Juan David Correa Ulloa
Ministro de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia
Entrevista Darío Henao Restrepo[1]
“Nuestra gran literatura proviene de la región, nuestra gran literatura no se ha hecho en la ciudad letrada”.
Resumen
Esta entrevista está centrada en la creación de una historia crítica de la literatura colombiana, resalta la necesidad de superar el enfoque centralista y andino para reconocer que la gran producción literaria del país ha surgido sobre todo de sus regiones y periferias. En ella, el ministro Correa Ulloa propone una visión hidrográfica de las letras, en la que se integren las distintas vertientes literarias del país, las tradiciones orales, las voces afrocolombianas e indígenas y las tensiones sociopolíticas históricamente ignoradas; destaca el papel de la universidad y las revistas culturales como espacios de resistencia frente a las lógicas comerciales del mercado editorial y vincula este proyecto intelectual con un cambio cultural que busca la inclusión de diversos relatos para transformar el imaginario nacional.
Darío Henao Restrepo (DHR):
Estamos con Juan David Correa Ulloa, actual ministro de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia, quien en buena hora llega a dirigir este cargo tan importante en nuestro país, y es el invitado a abrir y a dar unas palabras en el 13.er Simposio Internacional Jorge Isaacs, que en esta oportunidad está dedicado a La Patria Literaria para sentar las bases de la historia crítica de la literatura colombiana.
Este es un proyecto que la academia viene acariciando desde finales de los años 90. Tuvimos aquí al maestro Noé Jitrik, quien vino en 1996 a la Universidad Nacional, a un seminario en el que estuve sobre qué es historiar una literatura. Y nos trajo el primer volumen publicado del proyecto argentino que era la historia crítica de la literatura argentina. Era el volumen 10, La irrupción de la crítica. Y por ahí empezamos nuestras inquietudes. Ya hicimos varios encuentros. Yo creo que nos hemos puesto al día en las regiones con nuestras historias, con las más importantes expresiones de nuestra literatura. Y ya hay un importante recorrido en Colombia, como para ir retomando esto nuevamente en otras condiciones en este ya muy iniciado siglo XXI.
Como sé que tú eres un hombre de letras, has estado en las letras y has orientado tu vida para la literatura. Estudiaste literatura en la Universidad de Los Andes, como yo en la Universidad del Valle, y toda la vida hemos lidiado con escritores, con novelas, con teatro, y con todo lo que tenga que ver con la literatura. Entonces vamos a hablar contigo de la experiencia literaria y a darle un poco la orientación hacia lo que significa, de todas maneras, historiar la literatura. Yo empiezo por decirles a quienes nos están oyendo, que la experiencia literaria como hombre de letras de Juan David ha sido bastante amplia: ha estado en Fundalectura, en la Biblioteca Nacional, ha sido periodista cultural en El Espectador, en revistas como Semana, en Arcadia, que es una revista muy importante, después fue el editor general de Planeta, tiene una editorial independiente propia, El Peregrino Ediciones, estuvo de director cultural de la Feria Internacional del Libro de Bogotá.
Empecemos, Juan David, agradeciéndote que hayas aceptado esta entrevista para el decimotercer Simposio Jorge Isaacs “La Patria Literaria” aquí en la Universidad del Valle en Cali. Comencemos hablando de tu experiencia como hombre de letras, es decir, que nos cuentes todo esto que has sido, qué ha significado para ti esta dedicación, no solamente en el oficio de escritor, sino de editor y crítico, que es en lo que nos interesa que nos des tus opiniones.
Juan David Correa Ulloa (JDCU):
Gracias, Darío, y gracias a todos allá en la Universidad del Valle, al Simposio por invitarme. Lamentablemente, no puedo estar allí porque la agenda de viajes me lo impide; me hubiera encantado, pero lamentablemente no alcanzo a llegar. Sin embargo, agradezco que podamos tener esta conversación, porque, como lo dices, creo que es un tema de vital interés para mí; creo que el proyecto que se proponen desde la Universidad y desde el Centro Jorge Isaacs, y desde todos los demás departamentos y dependencias de la Universidad, es un proyecto que celebro. Hace mucho tiempo no se emprendía un proyecto historiográfico sobre la literatura colombiana. Ha habido diversos abordajes en ese aspecto, pero creo que tenemos una orfandad por lo menos de 25 o 30 años sin emprender un proyecto, de esa manera ambiciosa, como lo quieren hacer ustedes, por supuesto; [una orfandad] que deja por fuera buena parte de la producción que se ha hecho en este siglo, y buena parte de los años 90, que creo que son años que sirven para el análisis y seguramente de los cuales vamos a hablar en un rato, porque creo que son unos años que suponen una bisagra para nuestra literatura y que habría que mirarlos también, no solo con un juicio estético, sino con un juicio político, económico, que también afectó o influenció ciertas literaturas de aquí.
Yo estudié literatura, como dices, en la Universidad de los Andes, pensando en que estudiando literatura me iba a convertir muy rápidamente en escritor y, evidentemente, de lo primero que me di cuenta es que eso no iba a suceder de esa manera. En esos años, en los años 90, uno estudiaba esta carrera con esa convicción y pronto se daba cuenta de que el horizonte de posibilidades que le habría dicho pregrado era sobre todo para dedicarse a la academia. Yo evidentemente nunca tuve expectativas, ni las he tenido, respetando y queriendo mucho a todos mis amigos profesores y profesoras, maestros y doctores y doctoras, no tenía expectativa de convertirme en eso, así que muy pronto organicé un poco mi vida, todavía lo permitía la carrera de literatura en la Universidad de los Andes porque se había recién separado. Antes, uno estudiaba filosofía y letras, yo alcancé a hacer solo un semestre de filosofía y letras, se separó la carrera y literatura quedó en una especie de limbo en formación que creo que me convino mucho porque pude hacer muchos seminarios de autor que era lo que más me interesaba, y esos seminarios de autor, diversos, como un seminario de Umberto Eco, me lo convalidaban como Teoría Literaria 1, un seminario de Thomas Mann, me lo convalidaban como Literaturas Europeas 1, y así sucesivamente se fueron cruzando en mi vida profesores, cursos, lecturas, que me fueron formando como lo que yo quería ser en el fondo, que no me defino de otra manera que como un lector, como un lector que quiere escribir, como un lector convencido de que los libros son posibilidades que engrandecen nuestras vidas, que las dotan de capacidades únicas, que nos permiten conversar como ninguna otra actividad humana, así que mi definición esencial es la de lector.
