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Archivos y palimpsestos: preguntas historiográficas sobre la narrativa colombiana

En esta ponencia, Carmen Elisa Acosta Peñaloza presenta una reflexión historiográfica sobre la literatura colombiana, proponiendo el concepto de palimpsesto como una herramienta crítica para entender la superposición de tiempos y espacios en la narrativa, argumenta que las obras literarias no son entidades aisladas, sino dispositivos de memoria que revelan fronteras móviles y tensiones entre lo local, lo regional y lo nacional y cuestiona las visiones tradicionales y homogéneas de la nación. Desde este enfoque, busca trascender la dicotomía entre centro y periferia, analizando cómo el territorio se construye y se transforma mediante las prácticas discursivas y las experiencias colectivas. Invita a la construcción de un archivo literario que reconozca la función social de la literatura como un espacio de resistencia y diálogo frente a conflictos históricos como la violencia y el desplazamiento.
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Palimpsestos 

En el artículo “Literatura y sociedad en Hispanoamérica”, en 1968, Rafael Gutiérrez Girardot plantea cómo a inicios del siglo XX la ciudad hispanoamericana pierde su pretensión de ser totalidad unitaria, centro de poder y empieza a autodisolverse (p. 581). Explica la “asimultaneidad” y la “simultaneidad” de épocas “amontonadas en la sociedad” (p. 584) y cómo la literatura daba cuenta de eso. «Borges dice que la pampa atraviesa el asfalto de Buenos Aires, y Sebastián Salazar Bondy afirma “que el arenal rompe en Lima la vestimenta citadina y asoma por entre la arrogancia de la construcción lábil y quebradiza”» (Gutiérrez, 1976, p. 152). A continuación, plantea que dicha situación permite un cambio en la sociedad que es expresado en la formación de nuevos grupos cuya experiencia es tema capital en algunas novelas de José María Arguedas y Mario Vargas Llosa (p. 152). Si bien no fue enunciada por Gutiérrez en esos términos, su propuesta deja entrever la pertinencia de pensar la literatura como palimpsesto, como una forma de describirla críticamente. 

En su introducción sobre memoria y nación, Carlos Rincón (2010) establece una representación metafórica sobre la memoria en la forma del palimpsesto, como medio que almacena y borra, como modelo tanto de la memoria como del olvido. “Esta dicotomía, transmitida y repetida durante siglos, fue puesta en cuestión por el modelo metafórico de la memoria como palimpsesto, pues demostraba que nada es olvidado, no en el sentido de negar el olvido, sino de la latencia: lo olvidado está todavía presente, aun cuando no sea pensado como disponible” (p. 26). La relación entre la narración, las narrativas y la memoria colectiva en su carácter predominante entre las formas culturales conduce a la vez a pensar en la función de la literatura como la superposición de capas en estos procesos de memoria. Es posible deducir de las dos propuestas, en las que los planos de la temporalidad y la espacialidad se funden y adquieren movilidad, una ocasión para pensar las relaciones entre literatura y territorio en la formulación de una lectura crítica. 

Lectura que permite una aproximación a preguntas que surgen de la participación histórica de la literatura en prácticas y procesos culturales de lo social. En esta vía, la propuesta de Abilio Vergara Figueroa (2017), desde la antropología, puede complementar la perspectiva al plantear el territorio a partir de prácticas, relaciones y significaciones sociales y políticas que se dan en configuraciones locales, regionales y nacionales “al confrontar a sus pobladores”. “El palimpsesto surge cuando en el espacio (capas, niveles) se articulan o se confrontan dos o más tiempos en las prácticas interpretantes individuales y colectivas” (p. 186). Fundamental en esta reflexión el carácter de palimpsesto como figura de pensamiento, síntoma, huellas de la acción en la que participa la memoria cuando se es interpelado por el otro. “Pensar el palimpsesto como un dispositivo de re-presentación, los actores en el territorio remplazan sus sentidos al confrontarse bajo el soporte de la memoria” (pp. 186-187). 

Esta vinculación de la perspectiva antropológica abre vías para articular las propuestas de Gutiérrez y Rincón en la posibilidad de leer las obras como formas de expresión de yuxtaposición en un lugar real con varios espacios que aparecen como incompatibles entre sí. Lo sobrepuesto y lo oculto como parte de lo visible en diversas experiencias literarias, como expresión espacial, en la ciudad, por ejemplo, y temporal, en la memoria en capas expresadas en el palimpsesto, evidencian una forma de ser del territorio. Permiten reconocer en ellas, desde la historia y la crítica literaria, prácticas sociales —en las que se funden lo individual y lo colectivo—, en las que lo regional, nacional o lo latinoamericano —como área cultural amplia— plantean tensiones, crisis, desafíos, acciones y aciertos y permiten ver en horizonte la función social de la literatura. 

Historias regionales de la literatura regional

En investigaciones anteriores, he señalado que la necesidad de retornar sobre el problema de la región o de lo regional en el caso de la historia de la literatura proviene, al menos en nuestro caso, de tres demandas actuales: una primera, que surge a partir de los planteamientos y revisiones exigidas por la Constitución del 91; la segunda, no ajena a la primera, proveniente de las discusiones sociales de la segunda mitad del siglo XX, dada la necesidad de volver de manera permanente sobre el concepto de literatura; esta conduce a la tercera, que intensifica en el presente la pregunta por la literatura, con la intervención de lo digital y la relación con las múltiples oralidades, también transformadas y modificadas en el tiempo. 

La revisión historiográfica, la lectura de las historias de la literatura colombiana y la reflexión a partir de las latinoamericanas permiten inicialmente plantear que lo regional actúa en dos sentidos en su relación con la literatura. En un primer sentido, haciendo que privilegiemos, en la producción literaria del país (zona o área cultural) aquella producción que, por su origen, por sus productores o receptores, tiene una vinculación con las regiones o que derive su interpretación y sentido de la vinculación con ellas; en este caso, el sentido de lo regional está dado por la producción literaria, por las obras.

En el segundo sentido, en el que lo regional modifique o califique a la producción de la historia, la investigación privilegia el censo, el análisis y la interpretación de las prácticas discursivas de la historia, o sobre el pasado, que tienen como origen u horizonte de proyección a la región o a las regiones.

En este marco, adquieren interés aquellas preguntas sobre las que se ha desarrollado el problema de lo regional y que en estas dos perspectivas buscan vincular la historia regional y la literatura regional: ¿cómo se constituyen los procesos literarios en las regiones?, ¿cómo se están constituyendo los procesos, las prácticas y los discursos de la historia literaria y la crítica en y desde las regiones?, ¿cómo se está constituyendo lo regional desde la literatura? 

