido, en las mantarrayas, aquellas aceras extrañas arrinconadas en las pesadillas, de lo que fue una vida pasada, pasada por los dolores, las grietas del ayer, como uno de esos poemas volátiles que uno leía de afuera hacia dentro y luego se fueron haciendo la dura, la ardua realidad. Puede que no quede nada de sí, de un sentido anterior o al menos de la búsqueda de un sentido-otro, preguntas filosóficas que rondan el exilio. Dicho exilio no solo como ronda de un afuera, de un escape ultravital, de una salida animal que trata de sobrevivir; hay algo más en esta ciudad interior de Téllez: se me antoja decir ciudadela interior, como grito de auxilio que se prolonga, que dura días, décadas y, poroso, corroe el cuerpo entero: “Y con esto termino mi lucha, mi escritura, mi contradicción. Se habrán dado cuenta, ¿no?” (Téllez, 2020, p. 43).
Conclusión
El que se exilia no puede vivir más en la tierra natal. Las razones responden a una imposibilidad fundamental, más o menos ideológica. Exiliarse es cavar un foso de tiempo. No se puede dejar de mirar atrás, sobre todo inconscientemente. El atrás es un adentro, un pliegue fatal en muchos casos. Combate permanente con la melancolía de los inacabables adioses. Ceremonias inconclusas. Se espera volver, volver al país natal como decía Aimé Cesaire, pero ¿cuál es ese lugar, no-lugar del evento exilio? El exilado presiente que no habrá regreso, aun volviendo no se recuperará lo anhelado. Incluso puede ser aún más en forma de pesadilla. El retorno, aun produciéndose años, décadas después, no será un reencuentro. Relámpagos de fantasmas de lo que se recordaba y lo que queda. Tiempo de las ruinas, tiempo de los testigos.
Anexo
Índice de la biblioteca del exilio
Antonio Nariño. Cartas de un americano
José María Vargas Vila. Diario secreto
Porfirio Barba Jacob. Selección de crónicas y poemas
Luis Vidales. La insurrección desplomada
José Antonio Osorio Lizarazo. Artículos escogidos
Manuel Zapata Olivella. Hotel de vagabundos
Gabriel García Márquez. Notas de prensa censuradas
Carlos Villar Borda. Artículos
Maruja Vieira. Poemas
Oscar Collazos. Ensayos y crónicas
Arturo Alape. El cadáver insepulto
Alfredo Molano. Desterrados
Fernando Garavito. Notas de prensa
Laura Restrepo. La isla de la pasión
Silvia Galvis. El jefe supremo
Luis Fayad. Compañeros de viaje
Consuelo Triviño. Transterrados
Carlos Vidales. Poesía y ensayo
Guido Tamayo. Cuentos
Helena Araujo. Fiesta en Teusaquillo
Julio Olaciregui. Cuentos y ensayos
Eduardo García Aguilar. Cuentos y crónicas.
Referencias
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Ronda de comentarios y preguntas
Escrituras del exilio en Colombia: hacia una biblioteca del exilio (60-80)
Julio Alberto Bejarano Hernández
Carmen Elisa Acosta Peñaloza:
Alberto, muchas gracias por la interesante presentación. Nos sitúa en algo que ha estado presente todo el tiempo, pero que no lo había sentido tan fuerte, que es la figura de autor, ¿qué es ser un autor?; y lo siento tanto en la presentación porque hace una relación que es compleja, y es la relación entre el personaje de vida, que es el autor, y el personaje de la novela y el personaje narrador. Esa relación tiene que ver con esa autobiografía, porque ahí aparecen cosas interesantes y habría que conversar sobre quién habla allí, cuáles son esas voces, porque las voces son las que configuran la literatura.
