Quiero dar gracias a Darío Henao, investigador, profesor, pero sobre todo ejecutor de obras que ayuda a realizar sueños en gran medida. Es un impulsor, lo veo y admiro cada vez más, ese don que tiene de juntar a las personas y ponerlas a trabajar juntas a pesar de las diferencias que pueda haber. Igualmente, agradezco a Magdalena, que ha sido una magistral organizadora de este evento.
Se dice que una explicación no pedida implica una acusación manifiesta. Yo lo que quiero simplemente es aclarar este título monstruoso. Cuando me llamó Darío y me dijo: “Yo quiero que vengas por acá, ¿qué tienes por ahí de la historia literaria?”, me acordé de un ejercicio que había hecho para el Museo Nacional en una ocasión en que hicieron una especie de simposio sobre el Caribe en la nación, el papel del Caribe en la nación. Pero allí presenté un texto muy resumido, limitándome a biografías y unos fragmentos de textos, como para ilustrar e invitar a la gente a la lectura de estos textos. Pero, realmente, a esos casi 80 años que abarca, yo le había puesto el nombre de “De Juan José Nieto al premio nobel”. Juan José Nieto, por la primera novela del Caribe colombiano y, el Premio Nobel, porque era una fecha simbólica. Pero después me di cuenta de que antes de Juan José Nieto estaba José Fernández Madrid, antes de 1830, de manera que lo que yo pretendo contar va a abarcar como unos 90 años y creo que les quedaré debiendo como unos 50.
El texto prácticamente no lo he cambiado, a pesar de que la lectura de Noé Jitrik me llevaría a hacer algunos replanteamientos. Mas lo que he estado escuchando de los colegas, me recuerda que hay un vallenato que no se sabe quién lo compuso y que se llama El pleito y dice: “El que no conoce el tema sufre de engaño, pero yo como lo conozco y soy mucho gallo”. Aquí están unos grandes teóricos de la historiografía, entonces lo que yo espero son los comentarios que me permitan resucitar este texto.
Quiero dedicarle este texto a mi esposa, que quería venir a Cali, pero no pudo, está en un tratamiento hace como 10 meses y creo que sin ella yo no habría llegado a donde estoy.
Cien años de soledad y el descubrimiento de un continente sumergido
La aparición de Cien años de soledad tiene una serie de méritos, quizás involuntarios, uno de los cuales es haber despertado la curiosidad, sobre todo de los críticos foráneos, porque los colombianos enseguida la despacharon. Dijeron: “Eso es un ladrillo, políticamente incorrecta, con demasiados galicados, lenguaje chabacano”. Fueron los extranjeros quienes miraron la novela y enseguida se preguntaron: “¿Y de dónde surge esto?”, e iniciaron una indagación que poco a poco fue revelando que la obra de García Márquez venía a ser la culminación de un proceso largo. Evidentemente, ni Ángel Rama ni Jacques Gilard ni Jorge Ruffinelli, que fueron los primeros, podían abarcar más allá de lo que fue el grupo de Barranquilla. Pero luego aparece, por ejemplo, Seymour Menton y dice: No, Cien años de soledad, viene de Respirando el verano. Y, luego, aparece Eduardo Pachón Padilla en una antología de cuentos y dice: No, García Márquez viene de Manuel María Madiedo y sus cuadros de costumbres.
Voy entonces a hacer una especie de recorrido por algunos de los principales escritores tratando de mostrar las conexiones que hay entre sí. Además de los que hemos mencionado y los que aparecen en Cien años de soledad, se podrían añadir otros narradores de distintas características, de tipo social-naturalista con un hálito verbal modernista como Gregorio Castañeda Aragón, Amira de la Rosa; de tipo irónico y humorístico, atento al debate de las ideas hacia la irrupción rozagante del humor como José Félix Fuenmayor en los años 20 y alguien que creo que hay que rescatar que es Víctor Manuel García Herreros. Junto a ellos, todavía con esta marca del modernismo, la única mujer que publicó en la revista Voces, Lydia Bolena, que en realidad se llamaba Julia Jimeno de Pertuz y era la esposa de un agregado cultural, un político que estaba metido en la carrera diplomática; Lydia alcanzó a publicar textos en diversas revistas internacionales y un libro de cuentos en 1928 que se titula Comprimidos. Valdría la pena reeditarlo. Hay escritores costumbristas como José Francisco Socarrás y Alejandro Álvarez, cuyas obras prueban que el orbe verbal de García Márquez no procedía de la nada, pues detrás de él existía un conjunto de narradores que se habían aproximado al tema regional desde diversas perspectivas, pero cuya existencia había sido ignorada o soslayada por la historia y la crítica literaria nacionales.
Una nueva digresión en el título: yo digo:
La literatura del Caribe colombiano en las letras nacionales
Hoy caí en la cuenta de que hay un elemento allí en el título como subconsciente o inconsciente. Es que yo empecé a enamorarme de la literatura en 1967 en una clase de español con un profesor que se llamaba Enoc Márquez, y de la revista Letras Nacionales; él tenía la antología de cuentos y nos leyó en el salón La siesta del martes. Tuve la suerte de que mi papá era profesor también y tenía en casa la revista, entonces pude buscar los otros cuentos. Ahí estaba Óscar Collazos, El verano también moja las espaldas, estaba Manuel Mejía Vallejo, José Francisco Socarrás, con el cuento Viento de trópico, donde aparece por primera vez el nombre de Macondo.