Vengo de una familia de lectores, mi madre y mi padre son muy lectores, mi padre también fue editor, es un intelectual, sociólogo, colombiano, y mi madre es una abogada, lectora de tiempo completo, así que tanto mi educación sentimental como mi educación universitaria se abocaron a esa idea de vivir entre y para los libros, diría yo. Así que al graduarme, antes de graduarme de la universidad, cuando comprendí que no iba a poder ser, que no iba a poder vivir rápidamente de los libros como yo me imaginaba, y no iba a poder escribirlos tan fácilmente como yo imaginaba, lo que me empezó a pasar es que descubrí en el periodismo la posibilidad de hacer algo que yo ya había definido unos años antes, estudiando la carrera, y era que yo quería vivir de oficios que tuvieran que ver con la literatura, y uno de esos oficios, por supuesto, es el periodismo, el periodismo cultural. Gracias a Ramón Jimeno, a Gladys Jimeno, a la familia Jimeno, pude entrar a trabajar a El Espectador como reportero, y ahí empezó mi carrera como periodista cultural. Y un poco lo que has descrito ahora de manera rápida y somera, es como el arco de cosas que he hecho, en las que me he desempeñado: pude escribir algunos libros, escribí muchas columnas sobre libros, dirigí revistas, fundé una editorial, dirigí literariamente un grupo multinacional en Colombia y en Ecuador, y ahora la vida me trajo a un Ministerio que no era algo que yo hubiera esperado que me pasara en la vida, pero los caminos de los libros son misteriosos.
DHR:
Entrando más en el oficio que ya hemos señalado, uno de los problemas que tiene que resolver una historia crítica de la literatura, en el caso colombiano, es qué es lo que se historia, qué es lo que se destaca y qué no; sobre todo cuando tú mismo has planteado desde que llegaste al Ministerio: el cambio tiene que incluir, el cambio tiene que ir a los territorios, el cambio tiene que ser llevando colegios y bibliotecas a todo el territorio y el cambio también tiene que ver con que los colombianos seamos capaces de un país tan diverso, de un país que necesita mayor inclusión, que pueda tener una historia de su literatura, que es un aspecto clave de su cultura, que se corresponda con él.
Es para que nos des tus opiniones de este proceso, que de todas maneras hay que resolver para Colombia con una historia crítica de la literatura colombiana que sea lo más incluyente posible.
JDCU:
No sé si me lo dijiste tú cuando hablamos aquí en Bogotá en su momento, creo que ese es el abordaje que han elegido y, si es ese, es el que más me interesa, y es abordar la historia crítica de una literatura escrita en un territorio o por personas que proceden de ese territorio, desde sus tensiones, sus problemas, y no desde su cronología solamente.
Yo creo que hay un primer abordaje que es muy interesante, porque a través de esos problemas, como quería Estanislao Zuleta, uno descubre los hilos invisibles de las tradiciones, de las búsquedas, de las correspondencias. La literatura no es un asunto de avance, progreso; simplemente es un asunto de horizontalidad, en donde conviven lenguajes escritos hace más de veinte siglos y lenguajes absolutamente contemporáneos, y siguen vivos y siguen influenciando a unos y a otros con la misma potencia y con la misma lucidez que lo han hecho a lectores del pasado, como puede ser Cervantes, o como puede ser Joyce, o como puede ser Rivera en nuestro caso, o como puede ser García Márquez, o Marvel Moreno, en fin.
Para no extenderme, lo que te diría sobre eso es que elegir la manera que ustedes han elegido, que es abordar esta historia crítica desde tensiones, problemas y épocas, creo que es lo adecuado. A mí me parece, y esto es una opinión personal y discutible, por supuesto, que a partir de la puesta en marcha del neoliberalismo en la década de los años ochenta, y gracias a que eso también se impuso en los estudios culturales en Estados Unidos —un país que no ha dejado de ser definitivo en su influencia en Colombia, porque la decisión diplomática a comienzos de siglo, cuando perdimos Panamá, nuestras élites decidieron que lo único que íbamos a mirar era al norte, en eso que se llamó el respice polum, es decir, nuestra diplomacia la hacemos con Estados Unidos, y es en función de Estados Unidos que hemos organizado también nuestros relatos, nuestras maneras de existir, de estudiar, de pensar incluso, lo cual es muy problemático—, pero digamos que a partir de la década de los ochenta, cuando ese relato del neoliberalismo se impone por vía de Margaret Thatcher, primero, y de Ronald Reagan en Estados Unidos, lo que se busca en el fondo es quitarle la potencia política, ambiental, económica, sociológica a la literatura, y nos convencen de alguna manera de que la literatura tiene que estar despojada de todo, y ser estudiada solo en su dimensión textual y simbólica. Yo estoy en absoluto desacuerdo de eso, yo peleé mucho por eso en la universidad; yo era un convencido de que había que entender la época de los escritores, las tensiones de los escritores, sus lugares de creación, sus maneras de acercarse a sus formas de vida, a cómo vivían, a cuáles eran sus sueños y sus esperanzas, para entender, por supuesto, lo que habían hecho. Creo que en Colombia eso se nos ha olvidado. Creo que en Colombia incluso un escritor como García Márquez dijo en los años cincuenta que La vorágine era una cosa ahí, una cosa que él no entendía, y envolvía un poco de esa especie de despectiva actitud y, absolutamente, una idea de que la literatura tiene épocas mejores que otras.
Yo creo que se nos ha olvidado entender las dimensiones históricas en donde hemos creado nuestra literatura, sin dejar de lado, por supuesto, el siglo XIX como un siglo definitivo en la conformación de ciertas novelas fundacionales, eso que Doris Sommer llama las ficciones fundacionales, y, por supuesto, literaturas que provienen de la oralidad y de la tradición de nuestros pueblos étnicos, de nuestros pueblos originarios, en donde hay una riqueza inmensa oral que creo que tendría que tener un lugar central en esto.