Juan Guillermo Gómez:
Miré la lista de la biblioteca propuesta y me parece excelente que haya una lista. En lo de Osorio Lizarazo, no sé por qué no se pensó más bien en El día del odio y en su biografía de Gaitán (Gaitán, vida, muerte y permanente presencia), que fueron publicadas en el exilio, bueno, estaba con Perón, eso lo sabe todo el mundo. Pero hay otra novela, y no está allí, y que es muy importante también, hija del exilio, Los elegidos de Alfonso López Michelsen. Otro, que sé que no es novelista, pero sí uno sabe que fue la figura más importante intelectual por fuera de Colombia en el siglo XX, Germán Arciniegas. Y él también estuvo en el exilio. Claro, que en internet se dice que a ellos los exilió no Laureano Gómez, sino Rojas Pinilla, porque internet siempre miente, y tienen que decirle a Rojas Pinilla que fue el único dictador en Colombia, como si no hubiéramos tenido ese Pinochet con corbatín que se llamó Turbay Ayala y cosas así. Para recordar esto del exilio, hiciste tanta alusión a Benjamin, que nació en 1892. El relato de Hannah Arendt es extraordinario sobre la vida de él, pero sí habría que anotar ese asunto tan complejo y profundizar un poco en Benjamin, la condición de autoexilio en él, porque el problema de él era: ¿qué hace un judío con una gran cultura, en medio de una Europa y una Alemania con un antisemitismo enorme, pero él nunca resistió. Él siempre se resistió a ir a Palestina. Gershom Scholem hasta le dio $10.000 dólares para que se fuera en 1932, para que fuera profesor de la Universidad Hebrea en Palestina. No estaba el Estado de Israel, que está haciendo lo mismo que les hicieron a ellos hace unas cuantas décadas.
Fabio Alberto Rodríguez Amaya:
Yo aprecio mucho esta ponencia, porque no solo se limita a plantear una problemática muy compleja. Recordemos que somos 5 millones de colombianos fuera del país, 5 millones, no 300 personas. Pero yo sí invitaría a hacer una profunda reflexión, porque el término “exilio”, ¿cuándo surge como tal? Con la Guerra Civil española. Y, entonces, el exilio es político, no puede ser otra cosa. Y que me mencionen a Germán Arciniegas como exiliado me ofende, nos ofende, nos tiene que ofender. Porque él fue siempre embajador, lagarto y todo lo que queramos. Yo lo recuerdo en esas horribles conferencias a las que me obligaba a ir doña Lucy Nieto de Samper para escucharlo a ese señor que nunca aprendió italiano y olvidó hablar el español, y hablaba ‘itañol’ de una manera horrenda y decía barrabasadas y babosadas. Entonces, yo sí te invito, por tu inteligencia y tu capacidad de reflexión, a que pienses muy bien en el asunto del exilio. Porque es diferente quien, por cuestiones de hambre, y ese es el libro Transterrados de Consuelito Triviño, a quien estimo profundamente, pero yo no puedo entender a Julio Olaciregui, mi hermano del alma, quien migra a París, quién decide ir a París a estudiar, y en París no solo estudia, sino que trabaja y se convierte en el escritor del peso específico en que se ha convertido. Pero no se puede hablar de exilio en su caso, porque el exiliado es el perseguido político, a quien sacan del país a patadas, como me sacaron a mí. Entonces yo sí te pido que vamos a profundizar sobre esto. Eduardo García Aguilar no es un exiliado, Consuelito Triviño decidió irse a estudiar a Madrid y regresó a Colombia; como la trataron mal en Colombia, resolvió irse de nuevo a España, donde ha hecho una carrera brillante, no solo como responsable del Cervantes Virtual, sino como periodista y escritora. Freddy Téllez es un caso específico diverso, porque Freddy Téllez fue un militante político de la extrema izquierda en Colombia. Entonces, él sale del país en condiciones muy complicadas y ha desarrollado una obra extraordinaria. Yo pienso que el mejor pensador colombiano que tenemos en el exilio en el siglo XXI es Freddy Téllez, y los invito a leer sus novelas, los invito a leer ese pequeño libérculo precioso que se titula Pequeño manual del libre pensador, que publicó Sílaba hace unos años, y razón por la cual lo invité a mi universidad en Bérgamo a tener un extenso seminario sobre el argumento del librepensador y sobre el argumento del exiliado. Entonces, no me digan que Álvaro Mutis es un exiliado, él fue un perseguido por la justicia, todos lo sabemos, ¿cierto? Fue perseguido por la justicia. Hay otro tipo de exilio sobre el que yo sí invito a reflexionar, y creo que lo hablé en la entrevista que me hizo Darío, un exilio que es el exilio de género, es decir, el que el gay, la lesbiana, el diverso que es perseguido en sus ciudades. Y yo puse ejemplos, Miguel Falquez-Certain es un ejemplo claro de un barranquillero… Hay otro caso muy palpable, muy latente, que es el de Félix Ángel Gómez, escritor y pintor, un artista de grandísimo nivel que se tuvo que ir de Medellín y vive en Washington y es un gran promotor de la cultura colombiana. Ahora bien, yo te invitaría también a reflexionar un poco más a fondo no solo sobre la terminología, sino sobre la concepción general del exilio, es decir, Pablo Montoya no es un exiliado, él optó por irse para París a aventurar, lo deja claro en sus novelas. En La escuela de música, ese Pedro Cadavid, mediocre escritor, mediocre personaje, se va de Tunja frente al fracaso de la escuela de música, se refugia en París porque él mismo está en una crisis interior en que quiere dejar la música y se convierte en un musicólogo y se pone a leer a Rulfo, a García Márquez. Después despotrica de García Márquez, en fin. Pero él se va a París y regresará con la última novela para insertarse en Medellín. Podremos conversar sobre esto, y hay un término italiano intraducible al español que es el título de un libro que yo tardé 33 años y medio en escribir. El término es altrove, es el no lugar, el lugar otro, el lugar donde uno está, por ejemplo: yo estoy aquí y Juan me dice ¿dónde tienes la cabeza? y yo le digo en el altrove; ese altrove, ese no lugar que Ítalo Calvino trabaja de manera excelente en el libro Lezioni americane, que en español se llama Seis conferencias para el nuevo milenio, lo trata muy bien. Y el altrove es la patria de nadie, porque el exiliado se queda sin patria, y la patria no son los símbolos, no es el amarillo, azul y rojo, los tres colores del piojo, no es la banderita, no es la ausencia del ajiaco o la falta de una pitahaya. El exilio es una situación, un estado del alma doloroso, profundamente doloroso, y rescatar esas heridas no es fácil.