Este estudio se enmarca dentro de la propuesta formulada por el novelista y crítico Álvaro Pineda Botero, en 1995, de una nueva historia de la literatura en Colombia que trascienda la perspectiva discriminatoria y excluyente de la Atenas Sudamericana interesada en privilegiar una sola identidad, ciega a la base multiétnica y multicultural de Colombia y que, de manera contraria, atienda a las diferencias, la heterogeneidad y el pluralismo de las regiones, formule un nuevo canon en el que se incluya toda la producción literaria invisible para la mirada centralista. La producción literaria del Caribe colombiano está, como los personajes del cuento de Cepeda Samudio, a la espera de una mirada crítica que los articule y aquí radica el gran problema de las letras de la región: el desequilibrio entre las obras y la reflexión que postula el diálogo entre ellas, su sistema de relaciones. Una literatura, más que de las obras en sí, se configura a partir de lo que se dice entre ellas. Es preciso, pues, contar la historia de nuestras letras desde sus comienzos hasta nuestros días, atendiendo a la continuidad y las rupturas en las poéticas y en las obras.
En esta tarea historiográfica, debo reconocer que hay un par de antecedentes: Rolando Bastidas en el 2001 y José Luis Garcés. Rolando en Santa Marta y José Luis en Montería en el 2000, que publicaron dos tomos con una especie de directorio de todos los escritores destacados en el Caribe colombiano. Todo un programa poético. Bueno, una pregunta que no se formula Noé Jitrik y que se han formulado los historiadores, es el comienzo de una historia. ¿Dónde empezar? Yo había partido de una perspectiva, de pronto egoísta, mezquina, de que la literatura partía de la Independencia, del proyecto de construcción de la nación colombiana. Entonces, esto puede ser un elemento para discusión y me pareció que un buen punto de partida estaría en el poema de Andrés Bello, que se convierte en un programa para los escritores latinoamericanos: la “Alocución a la poesía”, de 1823:
Alocución a la poesía en que se introducen las alabanzas de los pueblos e individuos americanos que más se han distinguido en la guerra de independencia. “Fragmentos de un poema inédito titulado “América”.
Divina poesía,
[…]
tiempo es que dejes ya la culta Europa,
que tu nativa rustiquez desama,
y dirijas el vuelo adonde te abre
el mundo de Colón su grande escena.
—(p. 3).
En el que le pide a la poesía que abandone Europa, donde nadie la quiere, no porque allá haya triunfado la filosofía, y que se venga a América donde la naturaleza está en su esplendor. Pero antes de Bello, un amigo de él, cartagenero que fue presidente, José Fernández Madrid, ya había iniciado una escritura que tenía que ver con la vida cotidiana, con la región, con las costumbres, y este fue, diría, José Fernández Madrid, el adelantado. Al respecto, Camacho Guizado (1979) decía que:
José Fernández Madrid (1789-1830) […] escribe poesía inflamada de patriotismo […] y de sentido heroico […]. La poesía de Fernández Madrid resulta aún menos elaborada que la de su modelo [Manuel J. Quintana], y la sensación de vacuidad que se percibe a través del énfasis deja en claro que el poeta tiene poco que decir, pero lo grita. También cultivó los temas de la llamada “poesía del hogar”, en los que canta las virtudes y delicias de la vida familiar y el amor conyugal y filial […].

Por otra parte, rinde culto a la tragedia galoclásica y escribe dos piezas, Atala y Guatimoc, bajo la influencia de Chateaubriand (y, a lo mejor, de Rousseau), en las que el único y relativo interés literario reside en la utilización de temas y figuras americanas con propósito legendario (pp. 619-620).
Y William Ospina (1991) dice que Fernández no solo fue el pionero de nuestras artes dramáticas (p.104), pero, de todos modos, la crítica ha sido implacable con Fernández Madrid como con la mayoría de los escritores. Podríamos hacer una antología de las descalificaciones de los escritores del Caribe a partir de la crítica del interior. Sería un ejercicio medio masoquista, pero dicen: “como poeta heroico, la sensación de vacuidad que se percibe a través del énfasis deja en claro que el poeta tiene poco que decir, pero lo grita”. Otro, Jorge Pacheco Quintero (1973), dice: “poeta menor, irregular, casi doméstico” (p. 224). Pero hay un poema de Fernández Madrid un poco en esta tónica; evidentemente, no es la maravilla en la poesía colombiana, pero yo me acuerdo de José Martí que entonces decía: “El vino de plátano, si sale agrio, es nuestro vino, ¿qué podemos hacer?”. Entonces he ahí este intento de Fernández Madrid por elogiar un elemento de la vida cotidiana como es la hamaca (1945, pp. 53-58). Pero antes, él ha hecho un poema sobre una descripción de una comida en un cafetal, “Fragmento” (pp. 71-72), “El lorito de Laura”, “Mi bañadera” (pp. 47-51), una preocupación por lo cotidiano que no estaba en los poetas neoclásicos. Entonces, un fragmento de “La hamaca” dice:
Los primeros, sin duda,
que inventaron la hamaca
fueron los indios, gente
dulce, benigna y mansa;
La hamaca agradecida
consuela sus desgracias,
los recibe en su seno,
los duerme y los halaga
—(1945, pp. 55-56).