Entonces, para decirlo en síntesis, creo que hace falta en esa historia crítica, no en la tuya, en la que ustedes se proponen, sino en la concepción de lo que se ha hecho hasta ahora, una verdadera apropiación de los recursos literarios, así provengan de la oralidad de los pueblos originarios, de las tensiones con la afrodiáspora, que empezó, por supuesto, en el siglo XV y se desarrolló de una manera brutal durante los siglos XVI y XVII. Si no tenemos en cuenta ese momento y lo que se produjo en ese momento aquí, pues estaremos haciendo una historia incompleta, y, por supuesto, después tendremos que hacer una historia desde nuestra fundación como república, porque lo de la colonia se ha estudiado más. Recuerdo los estudios de Álvaro Félix Bolaños, por ejemplo, sobre la barbarie colonial y Juan de Castellanos, recuerdo los estudios de Manuel Hernández sobre El carnero, los estudios de tantos otros que se han ocupado del periodo colonial.
Y, de ahí en adelante, yo diría que la época republicana lo que supone es un reto que tendría que ser abordado desde esas tensiones históricas, ya no solamente desde una época global, porque son dos siglos en donde pasan muchas cosas, sino desde una época en donde vivimos cientos de épocas, cientos de estéticas, cientos de ideas en pugna, en una sociedad que se construyó también desde una élite que fue arrasando cualquier posibilidad de diferencia, de diversidad y de convivencia con discursos excéntricos, a pesar de que nuestra gran literatura proviene de la región, nuestra gran literatura no se ha hecho en la ciudad letrada, o en todo caso en la ciudad andina, se ha hecho en las regiones. Si vemos los grandes escritores colombianos, por lo menos aquellos que fueron distinguidos, y nuestras grandes escritoras, y que se leen en el mundo, en general la gran mayoría provienen del Caribe, de la costa pacífica, o por lo menos de la zona de influencia de Cali, de regiones lejanas que han producido grandes poetas como el sur del país, o el Catatumbo y Cúcuta y de los Santanderes; entonces, creer que la gran literatura se ha hecho en la zona andina, que es donde se ha instalado la élite, es otra de esas ficciones que no hemos discutido lo suficiente como sociedad.
Yo creo que hay muchos problemas en lo que acabo de decir, hay muchas preguntas, y que eso es lo que le corresponde hacer a una historia crítica, empezar a hacerse preguntas difíciles para intentar responderlas desde diversos abordajes, miradas y sensibilidades. Creo que también eso es importante, quién va a contar esa historia, quiénes van a ser los elegidos para escribirla, desde dónde la van a escribir; no es lo mismo escribir esa historia seguramente desde un doctorado en una universidad norteamericana, a escribirla desde alguien que ha estudiado en el territorio y ha vivido en el territorio y tiene también un corpus de lectura y una manera autodidacta de aprender.
Entonces, ahí hay miles de ideas que se ponen en tensión con esto que ustedes van a empezar a hacer, pero, insisto, yo lo celebro, yo no creo que uno al discutir o al pensar en voz alta sobre lo que se está haciendo tenga por qué pensar que es un problema, sino que es una gran oportunidad, y creo que ustedes tienen una gran oportunidad de hacer un relato literario, si se quiere, o historiográfico sobre nuestra literatura, sobre la literatura que en todo caso se ha escrito aquí en Colombia.
DHR:
Has tocado un tema clave y fundamental de la historia, de lo que vamos a hacer en nuestro proyecto, que este simposio va a permitirnos como armarlo y darle la direccionalidad, un poco siguiendo el modelo argentino, de Noé Jitrik, que vino muchas veces a Colombia, estuvo dando seminarios entre nosotros, en la Universidad Tecnológica de Pereira, que es nuestra aliada, aquí en Cali, en la maestría, por supuesto nos encontramos en Bogotá, en Cartagena, vino muchas veces en los últimos 30 años, y se volvió nuestro maestro, y aquí la parte de la región es clave.
Te voy a hacer una pregunta y es la importancia que ahora, después de que rescatamos Letras Nacionales completa, hicimos un seminario exclusivamente de eso, creo que ya cuando se estaba consolidando el sistema literario moderno colombiano, que tiene un antecedente en Mito y en algunas revistas de los años 40, el esfuerzo que hizo Manuel ahí por las regiones fue fundamental, por los territorios, hizo más de 15 números, de 42 números en total, monográficos dedicados a la literatura de Caldas, a la literatura de Córdoba, a la literatura del Valle, y de alguna manera empezó a ver que en los territorios se estaban dando una serie de escritores, que posteriormente todos serían importantes, por ejemplo, Roberto Burgos Cantor, que tú lo mencionas en muchas de tus entrevistas, el primero que le publicó el primer cuento fue Letras Nacionales, después sería un gran escritor, y así con Oscar Collazos y con otros de las distintas regiones. Entonces yo te pregunto ya de manera más específica, tú que has sido editor y has sido crítico en los últimos 30 años, es decir, cómo ves tú ese movimiento hacia las regiones, a que el centro andino dialogue, y un poco, dijéramos, desandinizar las historias, que no se hagan solamente desde Bogotá, sino que dialoguen con las regiones; ahí las revistas, los semanarios y todo lo que se ha hecho en las regiones es riquísimo y muy importante, para que tú como editor y como crítico nos des una opinión al respecto.
JDCU:
Yo creo que es una actitud ante el país, Darío. Creo que es una actitud que algunos de los que hemos crecido en este siglo, pues nos hemos dado a la tarea, y es avivar nuestra curiosidad y obligarnos a pensar de qué país somos, en qué país estamos, cuál es nuestra realidad, y evidentemente tiene que ver con una generación, o con ser hijos de una generación que se emancipó también contra una idea, digamos, blanca, heteronormativa, patriarcal, andina, si se quiere, que quería convencernos de que la posibilidad de nuestra literatura tenía que ver con esos parnasos literarios, o con esos círculos de elegidos y, evidentemente, por ese camino de esa rebeldía, que empezaron, digamos, en este siglo, personajes como Fernando González en su momento, o personajes como el mismo Zuleta, que lo he mencionado, o personajes como Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus, por ejemplo, o personajes como el mismo García Márquez en su momento, o Álvaro Mutis, o Arnoldo Palacios en el Chocó, o la misma Marvel Moreno en los años 60 y 70 en Barranquilla, o la misma Alba Lucía Ángel en esos años.