Puede afirmarse que pensar la región es un problema conceptual, metodológico, que implica que se abandone su carga fundacional que contribuye a la consolidación histórica de un territorio como región, marcada en varias oportunidades por sucesos determinantes para el desarrollo de la colectividad nacional. Desde este ángulo, se propone pensar la historia regional de la literatura regional, enlazar la literatura, el tiempo y el espacio inicialmente en un enunciado que intenta suprimir algunas generalizaciones marcadas por las tradiciones historiográficas. No se trata acá de la historia regional, ni de las literaturas regionales, pero sí de ambas, de sus intersecciones. Así es posible ubicar las preguntas desde el concepto de totalidad contradictoria de Antonio Cornejo (1982), en el cual plantea la historia como eje de reflexión sobre la literatura latinoamericana, sus literaturas regionales y nacionales, suprimiendo su carácter esencialista referido al concepto de identidad y buscando que su concepción adquiera una constante movilidad y capacidad de relación, como procesos históricos abiertos que permiten diversas formas de articulación entre sí “estableciendo en cada caso la red de contradicciones concretas que definen ese objeto y el modo como se transforman históricamente” (p 132).

La identificación de los palimpsestos y la red de contradicciones permite entonces articular las historias regionales de la literatura regional en el horizonte de las escrituras del territorio y los territorios de la escritura (Acosta y Viviescas, 2020). De allí deviene una serie de preguntas que amplían el horizonte de la investigación. ¿Cómo se constituyen los procesos, las prácticas y los discursos de la literatura, la historia y la crítica en y desde las regiones o desde áreas culturales amplias? ¿Por qué es tan importante para los discursos sobre la literatura pensar las historias regionales de la literatura a la vez que la formulación de la tensión entre centro, región y nación?, ¿cómo estos procesos permiten pensar fronteras culturales regionales móviles históricamente? (p. 12). Dichas preguntas requieren de una reflexión sobre el problema que implica pensar la relación, y quizá la disolución, de los diversos planos temporales y espaciales —nuevamente centro, región y nación— y cómo intervienen en la constitución del territorio. 

Se entiende aquí el “territorio” como un espacio armado de experiencias colectivas y comunitarias, en donde se producen y fijan las experiencias literarias, pero el que a la vez es producto de ellas. La relación entre diversos territorios permite identificar momentos de densificación histórica en los que residen prácticas que ponen en pugna “lo establecido” en ellos y que propician la disolución de “los límites”. Esta pugna establece “fronteras” que se refieren a un espacio que se caracteriza por su movilidad y en el que entran en juego y se sobreponen territorios que tensionan lo local, regional o nacional. El asunto está entonces en cómo identificar dichas fronteras y los posibles territorios si en la espacialidad de ellas están presentes fuertemente los límites de la nación, las regiones y la delimitación del área amplia de América Latina. 

En este sentido, es posible iniciar una lectura crítica de obras y textos, en su voz y diálogo, que, si bien bajo el riesgo de la ejemplificación y en perspectiva de evitar las generalizaciones, permita identificar formas de la topografía, algunas capas en las que se establecen redes entre la escritura y el territorio, y el territorio y la escritura. Se trata de capas, volvamos a hablar de palimpsestos, que están en permanente movimiento, en su relación con la espacialidad, dadas las diversas tensiones. En su movilidad, puede decirse metafóricamente, adquieren formas que son capturadas por las obras y que se expresan históricamente, por ejemplo, en la caracterización de los géneros, por el momento, la narrativa. Está presente entonces la posibilidad de ubicarse sobre aquellas fronteras, no las únicas, en las que se presentan aquellas zonas (áreas) donde hay una mayor densidad, intensidad en el movimiento mismo de las fronteras, lo que permite identificar los diversos momentos históricos que las configuran y, a la vez, la construcción de la espacialidad a través del tiempo.

escrituras del territorio_territorios de la escritura

El archivo

Carlos Rincón (2010) señala que “como invento del siglo XIX, la nación había reunido tres magnitudes que no tenían nada que ver entre sí: un territorio, una población y un sistema administrativo”, y se propuso construir naciones a partir de la lengua, la religión y “la raza” o de tradiciones que eran inventadas (pp. 32, 59). En ellas tienen fuerte participación las formaciones discursivas como parte de la institucionalización de los Estados nacionales. Hay instancias determinantes en la fijación del territorio nacional como bocetos identitarios entre los que se encuentran los textos literarios e historiográficos, los cánones y la marcación de los clásicos.

También es necesario tener en cuenta que la historiografía literaria está enmarcada en el largo proceso de consolidación de la nación, en el cual la literatura ha jugado un papel importante que con el tiempo se ha transformado. Hasta bien entrado el siglo XX, y aún en algunos casos en la actualidad, los estudios sobre la historia de la literatura se han pensado desde la lógica de los límites, pues el objetivo es establecer el pasado. De esta manera, las historias de las literaturas nacionales se escribieron para ser homogéneas, periódicas y continuas. Sin embargo, conforme avanzan las discusiones del siglo XX, que cuestionan los elementos unificadores de la nación, la perspectiva cambia. Los críticos y teóricos de la literatura se preocupan por el carácter establecido del pasado y cuestionan su homogeneidad. En este momento, surge una ruptura con el concepto de lo “cronológico”, pues se propone dejar de lado la búsqueda de continuidades históricas que hay que poner en diálogo y empezar a leer desde las “asincronías”. Esta nueva metodología permite observar en literaturas que pertenecen a diferentes temporalidades ciertos diálogos que se entienden ahora como “contemporáneos” y ya no desde la lógica de las influencias. El grupo que se reunió en Caracas así lo dejó planteado: Antonio Cornejo Polar, Antonio Candido, Rafael Gutiérrez Girardot, Ángel Rama, por nombrar algunos, al igual que en otras vías Susana Zanetti, Beatriz Sarlo, Édouard Glissant y Carlos Rincón, en una propuesta que, a la par de las preocupaciones sociales, exigía una mirada contrastiva de los diversos ámbitos regionales. 

Es así como al situarse en las áreas culturales y de un amplio siglo XX, la propuesta se ubica en una aparente aporía. La configuración de fronteras móviles no nacionales que no puede despojarse de la inminencia de los límites históricos de las naciones en la selección del corpus con el que se identifican las posibles movilidades de dichas fronteras. José María Arguedas es un escritor peruano, a la vez es el escritor del área andina; Borges nuevamente como escritor argentino se plantea en la tensión como el escritor universal; Gabriel García Márquez, escritor nacional del área caribe. A su vez, quizá obras consideradas como nacionales pueden romper con estos límites como ocurre con La vorágine de José Eustasio Rivera, fuertemente reconocida por su carácter regional y nacional y que a la vez permite una lectura como expresión de formas de densificación del área de la Amazonía; aquellas novelas como Dolores de una raza de Antonio López Epieyu, que rompen las fronteras nacionales que marcan límites al espacio wuayú entre Colombia y Venezuela; Yehpá de Jesús Ramón Crespo Valencia, en la Orinoquía, en la frontera letrada, y las oralidades indígenas o espacios donde la densificación es más compleja con autores como José Antonio Osorio Lizarazo, Manuel Zapata Olivella, Luis Fayad o Fanny Buitrago, en el caso de Bogotá. 