Es un poema que tiene como 14 estrofas. Luego, tendríamos como continuación, ya no en la poesía, sino en la novela, a Juan José Nieto, fundador de la novela histórica. Bueno, entonces, Juan José Nieto, la primera realización del programa está en su novela de 1844 que se llama Yngermina y que tiene promesas de reedición reciente. Gustavo Bell dijo de Nieto que sus escritos marcan el comienzo del regionalismo costeño, entendido como la toma de conciencia de sus habitantes de su singularidad dentro del naciente Estado y de la necesidad de influir efectivamente en las decisiones políticas nacionales. Orlando Fals Borda, en 1981, dice:
La personalidad de dirigente político y caudillo de Juan José Nieto llevará la impronta de sus primeros años. Él era, naturalmente, producto de su cultura y su región: según testimonios de contemporáneos, era un joven alérgico al señorío almidonado de Cartagena, tolerante, fiestero, mujeriego, franco y enemigo del autoritarismo. Como persona, armonizaba con el ethos desarrollado en la Costa y con la apertura y fluidez de su estructura social. […] era expansivo y risueño, alegre y chancero como buen costeño, mujeriego, franco, medio “dejao”, informal y sumamente desprendido de las cosas, cualidades de que hará gala hasta la muerte, aun en los instantes de gloria y poderío (pp. 36B-37B, 42A).
Bueno, ahí lo pintó como un personaje literario. Él escribió también Los moriscos en 1847 y Rosina o la prisión de Chagres de 1850. Además de la valoración, digamos, positiva que hace de la cultura indígena en Yngermina, les da la voz a los indígenas y Catarpa, un personaje, dice: “Si nacimos bárbaros, déjanos sin una civilización que provee de tantos medios poderosos para subyugar al débil” (Nieto, 1844/2016, p. 98).
Quisiera destacar dos hechos formales en esta obra de Nieto. Por ejemplo, las varias voces que se integran en ese texto: el monje cronista, el narrador omnisciente, el andaluz Hernán Velázquez y los indígenas Talora, Gambaro y Catarpa. Dice Pineda Botero (1999): “Nieto es el primer colombiano en darles voz propia a los nativos del Nuevo Mundo” (p. 103), y Raymond Williams (1991) dice que con él se empieza a narrar la “otra historia” latinoamericana (pp. 130, 135). Es interesante destacar otro elemento, el destinatario del texto. Está escrito para la esposa de Juan José Nieto desde el exilio. Pero por las características del relato, en realidad, el lector implícito son básicamente los políticos, porque les está proponiendo, como una opción, la resistencia, exaltando la resistencia cultural, cuestionando el tráfico de esclavos y poniendo sobre el tapete una serie de temas que estaban en discusión en el momento. Para volver a esta antología, Donald McGrady (1962) dice que
en esta novela [Yngermina] se reúnen todos los defectos de las novelas históricas de Colombia: diálogos acartonados, personajes arquetípicos, trillados, artificios del folletín, cárceles, desmayos, lágrimas, emisarios ocultos, sorpresas de identidad, arbitrariedades, muertes súbitas, lenguaje castizo y valores europeos encarnados en los indígenas, ingenuidad narrativa, repeticiones, desaliño verbal, escasez de recursos literarios, simpleza del estilo, ausencia de refinamiento, vocabulario descolorido y convencional, falta de progresión lógica en el desarrollo del argumento, cabos sueltos, personajes insatisfactoriamente enlazados con la acción, episodios sin desarrollo novelesco… (p. 64).
Pero yo creo que lo que vale la pena destacar es esa conexión que trata de establecer entre el pasado y el presente, y una orientación hacia el futuro, no como una especie de esperanza oscilante entre el cuadro de costumbres, la historia heroica y la ficción. La novela orienta las letras hacia la construcción utópica de la nación. Pero veo en ese relato, plagado de defectos al parecer, algunas características que luego vamos a encontrar en la narrativa posterior en el Caribe. Por ejemplo, el apego a la historia, eso es una constante; la preocupación por la identidad regional; el vínculo íntimo con la cultura popular, el relato oral, la música y el canto, como recalca Julio Olaciregui; la proliferación anecdótica; la ficcionalización del entorno, así como varios temas en adelante recurrentes como el poder, con sus intrigas y delicias; la violencia política; la admiración por el paisaje; la reflexión crítica sobre la religión y la dominación extranjera.