Yo creo que todas estas personas, en el fondo, lo que nos fueron enrostrando a quienes crecimos en Bogotá es que la riqueza y la posibilidad simbólica de Colombia se correspondía, si se quiere, a la diversidad geográfica, climática y cultural; somos un país de culturas, no somos un país de una única cultura.
Entonces, creo que lo que señalas es muy importante, creo que ese acento regional, no en el sentido de los límites departamentales, sino en el sentido de los territorios que llamaríamos territorios bioculturales, en donde compartimos otro tipo de códigos, son esenciales en la mirada.
Creo que aquí se han hecho muy buenos trabajos teóricos sobre literatura colombiana: Raymond Williams, Manuel Hernández, Montserrat Ordóñez, Betty Osorio, ustedes en la Universidad del Valle han hecho proyectos de una inmensidad increíble, han recuperado a Manuel Zapata Olivella, han hecho bibliotecas afrocolombianas, ni se diga el proyecto que hizo Juan Gustavo Cobo Borda a finales de los años 70, en Colcultura, con más de 200 títulos, trayendo personajes y noticias de provincia, ¿como cuáles?, como Jaime Manrique Ardila, como Andrés Caicedo, por nombrar dos costas opuestas.
En fin, yo creo que esa tensión entre lo regional y el centro poco a poco se ha estado diluyendo, y lo digo por la emergencia también de un gobierno de izquierda por primera vez en Colombia, que no se debe solamente a un accidente de un hombre, sino a una serie de procesos sociales y de luchas y de búsquedas que llevan mucho tiempo y que se concretaron obviamente en un momento histórico en cabeza de Gustavo Petro: pero Petro y el presidente no es un accidente en la historia de Colombia, Petro es el acumulado histórico de miles de miradas, decenas de sensibilidades, que provienen de las regiones, que provienen de los lugares alejados de este país, y que de alguna manera han participado en procesos sociales desde hace mucho tiempo y se sacuden, si se quiere, del racismo estructural que vivimos, del clasismo que vivimos, y eligen una opción popular.
La literatura y el arte, en muchos casos, son lugares en lo popular; nos han querido convencer en este siglo XXI de que no, y eso tiene que ver con los años 90, de los cuales ya hablaremos, en donde de alguna manera se jerarquiza el lugar de la literatura, los grandes grupos multinacionales entran al país, eligen cooptar una ciudad letrada desde lo blanco, desde las universidades, desde las sensibilidades urbanas solamente, y como que apagan un poco a todos esos escritores que venían armando un relato y un acumulado de búsquedas de los años 90 para atrás, digamos, todos los 80 hacia atrás.
¿Qué es lo que ha aparecido en los últimos 10 o 12 años? Es el país que quedó suspendido allá. Esos otros relatos, ¿en quiénes? En las nuevas sensibilidades. ¿Cuáles? Juliana Javierre en el eje cafetero, Vanessa Londoño aquí en Bogotá, con novelas de una tensión y de una sensibilidad bastante extraña, bastante paradójica. ¿Cuál es el gran escritor, diría yo, o los dos grandes escritores de comienzos de siglo, cuando este proceso, digamos, de emancipación de esos escritores que pertenecían a la ciudad letrada empieza a ocurrir? Tomás González, que es un inmigrante, que escribe fundamentalmente novelas bucólicas, del campo, de personajes un poco extraviados en el silencio, en las búsquedas espirituales, que van y vienen de ese estadio bucólico y de ese país de los años 50 y 60, que accedió a los escenarios urbanos del migrante que ha perdido ese lugar. O de Evelio Rosero, que es un escritor nariñense que viene del sur, que crea una novela que yo creo que es una novela central en nuestra literatura, que es Los ejércitos. Y con ella, de alguna manera, desarma o empieza a desarmar un relato que es el relato de lo que estoy tratando de señalar, sin desconocer el valor de ese relato —lo que Héctor Abad llamó la sicaresca—, tiene novelas interesantes, pero hubo un momento, entre el año 94 y el año 2010, que coincide con la salida de Álvaro Uribe del poder, en donde el país entra en una tensión con la literatura, y la literatura que se publica, se promueve y se cree que es la verdadera literatura colombiana es una literatura blanca, con códigos y géneros que obedecen a una idea eurocentrista y decimonónica de la novela, muy, de alguna manera, iluminada por la figura de Mario Vargas Llosa en América Latina y de esa generación que se llamó McOndo, con Mc, que quería romper, digamos, los lazos con eso que se suponía eran los reales maravillosos. Y con esa otra generación en México que se llamó la generación del Crack, que ventilaba a los cuatro vientos que los latinoamericanos no estábamos condenados a mirarnos a nosotros mismos, sino que podíamos hablar del nazismo, de cosas que fueran lejanas a nosotros, y yo creo que ahí no había una discusión seria, en el sentido de que los temas de la literatura no son el problema. El problema son las posibilidades estéticas y el lenguaje que existen en cada literatura. Yo dejaría por ahí porque sé que el tema es muy amplio.
DHR:
Los años 90, en algunas otras entrevistas y cosas que te he leído, son fundamentales en esto que estamos hablando; y quiero que nos hables un poco del papel que pueden jugar en este momento tan importante, primero, las revistas literarias que son de alguna manera una instancia de consagración, de primera mirada a las obras que van apareciendo, y ahí la labor del crítico es fundamental; es decir, sin buena crítica literaria en las revistas es muy difícil y además eso se va conjugando con el movimiento editorial y con algo que se da en Colombia de manera muy importante y positiva, que es el papel que está cumpliendo la academia. O sea, yo creo que Colombia, desde los años 90 y para adelante, fue consolidando las maestrías y doctorados en literatura, y eso ha ido generando revistas especializadas, es decir, ha ido generando una mirada rigurosa del acontecer literario. Entonces, sobre todo para que nos hables de tu experiencia como editor y como crítico de lo que es este proceso.