En esto último, la discusión sobre el “centro” muestra ya una posibilidad de ver a los diversos espacios urbanos en la perspectiva de Bogotá como región y Bogotá y las regiones. Ver entonces, por ejemplo, formas tan amplias como las polémicas literarias o la identificación de las tensiones que históricamente se han presentado en la superposición de diversas formas de cultura y los mecanismos con los que en la historia de las prácticas literarias se van transformando las relaciones que la sociedad tiene con ese territorio hegemónico en la presencia de nuevos territorios (Acosta y Viviescas, 2016, p. 192).

Estas relaciones, que se pueden plantear como macro, tienen sobrepuestas otras de diferente materialidad, las que se pueden ubicar en las tradiciones espaciales en las tensiones entre las ciudades, en su experiencia fuertemente densificada, como centros que dirigen las políticas económicas y lo que se denomina el “allá lejos”, lo distante y distinto. No todos los escritores y las escritoras tienen la misma experiencia de la modernidad, pero puede afirmarse que la ciudad —lo urbano— está como formación central y dispositivo de movilidad de las relaciones que expresan. En este horizonte, la escritura participa de las diversas pugnas de producción simbólica. Ejemplos nuevamente marcan formaciones en las regiones amplias en las que el allá lejos se enuncia para los llanos, la selva, algunas zonas andinas y las islas. En la posibilidad de evitar las dicotomías entre puntos distantes surge la literatura como la oportunidad de llenar los espacios de movilidad interna que los unen y atraviesan. La Amazonía como espacio transnacional produce múltiples preguntas. En novelas, crónicas, relatos de viajes muy diferentes se da la posibilidad de identificar mapas, palimpsestos en los que, como señala Ana Pizarro (2009), la palabra consolida el territorio desde afuera (p. 28). Si bien es necesario plantear el contraste con los lenguajes surgidos en la propia Amazonía, ya no solamente desde miradas de localización nacional, en el siglo XX la ciudad como un elemento inicial, como punto de partida, se diluye en la relación con la selva, en la tensión cultura-naturaleza. Esto tiene que ver con el hecho de que la Amazonía se ha concebido fundamentalmente como un “allá lejos”, como una orilla verdaderamente distante y desconocida dentro de los mapas que se han configurado, bajo la lógica de oposición entre ciudad y campo (o entre ciudad y aquello que no es ciudad). En ella participa, adicional a la fuerza de la selva, la presencia de lo fluvial —no privativa de esta área— como marca del territorio y de su propia movilidad. Son múltiples los posibles diálogos de fronteras en la fuerza de las literaturas de los ríos. Enuncio ejemplos de obras como La novia oscura de Laura Restrepo y En el brazo del río de Marbel Sandoval que abren vías sobre las capas que desde las violencias se desplazan en las riberas del río Magdalena.

El allá lejos exige para algunos autores el pacto narrativo de “realismo”, en la necesidad de la descripción, lo que direcciona a la vez formas de recepción: por ejemplo, que La vorágine se lea solo como un documento de denuncia de los desmanes de las caucherías o que En el corazón de la América virgen resulte un texto demasiado antropológico para los literatos a la vez que demasiado literario para los antropólogos. ¿En qué medida son estas novelas testimonios antropológicos o etnográficos? ¿Por qué es una pregunta constante para las literaturas del “allá lejos” y quizá no tanto para el centro del país y la zona andina? En La vorágine, la ciudad, el llano y la selva son los tres espacios que atraviesan los personajes en su tránsito. La ciudad es el punto de partida que el poeta/narrador abandona para emprender un viaje hacia un mundo desconocido, hacia ese “otro” que representa la selva en el imaginario de buena parte de la nación. Un territorio como un lugar distante que absorbe las posibilidades de la civilización. La selva es en esta novela una prisión devoradora, un lugar inhabitable e inhabitado donde se hacen evidentes la violencia y la tragedia. 

Por el contrario, En el corazón de la América virgen, publicada el mismo año que la novela de Rivera, narra lo que le sucedió a un personaje que se ha perdido en la selva y ha vivido por varios años con la tribu nonuya de la etnia huitoto. Es un lugar habitable y habitado donde sociedades y culturas originarias conviven a veces conflictivamente en medio de una naturaleza paradisíaca. Las capas que se superponen en la construcción de un territorio en las novelas están formadas por las visiones a veces contradictorias que pugnan por dar sentido a un espacio. La Amazonía como frontera cultural dinámica está enfrentada, como lo señala Pizarro (2009), a un andinocentrismo en la producción de dispositivos simbólicos. La pregunta que formula Pizarro es oportuna a la vez para las diversas áreas sobre las que se interroga esta reflexión: ¿cuáles son los elementos, en el plano simbólico, de las distintas partes de la Amazonía que la constituyen como unidad articulada y nos hacen pensar en una área cultural específica? (p. 25). Parte de la respuesta está en una lectura de La vorágine y su propuesta sobre el territorio transnacional en el que, en la selva, se encuentran venezolanos, peruanos, colombianos, brasileros, turcos. Pero también la respuesta está en el texto que construye en la mostración de la Amazonía como construcción discursiva y en los discursos literarios como formas privilegiadas, al ser privilegiadas como formas de simbolización, construidas desde y por “los otros”.

A su vez, los múltiples desplazamientos producen espacios de simultaneidad en los que se evidencia la presencia de lo heterogéneo. Antonio Cornejo Polar (1982) hace claridad sobre dichos procesos en los que históricamente se plantean espacios simultáneos de coexistencia inestable (pp. 131-132). Es necesario hacer énfasis en las posibilidades de este planteamiento en las que se propone una poética del borde en la que participan de forma conflictiva los actores sociales, que desmienten la fijeza de las identidades colectivas y permiten una negociación a nivel imaginario. Los espacios de coexistencia, por otra parte, adquieren movilidad en la preocupación que presenta Cornejo sobre el “sujeto migrante”, marcado por su descentramiento, su duplicidad y, nuevamente, la inestabilidad. En la frontera móvil se identifica al sujeto migrante heterogéneo en “diálogo” forzado con otras culturas. O también cuando se presentan momentos en que se desestabilizan las propuestas culturales-literarias dominantes. Estas relaciones —en las que es activa la literatura— permiten romper las jerarquías con otros territorios y, en esta medida, las posibilidades propias de la homogeneización. 

independencias y espacios culturales

El trabajo consiste entonces en observar cómo las obras explotan los límites de la nación, y en tanto del carácter establecido de la región, desde adentro, en la microhistoria; y solo por el momento, con unos ejemplos, ver cómo algunos discursos tanto de la literatura como sobre ella, en su acción, expresan nuevas fronteras, su movilidad y la de los territorios. Movilidad de las fronteras en la existencia de un engranaje que hace posible dicho movimiento, porque agrupan los discursos en figuras diferentes que a su vez entran en movilidad, dispersión, concreción y fusión con otras figuras.