Un elemento que está aquí y es muy típico del siglo XIX es el tópico del matrimonio, que va a recorrer la narrativa posterior. Por ejemplo, en La maldición de Manuel María Madiedo (1859-1860/2010). La secuencia de desastres que persigue al personaje principal como consecuencia de un matrimonio no consentido. No aceptan que se case; la mujer cae al río y se la traga un caimán. Accidentes de la naturaleza nuestra. Leo tres estrofas de un poema de Madiedo que se llama “Al Magdalena” (1859, pp. 137-140). A Madiedo le recopilaron las poesías en 1859. Todas van más o menos con el mismo estilo neoclásico, pero “Al Magdalena” se aparta un poco de ese esquema. Dice así:
¿Qué fuera aquí la fábula difunta
de las ninfas de Grecia afeminada,
al lado del tremendo cocodrilo
que sonda los misterios de tus aguas?
No en tus corrientes nada el albo cisne,
solo armonioso en pobres alabanzas;
pero atraviesan tu raudoso curso
enormes tigres y robustas dantas;
cadáveres de cedros centenarios
tus varoniles olas arrebatan,
como del techo del pastor humilde
las tempestades la ligera paja.
[…]
¡Oh! ¿Qué serían sátiros y faunos
bailando al son de femeniles flautas
sobre la arena que al caimán da vida
en tus ardientes y desiertas playas!…
¡Ah! ¿Qué serían cerca de los bogas
que rebatiendo las calludas palmas,
en el silencio de solemne noche,
en derredor de las hogueras danzan;
acompasados al rumor confuso
de tus mugientes y espumosas aguas,
que acaso llega a interrumpir no lejos
del ronco tigre seca la garganta!…
—(1859, pp. 137-138).
Entonces, hay en él una actitud de cuestionamiento hacia la imposición cultural, digamos europea. Este poema Al Magdalena se podría relacionar con textos como “Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia” de Gregorio Gutiérrez González, “Canto del antioqueño” de Epifanio Mejía, “El bambuco” de Rafael Pombo y Cantos populares de mi tierra de Calendario Obeso.
Pasemos a alguien que sigue en la senda de Madiedo. Quiero destacar que, a mi parecer, el primer gran cuento que reúne las características del género, tal como las planteaba Edgar Allan Poe (1973) en su ensayo sobre Nathaniel Hawthorne, esos rasgos de apuntar a un final sorpresivo, de llevar una anécdota con todo el suspenso del caso, es un cuento titulado “El contrabandista”. Este cuento muestra una manera de ver el mundo completamente en contradicción con lo oficial, porque en este relato ganan los malos. Los contrabandistas les dan una paliza a los guardias de la aduana, lo que muestra de qué lado estaba Madiedo (1866, pp. 175-182). La tradición del contrabando en la Costa ha sido grande, por ello valía la pena mencionarlo. Está en el primero de los dos tomos del Museo de cuadros de costumbres y variedades que recopiló José María Vergara y Vergara. Candelario Obeso, dentro de la tradición gramatical de Colombia, tiene una preocupación particular por el lenguaje de la zona donde vive y escribe Cantos populares de mi tierra, un proyecto de tres tomos que, sin embargo, se quedó en el primero porque nadie le prestó atención, nadie dijo nada sobre el libro, a pesar de que cada poema estaba dedicado a una figura de la cultura colombiana.

Obeso trata de incorporar la sabiduría popular a los textos. Tiene otro elemento que vale la pena destacar, y es el sentido del humor. No sé hasta qué punto sea verdad eso que afirman: Obeso era militar, sabía de armas y, una vez, limpiando un arma, se le disparó en el estómago y duró tres días agonizando. Alguien que se acercó a él comentó: “Por primera vez, el negro da en el blanco”. No sé si eso sea verdad, pero es interesante contrastar la manera en que él mira al boga, este personaje que se vuelve emblemático como el gaucho en Argentina o el jíbaro en las Antillas, desde dentro, como un ser humano con sus necesidades y afectos. En cambio, José María Samper, cuando se refiere al boga, dice que es un personaje tosco, brutal, indolente, salvaje, insolente, fanático, estúpido, petulante, cínico, obsceno y fruto del cruzamiento de razas envilecidas, púdico, carnal, etcétera.
Miren este texto de Obeso (1877/2015) que se llama “El boga charlatán”, es decir, el boga fanfarrón, es realmente un cuento en verso. Pero hay que traducirlo, quizás esto le faltó un poquito a Obeso, como un cierto sentido común para llegar a más lectores, por ejemplo, una picúa es una mujer elegante, estirada. El poeta, de pronto, vio una mujer de alto copete. Se enamoró de su belleza y se fueron a bailar en la rueda un porro. De pronto, alguien le pisó el talón y de la rabia que le dio, insultó, invocó a santa Rita, se le fue la cabeza, tembló de ira y, al punto, le pegó al que lo pisó, y, como cualquier Mike Tyson, hizo que besara el suelo de un solo puño. Cuando el otro cae, todos los que estaban en el baile se le acercaron con palos y hierros, y él los paró y mató a muchos, eran como 200, y el alcalde con una turba se acercó a perseguirlo. Pero él ya se había escondido detrás de una hojita de lengua de vaca. Allí duró escondido como dos años y lo único que comía era otra hojita llamada “huevo de gato”. Después de ese tiempo, probó una hierba y por ella se volvió negro. Desde entonces está tratando de conquistar a la mujer, de seducirla, pero autoelogiándose dice:
No te extrañes este cambio,
ni de él te burles,
¡si quisiera tendría
los ojos azules!