JDCU:
Hay una paradoja, por lo menos yo siento que es una paradoja, y quizás la paradoja se cae porque alguien me demuestre rápidamente lo contrario, pero digamos que es un poco lo que yo he tratado de construir en mi mirada sobre la literatura del país, y es que mientras el mundo en los 80 y 90 radicaliza el neoliberalismo y, a partir del 90, con mucho más acento por la caída del muro y lo que llamó Fukuyama, supuestamente, el fin de la historia; en ese momento, ese neoliberalismo se radicaliza a unos límites brutales, se privatiza el espacio público, se privatiza el espacio de la literatura, de la creación, se convierte en la literatura de la época, se convierte en una industria que debe producir al ritmo frenético del capitalismo y eso, evidentemente, va en desmedro de muchas cosas. Como la industria necesita producir a ese ritmo, el único lugar de resguardo paradójicamente, aunque son las universidades norteamericanas las que promueven ciertos discursos postmodernos, de cierta fragmentación de los relatos en donde los textos tienen que hablar por sí solos, paradójicamente son las universidades colombianas y las universidades públicas las que resisten y de alguna manera conservan y guardan y tienen una mirada sobre eso que podríamos llamar, entre comillas, “el pasado o el canon literario colombiano”, es decir, La vorágine es una novela que se deja leer, se deja de leer y se escolariza y el único lugar que tiene de estudio durante 20 o 30 años es la universidad pública. Las estrellas son negras se deja de leer en Colombia 40 o 50 años y el único lugar en donde se sigue leyendo y enseñando es la universidad pública. ¡Oh gloria inmarcesible!, Alba Lucía Ángel y Estaba la pájara pinta es una novela que se deja de leer desde su publicación y el único lugar en donde se lee es en la universidad pública. Fíjate que Andrés Caicedo es un escritor que sus dos amigos, Luis Ospina y Sandro Romero, o su amigo Luis Ospina y su heredero espiritual Sandro Romero redescubren y tratan de hacer intentos desesperados en los años 80 en Oveja Negra y después en Norma, pero es un escritor que cristaliza, digamos, ya como un autor parte del canon gracias a la universidad, que es donde se lee. El gran público leía Que viva la música, y yo no diría que de una manera tan masiva como ahora se lee, y son las universidades las que empiezan a guardar, la de Antioquia con su editorial, la Universidad de Caldas, la Universidad de Cartagena, en fin, son centros que a través de sus revistas, de sus artículos y de su construcción de departamentos y posgrados de literatura son las que logran resistir el embate que estoy diciendo, porque la industria estaba mirando hacia otro lado, no le interesaba mirar al pasado. Si tú te pones a ver los grandes grupos, el gran grupo, en los noventa, que era Planeta, no estaba recuperando literatura. El gran desgarramiento que le ocurre a Vallejo y a Mejía Vallejo, por ejemplo, los escritores anteriores, con el grupo Planeta es que a partir del año 95 su obra desaparece. El río del tiempo desaparece de Planeta, y es gracias a la tarea de gente de tu generación que en otro grupo, que no era tan grupo, era simplemente un sello editorial grande español, que es Alfaguara, de la mano de Pilar Reyes, su padre es Carlos José Reyes y ella viene de esa tradición, empiezan a reivindicarse sus escritores que habían sido de alguna manera invisibilizados, con lenguajes más complejos. Esa generación de los años 90 no quería leer porque le parecía que eso era denso, que eso era barroco, que eso era jarto, que eso no valía la pena, que uno que se iba a meter a contar historias desde el abigarramiento.
Entonces, ahí hay unas cosas muy interesantes y yo te diría que eso tiene que ver, esa década, también con la emergencia de ciertas revistas literarias o revistas de periodismo literario como El Malpensante y Número, una inspirada muy en el modelo del New Yorker, del nuevo periodismo, de una literatura mucho más concentrada, si se quiere, en un modelo occidental. Número con un discurso mucho más abierto a las ciencias sociales y humanas y, por eso, también de alguna manera, los literatos no la consideraban una revista tan literaria. Y en esa década y desde mediados de los 80, pues la gran tarea que hicieron Juan Manuel Roca y Marisol Cano en el Magazine de El Espectador, con Guillermo González antes de que llegara Número, yo creo que esas son las tres grandes revistas de los 80 y 90. Si miramos hacia atrás nuestra tradición de revistas, pues, es muy importante. Creo que todos reconocemos que Eco es la gran revista desde los años mediados de los 60 hasta los años casi 80. Y antes por supuesto, está el mito de Mito, que es la gran revista que contesta desde la burguesía a la burguesía misma, que es una estrategia que le ha tocado vivir a esta sociedad en varios momentos. Es decir, si no hay burguesía dispuesta a revelársele a la propia burguesía, es muy difícil fracturar ciertos discursos de poder. Recuerda los ensayos que hay en Mito sobre las prostitutas, sobre las enfermedades sexuales, sobre la homosexualidad. Publican por primera vez ese poema que me parece que es fundacional para definir el país, que va a empezar a ocurrir, que son Los elementos del desastre. Publican por primera vez la novela de García Márquez, El coronel no tiene quien lo escriba. Es decir…
Y si empiezas a echar para atrás, encuentras en nuestra historia literaria muchas revistas significativas, las revistas de los años 20, antes Baldomero Sanín Cano, y también una gran parte de nuestra historia literaria de revistas sepultada por esos discursos hegemónicos que una y otra vez se oponen al cambio. ¡Qué historia ha estado sumergida!, y recomiendo leer ese libro[2] para incorporarlo a la historia crítica de la literatura que ustedes están proponiendo. La historia que emerge a partir de la aparición en el escenario del siglo XIX de Candelario Obeso, más o menos en 1872, y la aparición de lo que se llamó el Club Afrocolombiano o Club Negro en los años 40, de la mano de Manuel Zapata Olivella, Arnoldo Palacios, Delia Zapata y todo el grupo que ustedes conocen bien, porque tienen un centro de estudios afrocolombianos en la del Valle, que celebro y que ha sido pionero en estudios en este país. ¿Qué pasa en esos años? Como lo demuestra Francisco Javier Flórez, pasa que en Quibdó, y por la vía del Atrato, de comunicación con el Caribe, se crean imprentas, se crean editoriales, se escriben libros, se publican novelas y toda esa historia de casi 70 años no existe para la gente que ha estudiado literatura en este país. Eso por mencionar solamente un hecho que es incontestable y es cómo nos hemos contado y cómo las revistas también han sucumbido a ese poder hegemónico que quiere aplastar los contrarrelatos.