Como señalé en otro momento, por lo pronto introduzco tan solo dos caminos entre los muchos posibles. Uno de los caminos puede estar dirigido al proceso de apropiación de aquellas obras que generan ruptura y movimiento de las fronteras ya instauradas. Este camino permite varias capas de reflexión sobre autores y obras que, al parecer, se ubican como ya establecidas en su carácter regional por la historiografía de la literatura y por los imaginarios regionales. Al respecto, está el caso de la frontera móvil del Caribe con obras como las de Gabriel García Márquez; el caso de fronteras entre el Huila, la Orinoquía y la selva —en la frontera ya señalada de lo local a lo nacional y su retorno a lo local—, con José Eustasio Rivera, o de la región nacional y nariñense, con Aurelio Arturo. Así, es necesario volver a interrogar problemas como el indigenismo, las literaturas de la selva, el mestizaje y lo popular (Zevallos-Aguilar, 2009, p. 17). 

Queda así expuesta la necesidad de revisar la historia de las obras que las regiones han consolidado como su representación y, desde ellas, observar las modulaciones o movimientos que permiten la construcción de las tensiones entre los diversos centros, las enunciaciones y recepciones locales. En este punto, puede afirmarse que la función de las historias regionales de la literatura está determinada por el papel que se les ha asignado en la construcción de la identidad regional. Su revisión permite identificar aquellos autores y obras que aparecen como los que dan movilidad a dicha identidad y transforman el territorio. 

El segundo camino plantea la lucha simbólica que la literatura da a favor y en contra de las fronteras territoriales consolidadas por la historia oficial. En la historia de la literatura, se ha hecho énfasis, por ejemplo, en la construcción de una identidad cultural a partir de un grupo de novelas. Así, se ha visto recientemente en las polémicas sobre La carroza de Bolívar, del 2012, de Evelio José Rosero. Esta lucha simbólica ha permitido, a nivel regional, la relectura de otras obras como El tango del profe, de Alejandro García, del 2007; Dionisia, de Eduardo Delgado, del 2010, y El secreto de la espiral de los tiempos, de Luis Ángel Bolaños, del 2013, (Palacios, 2016, p. 71) en la perspectiva de consolidar imaginarios regionales sobre la “otra historia”, escenario donde se despliegan expresiones de la identidad social. Otro tanto ocurre con aquellas novelas que toman como motivo personajes que, en una perspectiva heroica, representan la región y son considerados como formas de patrimonio que la sostienen e identifican: por ejemplo, el caso del bandolero o de la cacica Gaitana.

Por el momento, y para cerrar, es necesario volver sobre la importancia social de una historia de la literatura que busca integrar la investigación de las fronteras móviles como constitución de territorios en el ámbito de las violencias múltiples desencadenadas por procesos de migración y desplazamiento. En este sentido, en la historia de la literatura, se logra romper con la tensión entre el canon y lo que no ha ingresado a él, y se permite identificar que la noción de literatura, en permanente movimiento social, articula las obras de manera diferente en las relaciones de construcción de memoria, en su institucionalización en procesos de producción, difusión y recepción en los múltiples desplazamientos de lo letrado.

Así entonces, cualquier pregunta por la periodización y el corpus remite al archivo. La historia como la literatura es posible, dada la pertinencia de su función social y en tanto sus preguntas. La necesidad de recuperar el carácter político de la historia está en la posibilidad de reconocer la literatura como un factor entre muchos que permiten los cambios fronterizos de los territorios, y, en su estudio, conduce a identificar su función frente a los conflictos que, por ejemplo, las migraciones, los desplazamientos y las diversas violencias generan y las tensiones entre lo nacional, lo regional o local. 

Referencias

Acosta Peñaloza, C. E. y Viviescas Monsalve, V. (2016). Topo/grafías. Literatura y región, el caso de Bogotá. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Acosta Peñaloza, C. E. y Viviescas Monsalve, V. (2020). Escrituras del territorio / territorios de la escritura. Bogotá: Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia.

Cornejo Polar, A. (1982). La literatura latinoamericana y sus literaturas regionales y nacionales como totalidades contradictorias. En A. Pizarro, Hacia una historia de la literatura latinoamericana (pp. 121-132). México D. F.: Colegio de México, Universidad Simón Bolívar.

Gutiérrez Girardot, R. (1968, agosto-septiembre). Literatura y sociedad en Hispanoamérica. Cuadernos hispanoamericanos, (224-225), 579-594.

Gutiérrez Girardot, R. (1976). Horas de estudio. Colcultura: Bogotá. 

Palacios Valencia, F. J. (2016). Apuntes para problematizar las identidades culturales en el ámbito local: la «otra» historia en la base de la lucha simbólica. Revista Allanahuanga, (28), 63-75.

Pizarro, A. (2009). Amazonía. El río tiene voces. Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica.

Rincón, C. (2010). Memoria y nación: una introducción. En C. Rincón, S. de Mojica y L. Gómez (Eds.), Entre el olvido y el recuerdo. Iconos, lugares de memoria y cánones de la historia y la literatura en Colombia (pp. 25-66). Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana.

Vergara Figueroa, A. (2017). El palimpsesto como dispositivo de representación del territorio. En B. Nates Cruz (Coord.), Memoria y territorio. Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia.

Zevallos-Aguilar, U. J. (2009). Las provincias contraatacan. Regionalismo y anticentralismo en la literatura peruana del siglo XX. Lima: Ediciones del Vicerrectorado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Ronda de comentarios y preguntas 

Archivos y palimpsestos: preguntas historiográficas sobre la narrativa colombiana