Oye: ¡Yo he estado
una vara distante del Padre Santo…!
—(p. 44).
Como diciéndole: Bueno, ¿me paras bola o quién sabe qué te puede pasar?
Menciono Un asilo en La Goajira, que es una novela de Priscila Herrera de Núñez. Esta novela ha sido reeditada recientemente (2020), tiene como tres reediciones más. En realidad, fue publicada en 1937, pero es de 1879. Como comentaba hace unos días, aquí vemos un caso del desplazamiento por razones políticas. Hay una pelea entre dos grandes políticos del siglo XIX y la familia, la mujer tiene que irse. Al final, termina casándose con un rico en Venezuela. De todos modos, los personajes sufren el dolor, la angustia de no poder volver a su tierra.
Hubo en la prosa un género muy típico en el siglo XIX: las leyendas históricas. Aparecían personajes históricos reales, pero con historias completamente ficticias. En la Costa, un militar llamado Luis Capella Toledo publicó un libro titulado Leyendas históricas (1879/1884). En él, aparece un cuento llamado “El brujo” (pp. 103-116). Quería señalar cómo en este cuento, así como en el poema de Obeso hay muchas de las características que vamos a encontrar en la literatura posterior: una visión de la realidad que va más allá del realismo. En ese cuento hay una fiesta de carnaval que es casi la misma que se convierte en una masacre en Cien años de soledad. Hay allí un personaje que está preso, que es más que todo un pícaro y aprovechado. Ve que la hija del cacique parece haberle tomado aprecio, y lo aprovecha cuando ya lo van a fusilar. Él pertenece al ejército independentista, en las circunstancias se había escondido y cambiado sus insignias y había tratado de hacerse pasar como del ejército realista, pero descubren que es mentira. Cuando están a punto de fusilarlo, él sale corriendo y le da un beso a una indígena, lo que implica que tiene que casarse con ella. Esta es un poco la historia, pero luego descubren su trampa y lo van a fusilar sin remedio. Cuando lo llevan al cadalso, los indígenas han armado una fiesta de carnaval. De repente, los que estaban en el carnaval se abalanzan armados, queman el lugar y salvan al personaje, que al final termina, como es natural en estas obras, casándose.

Aquí está el tópico del carnaval, que estará presente en autores como Abraham Zacarías López Penha, Adolfo Sundheim, José Félix Fuenmayor, José Francisco Socarrás, Olga Salcedo, Álvaro Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez, Néstor Madrid Malo, Álvaro Medina, Marvel Moreno, Alberto Duque López, Guillermo Tedio, Jaime Manrique Ardila, Ramón Illán Bacca y Julio Olaciregui.
Rematemos con un poeta que introduce, en cierta medida, el modernismo en Colombia. Es un poeta que venía de Curazao, era rico, tenía mucho dinero: Abraham Zacarías López Penha. Él publica una revista que se llama Flores y Perlas. Sobre esta revista, dice Luis María Mora Laverde… —a mí me sorprende que Gutiérrez Girardot (2018) exalte a Luis María Mora en un estudio que se titula “Bohemia de cachacos” (pp. 41-44)—, dice Luis María Mora (1938):
Flores y Perlas fue el periodicucho en donde vimos por primera vez los versos de don Abraham Z. López Penha; y a propósito de ellos, Clímaco Soto Borda, en un artículo chispeante de originalidad e ingenio, como todo lo que sale de su pluma, burlose a sus anchas del presunto vate, talvez sin sospechar siquiera que el tal se presentaba nada menos que como iniciador en Colombia de nueva y altísima poesía, y que lo que pareciera a los cándidos bogotanos producto de un cerebro trastornado, era la resultante de largos y profundos estudios sobre la obra literaria de unos cuantos neurópatas franceses.
“Es un periódico, decía Soto Borda, especie de órgano de los intereses de una casa de orates” […].
Y el saleroso escritor bogotano terminaba pidiendo al hado sublime de las letras que estableciera un cordón sanitario en redondo de nuestra Atenas para que librase a nuestros bardos de aquel terrible contagio (pp. 130, 131).
Ahí está otra respuesta a un intento de romper con la tradición. Los poemas de Abraham Zacarías son realmente terribles. Creo que tengo una muestra. Pero hay uno que hace referencia al río Magdalena y dice: “
En las edades de oro,
cuando reinó Pomona,
bajo el azul divino del cielo de Platón,
no tuvo regaliz ni flores,
ni corona real, sobre gualdas y guldos
ostentas por blasón.
Esto de Zacarías López Penha es ese modernismo inicial parnasiano de buscar un lenguaje sonoro, aun cuando hueco en el fondo.