Para ponerte otro caso significativo, mientras ocurría Mito, ocurría la gran violencia en Colombia, entre el año 48 y el 62, para poner un límite temporal arbitrario; en esos años se publicaron más de 180 novelas en Colombia. Son novelas escritas de dos características. Las primeras de ellas, escritas por párrocos que usaban seudónimos para protegerse, en general eran novelas-panfletos que buscaban aleccionar o moralizar; o por gentes liberales, menos conservadoras, que también usaban seudónimos para contestar ese poder. Pero eso está muy claramente dicho por García Márquez en un artículo, que recomiendo también releer a la luz de este tiempo, que se llama “Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia en Colombia”, que publicó en la revista La Calle en el año 58. Y ese tiempo, esos años desdibujan una cantidad de novelas que creo que son fundamentales para entendernos y que fueron olvidadas. ¿Cuáles? Carretera al mar de Tulio Bayer, Marea de ratas de Arturo Echeverri Mejía, la misma El día del odio, que la condenamos al ostracismo por la filiación política de Osorio Lizarazo y lo que hizo con Trujillo.
Y así sucesivamente, una serie de novelas que se escriben en ese tiempo, que son eclipsadas, uno por la emergencia de un personaje tan vital y tan poderoso en el sentido espiritual como García Márquez, que todavía no lo era en el año 58, por supuesto sería injusto adjudicarle tal poder, pero de todas maneras por cierto poder hegemónico que no quería que esos discursos existieran. Hoy todavía lo es.
Si tú te pones a analizar los catálogos de los grandes grupos editoriales, no por echarme flores, salvo en mi caso que publiqué más de 500 títulos y que hice un esfuerzo decidido por incluir literaturas afro, literatura regional, mujeres, discursos queer, porque es en lo que yo creo, yo no me echo flores por eso, yo pertenezco a esa tradición, yo pertenezco a esas ideas del mundo progresistas y a eso me debo y por eso lo hago. Pero si quitas eso, tú lo que empiezas a descubrir es que ese discurso de lo hegemónico sigue primando en el discurso de lo que llamaríamos las literaturas más masivas o comerciales porque siguen eclipsando esos otros discursos. Eso es lo paradójico de este país, que sentimos que avanzamos, pero una y otra vez, y lo digo con cierto humor, volvemos a la vorágine de nuestra propia derrota, de no comprender de alguna manera que si no abrimos el país, que, si no nos abrimos de verdad, el nudo de nuestras violencias y de nuestras faltas de reconocimiento no lo vamos a poder desatar. Y en eso, aunque la gente crea que no, tiene que ver mucho la literatura, la literatura es consustancial, es el relato o son los relatos de una nación. Sin los relatos, sin el acceso a los relatos de una nación, pues evidentemente la realidad se empobrece y asistimos a un solo relato, ¿cuál? Al relato de una historiografía sobre ciertos hechos históricos notables, a una historiografía literaria sobre el fenómeno del narcotráfico, al relato de una historiografía literaria sobre ciertas formas urbanas, burguesas, y nos perdemos de cientos de lenguas, de maneras de decir, de expresar, de sentir y de mirar el mundo, que es lo que expresa, o que podría expresar, la diversidad literaria de un país como el nuestro.
DHR:
Has señalado una cosa que es clave y fundamental para lo que nos estamos proponiendo: realmente hay que rescatar el gran relato de la literatura colombiana, que son muchísimos relatos que tienen que ver con sus territorios, con sus gentes, con su diversidad, creo que eso es fundamental y es como nuestro objetivo, sobre todo porque la experiencia que hemos recibido del proyecto argentino, pues también nos lo indica, nunca lo escondo, porque es el proyecto más ambicioso desde este punto de vista que se ha hecho en lengua española en las últimas décadas, es la historia crítica de la literatura argentina. Pero eso me lleva a algo que tú como crítico y como hombre de revista y como editor…, y es rescatar todas esas voces y al mismo tiempo hacer relecturas y poner en su lugar escritores. Las élites regionales, y también nacionales, por ejemplo, mal leyeron a Isaacs y lo dejaron reducido a una forma bastante pía de valorar a María, y nosotros rescatamos toda su obra y es extraordinaria, creo que es el intelectual más importante, por su obra, del siglo XIX o, por ejemplo, lo que se hizo con Carrasquilla, que se lo encasquetó como costumbrista, y es extraordinario. Lleras Camargo, Alberto Lleras, decía que ese era un sobreviviente del Siglo de Oro español, lo que es un elogio extraordinario para releer a Carrasquilla. Lo mismo con Zapata Olivella, que fue totalmente ocultado de los grandes manuales, y todo lo que él hizo, y así podemos coger una serie de escritores regionales que hoy se están rescatando, y de todas maneras lo que yo te pregunto aquí es la importancia de reestructurar, de volver a mirar y de hacer relecturas más complejas de nuestro propio acontecer literario.
JDCU:
Sin duda, yo creo que para eso, Darío, es muy útil lo que van a hacer en este simposio durante esta semana, y yo les propondría, ojalá yo pueda participar más activamente cuando salga de esta responsabilidad, porque creo que es un momento muy importante para emprender esta historia crítica de la literatura colombiana. No creo que haya habido otro momento en el siglo que ha transcurrido entre La vorágine y hoy, que son 100 años, para poner otra parábola temporal. No creo que haya habido un momento más apropiado, si se quiere, para emprender una tarea así. Entonces, poner en tensión, hacerles preguntas a esas certezas, dejar de hacer sentencias, leer con una curiosidad distinta a la curiosidad que nos ha influenciado cierta estética masiva, entender la imperfección en lo mínimo, en las narrativas invisibilizadas, en las mujeres, en la poesía e, incluso, en ciertos relatos periodísticos hay claves que no hemos sabido reivindicar. Creo que hay unas riadas o unos rizomas fascinantes. Y creo que esta historia de la literatura que ustedes pretenden construir debería pensarse más en términos hidrográficos, es decir, cuántos ríos, afluentes, mares, lagunas, humedales, pequeños meandros han existido como posibilidades de escritura y simbólicas para nosotros, y menos entender esto como un sistema jerárquico en donde ha habido unos logros incontestables, unos sitiales de honor, unos escritores que son internacionales, otros que han sido injustamente olvidados, como si esa fuera la atención posible. Yo creo que repreguntarle a esa historia y hacer una nueva geografía para contarla es algo que va a permitirle al país también empezar a transformar su propio imaginario. El cambio social que está proponiendo este gobierno es un cambio cultural. No es solo un cambio en la justicia que todos queremos para este país, en vencer la pobreza, en que la gente tenga acceso a la salud, en que se pueda sindicalizar con libertad, en que pueda contestar a sus patrones, en que pueda trabajar con dignidad. Eso, por supuesto, pero también es un cambio de relato. Un cambio de relato que suponga que hay miles de relatos posibles, que hay sensibilidades que fracturan las maneras sintácticas de un solo lugar, que hay lenguas y formas de decir que son distintas a las nuestras. Las literaturas indígenas no han sido miradas con verdadera atención por este tipo de historias críticas literarias. Las han sido por antropólogos, sociólogos. En el Caro y Cuervo hay un gran acervo. Yo creo que sería muy importante y meritorio invitar al director del Caro y Cuervo, se lo voy a mencionar si aún alcanzan, para que estuviera allí.