Carmen Elisa Acosta Peñaloza

Carolina Alzate Cadavid

Muchas gracias, Carmen Elisa. Es un gusto siempre escucharla. Y sabemos que nos habla desde este grupo que tiene con Víctor Viviescas, donde ha hecho estudios de las historias de la literatura latinoamericana, de las literaturas regionales, y que es desde donde usted puede armar todo esto. Creo que los protagonistas en la conferencia de Carmen Elisa son las preguntas por el tiempo y por el lugar en las historias de la literatura. El tiempo a través del tema del palimpsesto, de eso que está ahí, lo olvidado como presente, aun si no está considerado como disponible. Y, luego, el lugar, como pudimos escuchar todos, a partir de pensarlo en términos tanto internacionales como regionales. Y, claro, el tema se nos sigue moviendo: ¿Qué decimos cuando decimos literatura colombiana?, ¿cómo entra esto en términos de lo latinoamericano?, ¿qué viene siendo un escritor de La Guajira, cuando es territorio wuayú compartido entre Colombia y Venezuela?, ¿qué decimos cuando hablamos de literatura de la selva, de indigenismo, de lo popular y todos esos cruces, la poética del borde? Además, con este recorrido por autores como Gutiérrez Girardot, como Cornejo Polar y tantos otros. Aquí la poética del borde me parece un concepto muy potente; pensar, dice ella, cómo las obras explotan los límites de la nación, la movilidad de las fronteras; y estas dicotomías, incluso la de centro-periferia, que es tan interesante: ¿Quién escribe?, ¿desde dónde escribe quien escribe desde Bogotá?, ¿es desde Bogotá?, ¿qué es Bogotá?, ¿cómo se ha construido Bogotá?, para superar también estas dicotomías que con frecuencia, en vez de ayudar, nos ocultan discurrimientos de la literatura. Y muchísimas gracias. Abrimos a preguntas.

Julio Alberto Bejarano Hernández

Muchas gracias, Carmen Elisa. Me tocó usar los dos colores acá para hacer anotaciones de estos palimpsestos, es una pieza magistral tuya de método, del uso de los conceptos que nos sirve mucho a todos. Entre los muchos territorios que hemos mencionado aquí, nos falta San Andrés. Y a propósito, me gustaría conocer tu visión de Fanny Buitrago, una de las autoras que más navega en los territorios de la escritura y en las escrituras del territorio, como en Los pañamanes y Bahía sonora, y en otros cuentos y novelas. Y tenemos nuestra amiga, Laura López, que hizo su tesis sobre Hazel Robinson y San Andrés. En autores como Fanny Buitrago, vemos el movimiento de los géneros literarios, del teatro, sus recorridos múltiples en diferentes escalas, lo local, lo regional, lo latinoamericano. Creo que ahí hay una de las claves posibles para desarmar las diez líneas propuestas para la historia crítica, que es parte de nuestro trabajo, también. Es un poco desarmar los rompecabezas. Me gustaría escucharte sobre Fanny Buitrago, algunas de las autoras y los autores que mencionaste.

leer la historia

Carmen Rosa Millán: Quisiera preguntarte una cosa que me viene dando vueltas y es que las ciudades, y lo que llamamos centro, dejaron de ser solo de sus habitantes originarios: Bogotá, de los bogotanos, Cali de los caleños. Desde hace muchos años, por la violencia en este país, por todos los movimientos de desplazamientos humanos masivos (desplazamientos que obligaron a las Naciones Unidas a crear la categoría jurídica de desplazamiento interno, porque antes eran tratados como de refugiados a la manera de las guerras europeas). Y se genera esa categoría, que refleja una nueva manera de ver las ciudades como ciudades receptoras o espacios expulsores. Cali es ciudad receptora. Medellín es otra de las ciudades receptoras. Barranquilla, ciudad receptora. Entonces, nuestra propia dinámica poblacional, esa que nos mostraba Aleyda, muestra esa recepción, y eso los sociólogos y Fals Borda lo vieron desde cuando empezaron a analizar la migración del campo a la ciudad y a mirar cómo era que se transformaba esto. Ayer hablábamos de que los Territorios Nacionales se volvieron territorios, y en los documentos económicos de hoy, ya la ruralidad dejó de ser la ruralidad así no más; ahora es la ruralidad dispersa. Ni campo ni ciudad, ni una cosa ni otra. Y creo que esas categorías nos dan para pensar en la construcción de otro tipo de palimpsestos. Gracias.

Cristo Rafael Figueroa Sánchez

Buenos días, creo que ya alguien que me antecedió habló de la buena clase de método que nos diste, Carmen Elisa. Más que una pregunta, tengo algunas cosas que me quedaron en el pensamiento. Son nociones que me parece que tenemos todos que matizar y afinar—si estamos interesados en verdad en este proyecto—: el palimpsesto, la frontera, las contraposiciones, ya no tanto oposiciones radicales centros-periferias o centros y no centros, etcétera. De todas maneras, estuve muy contento de oírlas, porque citaste dos modelos, aunque aquí estábamos pendientes del profesor Jitrik, fabuloso, aplicados en otras cosas que tú citaste, como el sujeto migrante, que las recuperé hoy y en mis estudios las he olvidado, pero que habría que actualizarlas. ¿Por qué destaco todo esto?, porque me parece que a través de combinar esas concepciones, el palimpsesto, las fronteras, las movilizaciones, aunque tenemos que periodizar algo al comienzo, podremos esbozar parte de nuestra historia crítica, y ahí me quedó sonando algo, que no sabría cómo hacerlo ahora, pero sentí que ya lo han dicho los demás; dos cositas me quedaron sonando, la asimetría, creo que eso me hace mucha falta cuando hago trabajos críticos: a veces trabajo puros cánones, y digo: no es la nación, es el Caribe en tensión con otras cosas. El Caribe colombiano en tensión con Bogotá. Y, además, me sentí apelado, ¿sabes por qué? Yo fui a quien le pareció muy literaria la América virgen, creo que tú me pusiste en esa tarea, pero para mí fue muy grata porque empecé a derrumbar esa noción de literatura en pureza en la que yo me formé. Pero obviamente que yo la he manejado de otra manera. 