Hay un poema famoso que es un cuestionamiento al modernismo en Colombia, que se le atribuye a José Asunción Silva, otros dicen que es de Clímaco Soto Borda, fue firmado con un seudónimo, Benjamín Bibelot Ramírez, que ya es una parodia. El poema se titula Sinfonía color de fresa con leche:
¡Rítmica reina lírica! Con venusinos
cantos de sol y rosa, de mirra y laca
y policromos cromos de tonos mil,
oye los constelados versos mirrinos,
escúchame esta historia rubendariaca
de la princesa verde y el paje Abril,
rubio y sutil.
[…]
Dicen que ese poema fue en realidad escrito contra Abraham Zacarías López Penha.
Quedamos en el borde del siglo XX. Nada más. Quiero mostrarles un detalle: Luis Carlos López, que sería el real punto de partida de la literatura de la Costa y una muestra de cuál ha sido la actitud de la literatura del Caribe frente a la tradición. El Tuerto López está en la base, es decir, al Tuerto López han acudido Rojas Erazo, quien escribió varios ensayos, Gabriel García Márquez y múltiples poetas posteriores. Recuerden aquel poema “Vida retirada” de fray Luis de León:
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
Miren cómo lo reescribe el Tuerto López (1994) en su poema “Égloga tropical”:
¡Oh sí, qué vida sana
la tuya en este rústico retiro
donde hay huevos de iguana,
bollo, arepa y suspiro,
y en donde nadie se ha pegado un tiro!
— Para el tema de la violencia, de la muerte—.
De la ciudad podrida
no llega un tufo a tu corral… ¡Qué gratas
las horas de tu vida,
pues andas en dos patas,
como un orangután en alpargatas!
—(p. 90).
Esta actitud frente a la literatura española es una forma de ir afirmando una identidad regional, incorporar un elemento que estaba prohibido en la poesía colombiana y lo siguió estando: cuando Fernando Charry Lara hace esa antología tan interesante de poetas colombianos, excluye al Tuerto López por una razón: que la poesía no tiene nada que ver con el humor. Evidentemente, es como si estuviera citando a Paul Verlaine en su Arte poética, cuando dice que hay que huir de toda broma porque eso es como cuando en la cocina se siente el olor del ajo que molesta en los ojos.

Referencias
Bastidas Cuello, R. A. (2001). Historia de la literatura del Magdalena grande, siglos XVIII y XIX. Santa Marta: Universidad del Magdalena.
Bell Lemus, G. (1993). Nieto y los comienzos del regionalismo costeño. En Juan José Nieto: selección de textos políticos, geográficos e históricos (Selección, compilación y presentación Gustavo Bell Lemus, pp. 7-12). Barranquilla: Ediciones Gobernación del Atlántico. https://play.google.com/books/reader?id=LU1sAAAAMAAJ&pg=GBS.PA6&hl=en.
Bello, A. (1823, julio). Alocución a la poesía (Fragmento del poema América). Biblioteca Americana o Miscelánea de Literatura (Londres), (1), 3-16. https://www.academia.edu/19988308/Alocucion_a_la_poesia_Andres_Bello.
Camacho Guizado, Eduardo. [1979] “La literatura colombiana entre 1820 y 1900”. En
Capella Toledo, Luis. (1879/1884). El brujo. En Leyendas históricas (Tomo 1, 3.ª ed., pp, 103-116). Bogotá: Imprenta de la Luz. https://books.google.com.co/books?id=zKQCAAAAYAAJ&pg=RA2-PT1&source=gbs_selected_pages&cad=1#v=onepage&q&f=false.
Capella Toledo, Luis. (1879/1884). Leyendas históricas (3 Tomos, 3.ª ed.). Bogotá: Imprenta de la Luz
Esquivia Vásquez, A. (Prol.). (1945). José Fernández Madrid, primer poeta de la Nueva Granada. En J. Fernández Madrid, Poesías (pp. V-XIV). Cartagena de Indias: Departamento de Bolívar, Dirección de Educación Pública; Ediciones Velamen. https://repositorio.unicartagena.edu.co/server/api/core/bitstreams/5601346e-1e58-48cb-ba33-979a9663ee44/content
Fals Borda, O. (1981). El presidente Nieto. Historia doble de la Costa 2. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, Banco de la República; El Áncora Editores.
Fernández Madrid, E. (1945). Poesías. Cartagena de Indias: Departamento de Bolívar, Dirección de Educación Pública; Ediciones Velamen. https://repositorio.unicartagena.edu.co/server/api/core/bitstreams/5601346e-1e58-48cb-ba33-979a9663ee44/content.
Garcés González. J. L. (2000). Literatura en el Sinú, siglos XIX y XX. Montería: Gobernación de Córdoba, Secretaría de Cultura.
Gutiérrez Girardot, R. (2018). Bohemia de cachacos. En Ensayos de literatura colombiana (Tomo 1, pp. 35-44, J. G. Gómez García, Ed.). Medellín: Fondo Editorial Unaula.
Herrera de Núñez, P. (2020). Un asilo en la Goajira. Barranquilla: Universidad del Norte.
López, L. C. (1994). Obra poética (Sel., prol., cron. y bibl. G. A. Arévalo). Caracas. Biblioteca Ayacucho.