DHR:
Estamos hablando de Juan Manuel Espinosa, está invitado y va a tener una ponencia en el Simposio.
JDCU:
Me alegra mucho porque en el Caro y Cuervo hay una gente que ha hecho un proceso durante estos últimos seis o siete años muy interesante. Y considerar otra cosa en esa geografía o esa hidrografía que yo propongo para la posibilidad metodológica de abordar los estudios críticos sobre la literatura colombiana. Que esos ríos desembocan en el mar. Que nuestra literatura no se agota dentro de unos límites geográficos, sino que ha sido también parte del mundo. Cómo ha sido la apropiación de esas literaturas en el mundo. Martín Gómez, un juicioso literato que vive en Madrid, ha hecho estudios estupendos desde España sobre traducciones, vertidas a otras lenguas, de circulación de nuestra literatura en el mundo. Y habría que considerar esas tensiones también con lo internacional. Muchos de nuestros escritores, consideremos, que lograron ahí sí unos sitiales de preponderancia internacional, porque se fueron a vivir a los centros internacionales del mundo. Se fueron a vivir a Barcelona, o se fueron a vivir a México, o se fueron a vivir a Madrid, o en algún momento se fueron a vivir a París. ¿Por qué había que irse allá? Porque era el lugar en donde podía accederse a ciertas formas de privilegio. Y vivíamos en un país parroquial y conservador que ahogaba y asfixiaba los discursos. Pero también por una idea y por un prurito, que creo que se ha ido acabando, y es que todo lo que estuviera lejos de aquí era mejor que lo de aquí. Había que despreciar absolutamente nuestro territorio porque aquí no había nada que valiera la pena. Y es lo que nos han hecho creer las clases predominantes. Todavía cuando uno oye los relatos y los chistes y el humor de la radio, el tono sobre nosotros es muy así, es muy despectivo, es muy arrogante. Las formas de hablar, fíjate cómo contestan al presidente porque tiene una pronunciación distinta, porque habla con una entonación distinta que no es la entonación que le gusta al poder en Colombia. Ahí está la literatura. La literatura está en esas formas dialógicas, en esas formas de expresión, en esas formas sintácticas. Y creo que es desde ahí cómo vamos a poder empezar también a soñar con una historia republicana, popular, que sea capaz de ser mucho más incluyente y mucho menos excluyente que lo que hemos tenido hasta ahora, que a mi modo de ver ha ido en desmedro también de la construcción social y de paz del país. Entre más pobres, centradas y encerradas sean las expresiones artísticas en el sentido de su difusión, comercialización y posibilidades de circulación en el mundo, evidentemente más pobre es una sociedad o más rica y menos visible que es lo que nos ha pasado en este país, porque en la literatura, en las revistas, los libros y los poetas no han dejado de aparecer. ¿Cuáles son los grandes poetas de este siglo? Están regados por todo el territorio. Hay excelentes poetas indígenas, afro, evidentemente regionales, muchos y muchas, pero nos toca empezar a prestarle atención a eso que no miramos. ¿Cómo es el Amazonas nuestro hoy?, por ejemplo; no hemos logrado tener una relación con el lugar que quizás es el centro de la discusión mundial hoy. ¿Cómo es nuestra relación con nuestros países fronterizos?, ¿hay acaso conversaciones en eso que llamaríamos portuñol, en las fronteras con Leticia? ¿Cómo es la sensibilidad que se ha construido a partir de la migración doble en doble sentido colombo-venezolana y venezolano-colombiana? ¿Cuál es nuestra relación despectiva con el sur y con Ecuador, al que consideramos un vecino de menor cuantía, cuando tiene muchas cosas que enseñarnos? Entonces, fíjate cómo se va abriendo esto, que me encanta que lo vayan a hacer y de verdad lo celebro. Yo estoy muy comprometido con este proyecto, quiero terminar diciendo eso. Soy un convencido de que personas como tú y centros como la Universidad del Valle, que es una universidad pública, han hecho una tarea inmensa que esta sociedad tiene que reconocer y es fantástico que esta historia se vaya a escribir, o por lo menos se vaya a iniciar desde el Pacífico colombiano. Tenemos una deuda inmensa, no solamente con el Cali que no aparece en las postales, el Cali marginal, que es el gran Cali, sino el Cali que empieza ahí y recorre todo el Pacífico hasta Buenaventura y… de ahí hacia el Pacífico hasta Nariño y hasta el norte del Cauca y hasta todas sus zonas de influencia. Creo que es un gran lugar de enunciación, lo celebro; agradezco que me hayan invitado a conversar, a tener esta conversación contigo para difundirla en medio del simposio y yo esperaría poder concurrir, escribir, pensar, dar ideas. Eso es lo que a mí me interesa en la vida, yo no me siento ni mucho menos lejos del camino que siempre he querido recorrer, que es el camino de estar con la gente y, como lo dije al iniciar esta entrevista, pensar desde y para los libros como posibilidades enormes de conversación y de riqueza simbólica infinita.