En conclusión, ¿cuál es mi pregunta? Que si entre las fronteras, que ya serían reimaginadas, cuando pensemos en los procesos de una historia literaria crítica como la estamos pensando aquí, que a eso vinimos, y por eso la lección de hoy me encantó porque dije: aquí puede haber caminos de método, que es lo que más todos necesitamos, y como tú vienes de las dos esferas, historia y literatura, creo que tienes esa facilidad. Yo decía, Carmen Elisa está dando la historia, la literatura, pero yo también yo aprendí la historia literaria, aunque los matices son distintos. Se parecen, pero no son iguales. Yo creo en las historias de la literatura, pero me parece que hay que pensar también en las historias literarias. Y por eso la pregunta es: ¿no será que ya hay que desbaratar, yo mismo que la he usado tanto, la antinomia canon-corpus y pensar que el canon crece, se dilata y se contrae y siempre van quedando corpus que se van renovando? Es decir, el canon también se descentra, y los corpus, que están afuera, a veces ocupan el centro, y eso a mí me tranquiliza, pensar que las anacronías también son importantes. O que en nuestra historia las modernizaciones literarias las leímos primero en el Caribe que en el centro de Bogotá, pero eso ya no es así, porque ahora hay demasiada comunicación, ya eso se simultanea. Mi pregunta es: ¿las nociones de literatura no tienen que entrar necesariamente en esta especie de juego de fronteras, que son cambiantes, como dijiste, que son a veces heridas dolorosas, a veces se suturan un poco por las comunicaciones, por los amigos, por las lecturas, y yo siento que a veces hay novelas y textos y poemas y muchas otras producciones que suturan a muchos de nosotros cosas que sufrimos. Y trato de imaginarme si la historia literaria tiene que pensar por qué en el Caribe las nociones de literatura cambian para un lado y para el otro, en cambio en otros centros, en Cali, no sé dónde, en la misma Barranquilla, de pronto hay otra, y nunca hay una noción fija. Si eso es así, una mujer que sabe tanta historiografía como tú, ¿qué es lo que hay que fijar?, ¿a qué se le da atención permanente o no hay que fijar ninguna?, ¿cómo se dice eso? Es que no sé cómo decirlo en términos históricos, porque no soy de esa disciplina, pero como en contenidos monolíticos. Yo me imaginaba que eso tendría que ser como una especie de palimpsesto vivo. Porque las asimetrías a veces se vuelven simetrías. Fíjate, por ejemplo, Ariel va a hablarnos de cómo en el Caribe recibieron al grupo de Barranquilla y a otros más, a las modernidades literarias primero que en lo que se consideraba el centro; también eso era Colombia, pero lo que pasa es que era una Colombia sentida desde otro lado. O si es así que se va a hacer eso: como frontera, la idea de frontera, de asimetría y nociones de literatura no fijas; eso serían como tres cosas que aprendí hoy que tendríamos que manejar en cualquier proyecto que hiciésemos de historia literaria. Si fuera con novelas, a mí me gustaría meterme en el de Aleyda; por ese lado voy yo también. Pero necesitaba yo, y creo que todos, abordar el tema de método que nos hacía falta. Y te lo agradezco muchísimo, porque tú vienes de la historia y de la literatura y como que has combinado eso siempre. Mil gracias.

Juan Guillermo Gómez

Carmen Elisa, ya llevamos más de 40 años de amigos, muchas gracias por tu conferencia. Te sigo desde los años 90; estás hablando de historia de la literatura colombiana, historiografía literaria y, naturalmente, tus aportes a esto han sido enormes. Solo quería volver sobre un problema del concepto asimetría, o dicho en términos de Ernst Bloch, la simultaneidad de lo no simultáneo. Yo creo que sería importante mirar cómo evolucionó, por qué se llegó en el siglo XX a hablar de simultaneidad de lo no simultáneo. La sociología anterior, orientada por Émile Durkheim en su libro fundamental La división del trabajo social de 1893, se fundaba sobre la esperanza y la confianza de que Europa se construyera sobre la base de una transición de una sociedad tradicional a una sociedad moderna. En esa transición aparecía un elemento, que es el que identifica la sociología de Durkheim, la anomia. La anomia no es la carencia de normas, sino la simultaneidad de normas tradicionales con las modernas, pero siempre en la esperanza de que las sociedades van a evolucionar hacia lo moderno, tienen una meta teleológica; lo que viene un poco del positivismo, no rompe con él, y solamente la sociología se va a encargar, como dice después en su libro El suicidio, de que todos estos elementos anómicos se puedan tramitar a través de la investigación y la ciencia. Se tenía esa confianza al final del siglo XIX en esto; pero viene la Primera Guerra Mundial, y en sus trincheras perece la civilización europea. Los cinco siglos desde el Renacimiento hasta allí se van al fondo, y allí se impone la barbarie. El progreso científico, el progreso positivo, va a culminar en la barbarie; la dimensión de la barbarie transforma y rompe el continuum de la humanidad, y aparece en todos los fenómenos literarios de la época. En la novela Tempestades de acero de Ernst Jünger, el héroe ya no es un individuo, el héroe es la guerra, es decir, la metralla es la protagonista. Y en ese marco también aparece una persona como Ernst Bloch, educada con Max Weber, y dicen “Bueno, ¿qué pasó acá?”. Entonces, aparece el término asincronía, o simultaneidad de lo no simultáneo, en el mismo momento en que estamos en el siglo XX, vivimos la época más regresiva de lo humano. Y en ese marco, la simultaneidad de lo no simultáneo genera lo que tú mostraste, violencia. Ahora, pero Bloch y sus colegas no dejan de ser marxistas, pero ya es un marxismo, como el de Walter Benjamin, acosado por otros elementos; y también son mesiánicos, ¿cómo así que todo va a ser desesperanza, barbarie y violencia? Es decir, la civilización nos llevó a destruirnos, y ahora, ¿qué vamos a hacer? El esquema marxista de una revolución, porque también viene la Revolución rusa, y Europa entra en una crisis muy fuerte, incluso entra la crisis del cogito, es decir, también Gottfried Benn, en su Doble vida, en ese momento está escribiendo “Lo que nos destruyó fue Descartes”, eso no es nuevo; Descartes nos destruyó, el cogito. En el siglo XX, se pone en cuestión todo lo que habían sido cuatro siglos de civilización, y entra entonces la categoría de la simultaneidad de lo no simultáneo, la posibilidad de que en un momento de la historia también haya esperanza de un nuevo mañana, o si no quedaríamos en un nihilismo desesperanzador y negro, y caeríamos en un cinismo donde vale todo, todo vale. Y no todo vale. Entonces, creo que recoger esos dos términos conceptuales, el paso de la anomia de Durkheim, que todavía tenía una esperanza al final del siglo XIX de que la razón podía explicar la sociedad, al momento en que se derrumba toda la esperanza en la racionalidad occidental cartesiana y entramos a esa simultaneidad de lo no simultáneo o asincronía, dicho de otra manera. Y todo para recordar un poco eso, y porque ayer Gilberto Loaiza recordó algo: hay que reperiodizar, lo cual nos sirve para volver a la periodización, y por eso América Latina es el lugar donde la simultaneidad de lo no simultáneo o la simultaneidad se hace más vigente, porque lo viejo vive con lo nuevo, porque las prácticas tradicionales culturales prehispánicas, hispánicas, republicanas tienen que convivir hoy con el internet, las redes sociales, la IA. Entonces, viene toda esa disfuncionalidad social que genera violencia, y la literatura se puede aprovechar muy bien de esa sociología y ver cómo mostrar esa ruptura tan estructural de las sociedades.