Madiedo, M. M. (1859). Poesías, precedidas de un tratado de métrica. Bogotá: Imprenta de la nación. https://catalogoenlinea.bibliotecanacional.gov.co/client/es_ES/search/asset/75008.
Madiedo, M. M. (1859-1860/2010). La maldición. Bogotá: Diente de León.
Madiedo, M. M. (1866). El contrabandista. En Vergara y Vergara, J. M. (Comp. y Ed.), Museo de cuadro de costumbres y variedades (Tomo 1, pp. 175-182). Bogotá: Imprenta de Foción Mantilla.
Manual de historia de Colombia (Tomo II; Jaime Jaramillo Uribe, Dir.). Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura.
McGrady, D. (1962). La novela histórica en Colombia: 1844-1959. Bogotá: Editorial Kelly.
Mora Laverde, L. M. (1938). Los maestros de principios de siglo. Bogotá: Editorial ABC.
Nieto Gil, J. J. (1844/2016). Yngermina o la hija de Calamar. Bogotá: Ministerio de Cultura, Biblioteca Nacional de Colombia.
Nieto Gil, J. J. (1993). Selección de textos, políticos, geográficos e históricos (sel., comp. y pres. Gustavo Bell Lemus). Barranquilla: Ediciones Gobernación del Atlántico. https://play.google.com/books/reader?id=LU1sAAAAMAAJ&pg=GBS.PA6&hl=en.
Obeso, C. (1877/2015). Cantos de mi tierra. Bogotá: Ministerio de Cultura
Obeso, C. (1877/2015). Er boga chaclatán (El boga charlatán). En Cantos de mi tierra (pp. 41-44). Bogotá: Ministerio de Cultura
Ospina, W. (1991). José Fernández Madrid, el enemigo de la barbarie. En: M. M. Carranza, Dir., Historia de la poesía colombiana (pp. 21-110). Bogotá: Casa Silva, 1991, pp. 104-105.
Pacheco Quintero, J. (1973). Antología de la poesía colombiana. Tomo 2, El neoclasicismo. Los romances tradicionales. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo.
Pachón Padilla, E. (1988). El cuento: historia y análisis. En Manual de literatura colombiana (Tomo II; G. Arciniegas, Pres.; pp. 511-588). Bogotá: Procultura; Editorial Planeta.
Pineda Botero, Á. (1995). El reto de la crítica: teoría y canon literario. Bogotá: Planeta Colombiana Editorial.
Pineda Botero, Á. (1999). La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana 1650-1931. Medellín: Universidad Eafit.
Poe, E. A. (1973). “Hawthorne”. En Ensayos y críticas (pp. 125-141). Madrid: Alianza Editorial, 1973.
Raymond Williams. (1991). Novela y poder en Colombia: 1844-1987. Bogotá: Tercer Mundo.
Vergara y Vergara, J. M. (Comp. y Ed.). (1866). Museo de cuadro de costumbres y variedades, 2 Tomos. Bogotá: Imprenta de Foción Mantilla.
Ronda de comentarios y preguntas
De José Fernández Madrid al premio nobel: hacia una historia de la literatura del Caribe colombiano
Ariel Enrique Castillo Mier
Ethan Frank Tejeda Quintero:
Bueno, tenemos tiempo para algunos comentarios sobre la ponencia de Ariel Enrique Castillo Mier.
Julio Alberto Bejarano Hernández:
Muchas gracias, Ariel, ha sido un gusto. De lo que hemos conversado en estos días y para darte un atajo, como diría Luis Carlos López, y poder escucharte un poco sobre Luis Carlos López. En el texto que me pasaste sobre Rojas Herazo, que lo leí en una de estas madrugadas, hablas de un parricidio. De cómo Rojas Herazo al principio lo admira y habla de él con mucha simpatía, pero después dices que hay un giro de Rojas Herazo en la lectura, de cómo lee al Tuerto López, y dices tú que es una especie de parricidio. Me gustaría que nos contaras un poco más sobre eso. Por otro lado, la relación con la música, ¿qué tanto nos convoca? También con Julio, por supuesto, y los trabajos que tú has hecho sobre la relación entre literatura y música. Carmen también es especialista en el tema. Para todos los que nos interesa la literatura y la música, ¿podrías hablar un poco más de eso?
Ariel Enrique Castillo Mier:
Bueno, yo creo que había como una pelea por el territorio. Él termina afirmando que el Tuerto López es un poeta menor, y uno puede ver en qué posición se sitúa Rojas Herazo. Rojas Herazo quería ser una especie de Pablo Neruda; evidentemente, un Tuerto López no era el que le iba a dar la pista para ese desarrollo, y tampoco es que Rojas Herazo manejara mucho en su poesía el humor. La suya es una poesía muy angustiada, dolorosa, fuerte, en gran medida. Pero esto me recuerda algo que me contó Juan Guillermo Gómez: el texto de Rafael Gutiérrez Girardot sobre el Tuerto López, que aparece en el Manual de historia de Colombia y también en los dos volúmenes de literatura colombiana, no corresponde exactamente al original. El original lo tienen ellos ahora, y muestra que Cobo Borda metió la mano en el texto publicado y acomodó adjetivos y epítetos, y, entonces, donde él decía que era una poesía en tono menor, Cobo Borda puso “un poeta menor”.