DHR:
Juan David, contesto, ya para finalizar esta excelente entrevista que nos da muchas luces de lo que nosotros queremos hacer; es un proyecto que está en construcción, que inicia con 35 investigadores, yo hubiera querido invitar a 100, pero las limitaciones de todo tipo son muy grandes, pero vamos a empezar a hacer reuniones. Y te comento una idea que ha surgido entre nosotros, la hablaremos con el Caro y Cuervo y seguramente con ustedes y con la Biblioteca Nacional, también nos está ayudando la Biblioteca Luis Ángel Arango y los distintos doctorados y maestrías del país, esto lo iniciamos con el doctorado de Pereira, el doctorado de la Universidad del Valle, pero está el de la de Antioquia, está la gente del Caribe, está la gente de Bogotá, de los Andes, viene una persona que conoces mucho, Carolina Alzate, por ejemplo, que es una gran investigadora de nuestra literatura y por ahí te podría mencionar más. Te mando la programación que está cerrada, pero lo que te quiero decir es que esto hay que alimentarlo con el pequeño grupo que tenemos acá, sacando adelante el proyecto, con un seminario permanente de literatura colombiana que podemos hacerlo en las regiones con la ayuda de ustedes, lo podemos hacer con la ayuda del Caro y Cuervo; cuando no lo podamos hacer real, en los territorios lo podemos hacer virtual, citando a los investigadores y a las personas más involucradas con esto; de tal manera, que el 2024 sea el año en que consolidemos esto que para mí es un macroproyecto, es bastante ambicioso, pero creo que Colombia ya tiene hoy con qué hacerlo, tiene suficiente trayectoria, tiene especialistas, tiene investigadores y tiene una fuerza en las regiones increíble, la que tú has mencionado. Es impresionante lo que hay cuando uno va a Cartagena y lo que están haciendo en sus culturas populares o en Cali o en Medellín o en cualquier ciudad colombiana, o en el Pacífico profundo; de manera que es esta la idea que yo te propondría, un poco para que desde el Ministerio podamos coordinar la construcción de este proyecto, cuyas conclusiones seguramente te vamos a hacer llegar, y haremos este seminario permanente de literatura colombiana, que incluso podemos aprovechar la virtualidad, para que sea conocido por muchos investigadores.
JDCU:
Me encanta la idea, Darío. Cuenta con nosotros. Tenemos la plataforma del Caro y Cuervo, la biblioteca, tenemos 1.555 bibliotecas para enviar ese seminario, tenemos ferias del libro regionales, 12 ferias del libro regionales más la de Bogotá, tenemos presencia en todas las ferias internacionales importantes del libro del mundo, aprovechémoslas también para eso. El Ministerio ha asumido la tarea de recuperar para lo público la presencia en ferias internacionales, la tarea de organizar y apoyar la organización de ferias regionales como una asociación con claves de asociatividad, la tarea de interpelar y hablar con la Feria del Libro de Bogotá para que sea más incluyente y trate de alguna manera de dimensionar las escalas a las que se está dirigiendo; no todo puede ser en las mismas lógicas para grupos pequeños que para grupos grandes.
Esa es la tarea de un Ministerio de Cultura; entender que tiene que contestar políticamente a una realidad, entender que la inclusión no solamente son recursos. La inclusión también son posibilidades de que los relatos puedan ocupar lugares en los centros de preeminencia y de poder y puedan desde allí construir las instituciones y las maneras de actuar sobre la realidad a través de políticas públicas.
Ese es el compromiso de este Ministerio que yo presido, es el compromiso que obviamente les pongo a sus órdenes porque yo no soy otra cosa que un representante, un funcionario público, un servidor público. No soy alguien que llegó aquí por méritos o meritocracias politiqueras. Yo soy alguien que ha trabajado toda la vida en el sentido de tratar de construir desde mi saber mi posibilidad de vida, y me encantaría que el seminario permanente lo instaláramos, te hago ya la oferta de entrada, en la Feria del Libro de La Habana en febrero próximo, que siguiéramos en Mocoa, en Putumayo, donde vamos a hacer un acto muy importante con La Vorágine. Después vamos a estar aquí en Bogotá, en abril; después vamos a ir a Quito en mayo; a finales de mayo vamos a ir a Santa Cruz de la Sierra; en junio queremos ir a España y a Francia; en julio queremos estar en Inglaterra, en Londres, y en Estados Unidos, y en Bélgica, para hacer con Bélgica una conversación triple que interpele el colonialismo, preguntándole a Bélgica y sentándonos con Bélgica para hablar de un triángulo que considero que hay que armar de nuevo, el triángulo entre La Vorágine, El corazón de las tinieblas y el colonialismo belga y el extractivismo en el mundo en las primeras dos décadas del siglo XX o en las finales del siglo XIX y las dos primeras del XX, que creo que definieron nuestro destino; después vamos a ir a las 12 ferias regionales de Colombia; vamos a estar por supuesto en Guadalajara y en Frankfurt, y todo eso lo que pretendemos es que sea ocupado por personas como ustedes, no que un gobierno se tome y se arrogue el derecho de ser la voz cantante en el relato, sino de que construyamos posibilidades, entre todos, de conversación.
Yo, esta madrugada de cuando estamos grabando esta entrevista, me voy a Venezuela, seremos invitados en Caracas, en la Feria Internacional del Libro de Venezuela y vamos a llevar un catálogo de casi 1500 libros de temas colombianos, de literatura colombiana, con un tema que me gusta mucho que es el elogio de la hospitalidad, para convencernos de que la hospitalidad es uno de los valores estéticos, éticos y morales que necesitamos reivindicar en esta época. Entonces, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes está abierto a cada una y a cada uno de ustedes que nos están viendo hoy en este simposio y a quienes me verán después, para que nos interpelen, para que nos contesten, para que abramos espacios juntos y para que construyamos el gran relato colombiano que aún está por contar.
DHR:
Te agradezco la oferta y, por supuesto, la acepto de inmediato. Toda esta perspectiva que nos abres, tenemos que sentarnos ya con ustedes en Bogotá y acá en el simposio lo hablaremos, de manera que el seminario nos permita afinar y construir un gran proyecto para la historia crítica de la literatura colombiana. Muchas gracias.
[1] Entrevista en video realizada el 13 de noviembre de 2023, proyectada en la apertura del XIIISimposio Internacional Jorge Isaacs “La Patria Literaria” realizado en Cali en la Universidad del Valle del 20 al 24 de noviembre de 2023.
[2] Francisco Javier Flórez Bolívar. La vanguardia intelectual y política de la Nación. Historia de una intelectualidad negra y mulata en Colombia 1877-1947.