Aleyda Nuby Gutiérrez:
Yo solo quisiera preguntarte: en los estudios de Argentina de los 80 o de los 90, surge una imagen y es la del escritor como extranjero, la idea del escritor como extranjero de su tiempo, de su realidad, de su contexto. ¿Cómo trabajar la figura del escritor como extranjero en esta historia?
Julio Alberto Bejarano Hernández:
Yo traté de ser muy claro, no estoy diciendo que la lista o los escritores mencionados son exiliados políticos. Yo hablé varias veces del testigo. Ante todo, insisto en que son testigos de exilios y ese testimonio no necesariamente es biográfico y no necesariamente es vivencial. Por eso hablaba mucho del borde, el umbral, y no solo de novelas, hay poesía, hay cuento, hay crónicas, hay otros géneros. Es de qué manera los colombianos que han salido de Colombia han sido testigos de varias formas de exilio. Yo entiendo tu planteamiento y tu preocupación de que haya una precisión de la diferencia entre el exilio político y otras formas de exilio, puede ser exilio interior, exilio poético, autoexilio, es decir, yo creo que es fundamental esa aclaración de la diversidad, no estoy hablando solamente de un exilio político. Por eso pongo en el índice tentativo de biblioteca de escrituras del exilio. Algunos de ellos como Luis Vidales lo vivieron en primera persona, es decir, fueron exiliados políticos y otros no, otros no son exiliados políticos, pero fueron testigos o en sus obras construyen relatos, porque también de lo que se trata acá es de construir relatos y no todo es autobiográfico, ni todo es referencial. Y, por eso, lo que a mí más me interesa es la obra de Freddy Téllez, porque la obra de Freddy Téllez se da en este cruce de caminos de lo ficcional, de la no ficción, del diario, del ensayo literario, del ensayo filosófico. Hay que hacer la mención de la editorial Sílaba, que es la que ha venido editando y publicando toda la obra de Freddy Téllez. Por ejemplo, esta novela originalmente del año 90 en España, la publicó Sílaba en el año 2020, La vida es experimento. Freddy Téllez realmente es un escritor que vale la pena conocer, y mucho, su trabajo, y para mí sería un poco el símbolo de lo que me interesa, dialogar con los exilios, no solamente con el exilio político, sino con otras formas de exilio, es como la precisión que quisiera dejar.
Y la pregunta sobre el extranjero, creo que puede ser una condición muy interesante de la derrota y del derrotado, a propósito de Pablo Montoya, de su novela Los derrotados, sobre Caldas. Yo creo que hay mucho trabajo por hacer en estas cartografías. Es algo que me parece ante todo un punto de partida, insisto mucho en esto, porque en la medida en que no hay una biblioteca del exilio, como se ha hecho en España, parto de esa referencia, pero acá no hemos tenido eso. Entonces es un punto de partida y es una búsqueda de un corpus, creo que ante todo es el intento de la configuración de un corpus posible, igual que pasa en la biblioteca de literatura afrocolombiana, son 20 volúmenes, pero eso no agota la literatura afrocolombiana, ni tampoco en la biblioteca de escritoras reciente, son solamente tentativas de ordenamiento, de selección, puntos de partida.