Ethan Frank Tejeda Quintero

Escuchando la ponencia, recordaba esas habituales tensiones que hay entre los sujetos que hacen un trabajo de carácter documental o sobre objetos literarios y en la interdisciplina, esos otros campos a los cuales se señala de no tener una relación con el territorio; esa idea de ‘Usted no tiene campo; a esta investigación le hace falta campo’. Entonces, pensaba en lo que significa ahora la mención de lo metodológico en función del tiempo y el espacio, y pienso en la necesidad de equilibrar esa relación con el entendimiento; no sé si sea muy kantiano, pero pensar esas categorías de entendimiento para que el ejercicio de la historia crítica pueda esquivar esa tendencia propagandística que hace que confundamos los conceptos con las políticas. Porque en los contextos donde se habla de territorios desde la perspectiva política, muchas veces se dice ‘es que yo tengo una relación con el territorio’. Y entonces hay una gran cantidad de personas que tienen las llaves de los territorios; incluso aquí era un chiste frecuente decir de un maestro ‘es que él tiene la llave de un palenque’, o sea, es que ‘él es el que tiene la llave de esas comunidades que están en determinados espacios’. Entonces, frente a esa idea, frente a la necesidad de esas categorías también del entendimiento, ¿cómo podría uno evitar que esa historia crítica caiga en asuntos como gestión del territorio o este tipo de discursos que pertenecen al campo de lo tecnocrático?

literatura y region

Medófilo Medina Pineda

Esto no me satisface del todo, la simultaneidad no simultánea, pero son cosas para discutir. Yo preferiría pensar en productos gestados en diversas épocas que se encuentran en un momento dado, y, además, encuentros entre formalizaciones filosóficas e ideológicas distintas. Y, si bien, una posibilidad es que eso engendre la anomia, no es ni mucho menos la salida única. Y como no tengo mucha sensibilidad teórica, lo traigo con la experiencia. Quise hacer la biografía de un personaje para mí muy convincente, Teodosio Varela, un dirigente nacional, pero muy vinculado al territorio de Sumapaz. Nos encontramos en San Juan y fuimos a su casa; allí me encuentro en la sala con un enorme cuadro de la Virgen del Carmen. Teodosio era, en ese momento que lo entrevistaba, dirigente del Partido Comunista y portador de la ideología marxista. Y todo esto lo armonizaba en su vida sin problemas. Y así que ahí, ¿dónde está la anomia y la descomposición?, y, por otro lado, pero no era esto lo que más me llamaba la atención, no lo que era la apuesta en la parábola vital de una persona, sino era el encuentro en esa sociedad tan peculiar que es Sumapaz y el oriente del Tolima. Allí, con una ideología agrarista de origen comunista, gaitanista-comunista, se mantuvo una sociedad de pequeños productores relativamente próspera y, al tiempo, en un lugar de tránsito de todas las violencias, Sumapaz, que va desde Bogotá y San Juan hasta la hoya del Duda. Esa comunidad, con la inspiración de Juan de la Cruz Varela, padre de Teodosio, mantuvo su compromiso muy fuerte en la lucha por la paz. Cuando uno entrevista a dirigentes antiguos de las FARC, siempre dicen: “Desde siempre nuestro objetivo fue la paz”, eso no es cierto; realmente llegaron a la conclusión de que era absolutamente necesaria la paz y era posible, en 2008-2009, cuando Pablo Catatumbo dijo: “De esto hay que salir”. Es decir, “Nos proponíamos el cambio de poder, no lo hicimos, de esto hay que salir”, y esa convicción, junto con una voluntad explícita del Gobierno de Santos, fue lo que permitió la paz, y eso no había concurrido en los anteriores procesos de paz comenzando desde Betancur, y por eso se transformaron en lo que se transformaron. Y hoy, independientemente de todos los agobios que sufrimos en relación con la paz, las víctimas, los asesinatos, pero hoy la paz va, porque hubo una estructura nacional que hoy no existe independientemente de que proliferen las disidencias, pero eso ya será la continuación del narcotráfico y demás, pero una estructura nacional con un programa político no está. 

Juan de la Cruz Varela desde el Sumapaz se distanciaba de los del sur. Es decir, de la cuna en Chaparral de creación de las FARC de Jacobo y de Marulanda, los llamaba los del sur y él interpretaba el tema de la paz como algo muy vinculante de la región. Entonces, digo yo, encontremos esas dos posibilidades, la coincidencia de una conciencia moderna, al tiempo con elementos tradicionales, de la cultura popular tradicional, eso que a los comunistas italianos no sorprende porque construyeron una base campesina con estructura comunista en comunidades muy antiguas, muy tradicionales, eso lo recoge mucho a alguien que no has citado, pero que sé que conoces perfectamente, Hobsbawm, y con Hobsbawm, George Rudé y otros. Gracias.

Carmen Elisa Acosta

Muchas gracias. Son varias cosas. Y probablemente seguiremos hablando sobre esto. Como les decía, es un documento de trabajo, y voy a intentar dar unas pinceladas sobre cada una de las intervenciones por cuestión de tiempo. 

La pregunta de Alberto sobre Fanny Buitrago. Yo no soy experta en Fanny Buitrago y no voy a hablar mucho sobre ella. ¿Por qué la referencia a Fanny Buitrago? Quería poner los ejemplos más extremos, como eran Osorio Lizarazo y Fayad con Zapata Olivella y Fanny Buitrago, como escritores bogotanos. En esa lógica, lo estoy diciendo irónicamente, que son bogotanos, y no son bogotanos. O sea, si pensamos las historias regionales en la institucionalidad, pues aquí está toda la discusión que podemos tener; podemos decir, ‘No, este no es de aquí. Este no es de allá, y este, ¿cómo así que bogotano?’. Pero si leemos a esos autores, pues los tenemos que poner en un desplazamiento fronterizo. Cuando uno lee a Manuel Zapata y en su ¡Levántate mulato! Nos relata su experiencia en Bogotá, sabemos que hay un desplazamiento y se están vivenciando unas tensiones, en literatura, porque estamos hablando de literatura. Las fronteras las vamos a identificar, en mi propuesta, hablo de “vamos”, porque estamos en eso con Víctor, y pues lo podremos hablar también acá. La idea es trabajar esas fronteras en la identificación en la literatura, no en la historia. Por eso la referencia a Fanny Buitrago. Y por supuesto, que uno lee sus textos, sus cuentos sobre la Jiménez y todo esto, y uno tiene que pensar esa relación. Porque la idea sí es intentar establecer esa relación entre temporalidad y espacialidad, que es tan compleja para la historia. Eso es difícil, pero que es muy pertinente cuando se piensa en la función social de la literatura, que quizá es una de mis preocupaciones. O sea, ¿qué es lo que hace ese objeto que a todos nos gusta y que tiene unas características y que socialmente, aquí va un poco a la pregunta de Cristo, las diversas comunidades o grupos o momentos o lugares le dan sus características, pero la quieren tener? Entonces, cuando uno lee la historia de la literatura del alto Sinú, como sienten que no tienen esas literaturas coloniales e indígenas en la literatura del alto Sinú, dicen: “Nosotros sí tenemos literatura y vamos a mostrar”. Y, entonces, hablan de los pictogramas y de los no sé qué. En Santander, como en el siglo XIX no encuentran a esos autores y esas historias, ellos intentan construir esa literatura regional a partir de la prensa. Entonces, sí, esa relación de desplazamiento al pensar en Fanny Buitrago, para darle la posibilidad de desestabilizar el carácter fundacional de lo regional, en ese sentido iba el asunto con Fanny Buitrago. 