Lo otro, la conexión permanente entre música y literatura en el Caribe. Hubiera querido leerles un crítico, pero les recomiendo un artículo de Víctor Manuel García Herreros publicado en Los Nuevos. Se llama Las letras en Colombia. Creo que pocos artículos críticos como ese, que incluso me parece un antecedente de “La literatura colombiana, un fraude a la nación”. Entonces, estos versos de Jorge Artel, de alguna manera, responden la pregunta de manera directa. Este es un poema que se puede bailar, yo supongo; hay un repiqueteo de tambor. Bullerengue, se llama el poema, y Artel es uno de los primeros que empieza a incorporar los ritmos populares a la poesía. Hice un estudio sobre ese tema, del cual en cualquier momento podríamos conversar. Por ejemplo, todo el mundo dice que García Márquez dijo: “Cien años de soledad es un vallenato de 350 páginas”. Eso es una boutade, es una mamadera de gallo. Y yo me he puesto a mirar y a oír las canciones, y resulta que no hay tal; es decir, lo que él estaba diciendo, lo decía en serio y hay múltiples conexiones que van desde el contexto geográfico hasta las técnicas narrativas, algunos recursos como la hipérbole y el uso del lenguaje y hay otros elementos. Fíjense, por darles un detalle nada más, hay una canción de Calixto Ochoa que se llama El fenómeno, y en esa canción hay un incesto. El incesto es entre dos hermanos, el niño sale con un lucero en la frente, muere como a las tres horas y tiene un rabo de mico. Entonces, ahí está prácticamente el mismo motivo. Yo no digo que es anterior a Cien años de soledad, y no creo que García Márquez haya oído esa canción de Calixto Ochoa que grabó Alfredo Gutiérrez, pero está en el imaginario; es decir, él estaba sintonizado con una manera particular de ver el mundo. Hay otra canción que se llama La inocente, es una muchacha que tiene veintipico de años, aun cuando tiene doble sentido, en cierta manera, porque el compositor dice que juega con muñequitos y muñecas. Ese personaje es, en cierta medida, Remedios la Bella, también. Y el último ejemplo, El toque de queda, una canción de 1948 de Buitrago, porque él muere un año después, y recrea el ambiente de un toque de queda, pero no lo llama el toque de queda, sino “el toquecito de queda”, lo cual ya está marcando una actitud como quitándole patetismo a la situación, y lo que ocurre cuando suena el clarín del toque de queda: un tipo que va con muleta, la pierde y se cae; una mujer que sale corriendo con chancleta, pierde la chancleta; los ladrones están como rabiosos y en huelga, porque no pueden robar; si hay toque de queda, no pueden salir; a las muchachas que están cocinando, se les quema el arroz. Eso, en dos minutos y medio, recrea toda una situación que nos recuerda algunas situaciones también en La mala hora y otras obras de García Márquez.
Aleyda Nuby Gutiérrez Mavesoy:
Hola, Ariel. Muchísimas gracias por esta presentación; nos hubiera encantado seguir viendo la génesis. Solo quisiera hacer una acotación a Héctor Rojas Herazo: es que él no lo hace por la idea del humor, sino, y en su ensayo lo explica maravillosamente, y es la cuestión de la redención. El cuestionamiento que hace Rojas Herazo es a la imposibilidad, en sus poemas, de encontrar la redención frente a la especie humana, frente al ser humano. Estos personajes que navegan en los poemas del Tuerto López están condenados, y Rojas Herazo dice que, si hay algo que hace la literatura, es la posibilidad de redimirnos a través del lenguaje. Solo eso.
Ariel Enrique Castillo Mier:
Es una opción de la literatura. A mí me interesa mucho esta tradición que ha planteado Mijaíl Bajtín, que es la tradición de la literatura carnavalizada, y vamos a encontrar que en esta literatura le interesa más que trascender o elevar al personaje, rebajarlo, mostrarlo en sus dimensiones más elementales y humanas. Y creo que el Tuerto encaja en cierta medida en esa tradición, que está regida y articulada por la risa. Al Tuerto, que en realidad no era tuerto sino bizco, le interesaba cuestionar la realidad; que nada humano fuera divino, como decía Cabrera Infante, que él pretendía con su obra literaria.
Julio César Olaciregui Ospina:
Iba precisamente a recordar una canción de Lucho Bermúdez que se llama Kalamarí. Yngermina es una novela muy bella que hay que leer varias veces para adentrarse en esa gran historia que trata de la conquista de la tierra de los calamaríes. Y la canción de Lucho Bermúdez dice: “Kalamary, tribu caribe tiñó su sangre guerrera la tierra cartagenera del color del dividivi”. Eso era lo que te quería ofrecer.
Ethan Frank Tejeda Quintero:
Bueno, gracias por esta excelente ponencia-conferencia “De José Fernández Madrid al premio nobel: hacia una historia de la literatura del Caribe colombiano” a cargo de Ariel Enrique Castillo Mier.