Lo que señala Carmen Millán es fundamental. Cuando empezamos la investigación sobre historias regionales, que en principio era “Bueno, vamos a pensar la historia de la literatura”, y viene este asunto de las historias regionales, que son múltiples y que tienen muchas publicaciones de carácter institucional, y empezamos a trabajar con varios profesores de diversos lugares. Ariel estuvo en uno de esos encuentros en Pasto. Estábamos con la Universidad del Atlántico, con la Universidad de Nariño, y, por cuestiones de trabajo y de investigación, trabajamos con unas profesoras de Guaviare. Estábamos de diversos lugares. Y siempre estaba el problema del silencio frente a Bogotá. Se resaltaba lo regional y el silencio sobre Bogotá. Entonces, resolvimos con Víctor: “Vamos a ponerle el cascabel al gato”: Hay que trabajar las regiones. Nosotros dijimos: sí, hay que trabajar las regiones, pero ¿quién ha trabajado Bogotá? Pues trabajemos Bogotá. Y ahí hicimos un trabajo que está publicado, es un libro, y trabajamos desde el concepto de topo/grafía, o sea, cómo la grafía construye también ese espacio. Y ahí se empezó a consolidar el problema del territorio. Y hay una cantidad de conclusiones, yo no voy a hablar de eso ahora porque se nos hace muy largo, pero sí es cómo, en las historias de la literatura de los lugares que no son Bogotá y las que se producen en Bogotá, podemos identificar todas estas relaciones y tensiones entre lo local, lo regional, lo nacional y en algunos casos lo latinoamericano y más para allá. Entonces, es muy interesante ver como uno empieza, en lo que se ha escrito en esa construcción sobre el pasado, a encontrar que Bogotá es un territorio que tiene una cantidad de movilidad y que se puede asimilar también a la región. 

Entonces, si la lectura no se da en la tensión, siempre, de que es que allá está el centro del poder, etcétera; y esto, en otro momento, nos dirige al problema de las fronteras, porque fuimos discutiendo el concepto, la noción del límite, del límite político-administrativo, porque si lo que queríamos era identificar cómo la literatura marca las tensiones o las confrontaciones, la literatura, no la historia que vamos a hacer, sino la literatura nos está mostrando cómo se dan esas confrontaciones y esas tensiones al interior de la nación y en contraposición a la nación, entonces era necesario romper con el discurso sobre los límites. Además, porque nosotros tenemos ese problema de las literaturas regionales, y que aún se usa el concepto de región. Entonces era el problema de límites y el problema de fronteras y el problema de región y el problema de territorio. Ahí se daba un desplazamiento, un desplazamiento conceptual que nos permitía diferenciar, y la frontera entendida como ese espacio de movilidad más amplio. Bueno, eso es algo que tendría que desarrollarlo más con ustedes, pero en otro momento, 

Viene el problema del canon y el corpus que señalaba Cristo. Por eso lo que propongo, y así pues traté de expresarlo en el título “Archivos y palimpsestos”, es que la historia de la literatura, o cualquier discurso, solo se hace pertinente si las preguntas son pertinentes, y eso nos quita una cantidad de problemas; no nos quita el problema de estar en discusión con las preguntas de los otros. Construimos nuestras preguntas, las confrontamos, pero no las estamos discutiendo. No estamos en contraposición. Y eso nos permite no pensar en un canon, porque ya sabemos que no existe un canon, no hay un canon, ha habido propuestas canónicas históricas y propuestas desde diversos lugares, pero no existe un canon o alguien que diga ‘el canon en Colombia es’; existen propuestas sobre el canon, la propuesta acá no es pensar en la construcción de un canon, sino en la configuración de un archivo, un archivo pensando en que lo que nos interesa en esta historia de la literatura es sacar lo que no es evidente, lo que las otras historias de la literatura no han hecho, no han mostrado, eso le da la pertinencia a esta historia de la literatura; nosotros necesitamos hacer una historia de la literatura con preguntas pertinentes y esa pertinencia nos hace construir nuestro propio archivo. Pues esa sería la función de la historia. En la construcción de ese archivo vamos a tener la necesidad de discutir con esos cánones distintos, habrá que discutir con ellos, pero lo importante es configurar nuestro archivo, probablemente no será el archivo de Cristo Figueroa, vamos a construir varios archivos, diversidad de archivos, no sé en qué dirección, porque pues esto es tan solo una propuesta. 

Lo otro es el problema de la asimetría, y también se habló de asimetrías y asincronía Lo importante es cómo, en la identificación de las diversas tradiciones, porque la obra literaria nos da esa posibilidad de esos palimpsestos, en las referencias al texto de Gutiérrez Girardot, el arenal que se mete a la ciudad en Lima, que me pareció un ejemplo precioso, porque es la posibilidad de identificar que lo que vemos no es solamente lo que vemos, la tarea que nos toca es identificar eso. 

Cuando habla del entendimiento y esas otras posibilidades, que ha sido algo que me ha interesado mucho desde que trabajaba historia de la lectura, creo que la antropología puede ayudar mucho, entonces habría que pensar cómo se trabaja desde allí. Y esta relación con el otro que en algunos momentos se ha convertido en un discurso, creo que tiene cierta complejidad, porque quien está en otro lugar, quien se desplaza a otro lugar siempre pone su cuerpo y todo en relación con ese otro, con ese otro lugar; y la literatura sí logra configurar todos estos palimpsestos, porque al final todos los personajes de novela son errantes, porque se están poniendo en esa otra condición. 

Y frente a la propuesta del profesor Medófilo. En este caso, estamos hablando de literatura y su función social en la posibilidad de tener esas tensiones internas, lo que no quita que, en esa función y en esa participación en los territorios, sea partícipe de acciones y prácticas sociales, porque justamente esa es la importancia de la literatura. Y vuelvo a la pregunta inicial: ¿por qué nosotros estamos todos encantados de que exista literatura, de que haya literatura y las sociedades buscan que exista este objeto y le dan esta función? Creo que esa sería la razón por la cual, según lo que yo pude entender de la propuesta, las obras no son territorios, pero contribuyen a la configuración de territorios, y los territorios por supuesto contribuyen a la configuración de esas obras. Y la movilidad de los territorios es permanente. Muchas gracias.

Ethan Frank Tejeda Quintero: Bueno, fue la conferencia “Archivos y palimpsestos: preguntas historiográficas sobre la narrativa colombiana”, a cargo de Carmen Elisa Costa Peñalosa, con comentarios de Carolina Alzate Cadavid.

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